Open House

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Un lunes a la noche en el maravilloso Espacio Callejón Daniel Veronese desdibuja las fronteras entre el mundo real y el de la representación.OPEN HOUSE- La vida entre la realidad y la ficción

?Esto es un discurso sobre la soledad; lo estoy preguntando? – dicen los actores de OPEN HOUSE; y la pregunta, que está directamente dirigida al espectador se auto-responde en el silencio.

No podemos estar seguros del momento en que comienza el espectáculo?(si el espectáculo fueran ellos). Ella, sin nombre, la presentadora, nos pide que apaguemos los celulares y que entendamos el propósito de OPEN HOUSE; que tengamos en cuenta su naturaleza vital, orgánica. Acto seguido nos presenta a los integrantes de la obra, aquellos que permanecen y los que se fueron, y, cinco minutos después de haber ingresado a la sala, ya no es imposible distinguir entre lo real y lo ficticio.

Daniel Veronese desdibuja de esta manera, un lunes a la noche en el maravilloso Espacio Callejón, las fronteras entre el mundo real y aquel al que pretendemos ingresar cuando asistimos a un espectáculo.

Aparentemente no habría secretos, no habría ocultamientos ni trucos, hasta tal punto que nos es difícil recordar ?ellos son actores, están mintiendo? por cuanto son personas ordinarias; que plantean conflictos y traumas (los que los determinaron), angustias y miedos, los suyos, los nuestros.

OPEN HOUSE es una obra única e irrepetible, con ya 7 años de vida y destinada a morir, a desvanecerse. No dejará de representarse, nos cuentan los protagonistas, por lo menos no hasta que desaparezca el último actor. Se trata de un compromiso por parte de los actores con la obra, ellos son su vida (aunque quizás ella se va transformando en la de los primeros) y cada semana podemos efectivamente ver cómo crece, envejece, cambia y muere; al mismo tiempo que sus actores crecen, envejecen, cambian y mueren; ellos, la obra, nosotros.

Actualmente quedan sólo siete de los diez protagonistas que comenzaron con el proyecto. El chico del bigote, el chico de la guitarra y la chica de la peluca (porque ellos no tienen nombres, sólo atributos determinados) ya no forman parte, físicamente al menos, del elenco. Sólo quedan, de todos (incluso Andy el conejo que murió hace dos años y medio) los rastros de su presencia pasada; una fotocopiadora, una guitarra, una simple foto. Ellos no pueden ser reemplazados, porque tampoco en la vida se reemplazan aquellos que se van. Los objetos (materiales con los que Veronese viene trabajando desde hace tiempo) serán los receptáculos del aura, de ese infraleve duchampeano que guarda la esencia de aquellos que una vez los manipularon.

De esta manera la obra se mueve con, y a pesar de, los abandonos y las pérdidas. Veronese debe modificar los textos ligeramente después de cada partida. Los que quedan recordarán a los que no están, evidenciando así la edad de la representación, sus transformaciones y movimientos. OPEN HOUSE nunca será la misma y al mismo tiempo siempre conservará su esencia porque cuenta con un tiempo y un espacio real.

La música y el cuerpo son también protagonistas de esta pieza. ?Open House? es el título de una canción de Lou Reed (homenaje al legendario Andy Warhol), canción que se reproduce en escena. En este contexto, el cuerpo se mueve en una sutil e imperceptible coreografía. Sus protagonistas se disputan el centro, el espacio, desplazándose por el mismo en un azar predeterminado, peleando por ser vistos. Ellos quieren ser notados, que se escuche su voz, el micrófono (metáfora quizás del grito) es el objeto por el cual compiten.

Finalmente, OPEN HOUSE no precisa de nosotros para ser: ?No necesitamos al público, si nadie viene, la vamos a hacer igual? Este gesto pone en una curiosa situación al espectador. Si el receptor es el elemento fundamental de cualquier representación, una suerte de Dios omnipotente para el cual todos esos seres existen y se mueven sobre el escenario, Veronese proclama, en cierta manera, la muerte de ese Dios. El espectador ya no hace falta, bien podría estar o no, porque lo que sucede en escena no depende de los otros.

Nos hallamos quizás frente a una gran performance (de la que formaríamos parte), acontecimiento, ?happening?, tan único e irrepetible como efímero en la medida que la ficción es determinada por la realidad misma.

Es aquí donde la obra deja de ser una puesta en escena para constituirse en un verdadero ritual (práctica tan particular como olvidada) de creación; de autocreación, de soñarse a si mismos.

Publicado en Leedor el 12-07-2007