Estrenos: Transformers

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No hay nada en Transformers que trascienda a la película en sí. No queda nada en el espectador. Ni siquiera el recuerdo de una escena de acción bien lograda.
Un alma, por favor

No hay nada malo con el cine comercial. Nada. Tampoco hay nada malo con el cine de acción. Y tampoco con una película que no es más que un entretenimiento.
Pero sí hay algo bastante malo con un cine sin alma. Sin gracia, sin encanto, sin siquiera la pretensión de entretener, de presentar una historia que sea divertida. Es decir, cuando una película no es una película, sino más bien un elemento más en una serie de productos que se venden bajo un mimo título y logo: todo eso que se llama merchandising.
Por todo esto, porque Transformers es una película cuyo atractivo pasa por los efectos especiales y nada más, se hace difícil escribir una reseña. Después de todo, casi nadie que lee reseñas de cine va a ver Transformers. Y casi nadie que ve Transformers lee reseñas. Así que la principal función de una nota de este tipo (recomendar o no recomendar al público ver una película) pierde sentido.
Vale la pena aclarar que Transformers no es el peor tanque hollywoodense. Ni siquiera es el peor del año. Sí, su primera mitad tiene serios problemas de verosimilitud. La segunda es demasiado larga y por momentos aburrida. La gran batalla final, el clímax en este tipo de películas de acción, es demasiado repetitiva y larga. Y la actuación del protagonista, Shia LaBeouf (ascendente estrella joven, que viene del éxito Paranoia y va rumbo a Indiana Jones 4) resulta molesta por lo hiperactiva y sus constantes intentos de ser gracioso. Sin embargo, y a pesar de todo esto, Transformers es, aunque más no sea por momentos, entretenida. Y podría haber dado el paso de meramente entretenida a verdaderamente emocionante si hubiera logrado que al espectador le importen la historia o los personajes, en vez de presentarse como una sucesión de efectos.
Claro que, para eso, se necesita un buen guión, un guión tan sólido como el de un sesudo estudio psicológico digno del cine sueco. Sin eso, a nadie le importa la historia, ni los personajes. Si los efectos especiales son buenos, si al menos el director se preocupa por filmar de manera más o menos interesante las escenas de acción, la película puede resultar moderadamente entretenida. No produce ninguna emoción en el público (no puede sin una historia bien contada), pero al menos no aburre. De más está aclarar esa diversión dura poco. Y he aquí el quid de la cuestión: no hay nada en Transformers que trascienda a la película en sí. No queda nada en el espectador. Ni siquiera el recuerdo de una escena de acción bien lograda.

Muchos aún recuerdan, por dar un ejemplo, la escena del El señor de los anillos en que Arwen cabalga hacia su ciudad cargando a un moribundo Frodo. Eso no es porque la escena está bien filmada (que lo está), sino porque al público le importa lo que le vaya a pasar a Frodo. Esa sensación, ese querer saber qué va a pasar, ese preocuparse por los personajes, ese estar-adentro-de-la-historia es lo que le otorga a una película un alma (y no estar mirándola desde afuera, sentado una butaca con una gaseosa tamaño extra jumbo king en la mano). Transformers, y todo el cine que busca la espectacularidad por sí misma, sin detenerse en nimiedades como la historia y los personajes, carece de encanto. No podría iniciar ningún tipo de mitología ni fanatismo. Y entonces, no es más que una película para ver una tarde de lluvia en televisión, tirado en el sofá, medio dormido.

Publicado en Leedor el 21-07-2007