La vie en rose

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La vie en rose se suma a la lista de películas que hablan de los artistas como si la grandeza tuviera que pagarse necesariamente con sufrimiento y muerte.La voz

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Era pequeña. No medía ni un metro cincuenta. Tenía ojos grandes y oscuros. Prefería los vestidos negros y sencillos. Sus escenarios no eran más que un telón bajo y un reflector de luz blanca. Apenas movía las manos y la cabeza, sólo los usaba para acompañar algún momento de dramatismo. Y con ese acto harto sencillo, Edith Piaf y su voz llevaban el escenario.

Como toda artista que se precie de tal, llevó una vida de excesos y llena de drama. Y tuvo, como necesita toda leyenda, una muerte prematura y trágica. No es raro, entonces, que su vida fuera material para un biopic. Sorprende, entonces, que La vie en rose sea una producción enteramente francesa. No porque la vida de la Piaf requiriera una película de Hollywood, sino porque el relato que armó el director Oliver Dahan está más cerca de los Estados Unidos que el cine que suele entenderse como ?europeo?.

Es así que La vie en rose elige explotar las tragedias de la vida de Edith Piaf. No es que eso tenga nada de malo: Lars von Trier hizo grandes películas narrando una desgracia mayúscula tras otra. El tema es que La vie en rose se suma a la lista de películas que hablan de los artistas como si la grandeza tuviera que pagarse necesariamente con sufrimiento y muerte.

Es una cuestión difícil de dirimir: ¿La vie en rose es una película trágica porque la vida de Edith Piaf fue trágica? Quizás sí. Pero poco importa cómo fue el hecho real que dio origen a la película. Lo que cuenta es lo que el director ha hecho con eso. Y lo que ha hecho aquí es emotivo, en el sentido más básico de la palabra: La vie en rose conmueve al espectador. Y la consideración ética de ¿por qué todo artista debe sufrir en la gran pantalla? pierde peso ante la fuerza del discurso cinematográfico, que se mete bajo la piel como sólo un melodrama poderoso sabe hacer.

La pobreza en que nació y creció Piaf, su miserable vida antes de ser descubierta, su madre abandónica, el prostíbulo donde se crió, los años de cantar en la calle por monedas, la hija que tuvo a los 16 años y que murió de meningitis… Todo eso, y muchos otros momentos trágicos están en la película. Por eso, algunas escenas de Dahan no tienen nada que envidiarle a Los miserables. Y la realidad es que el director se regodea por momentos en las tragedias que narra: es justamente cuando apela al melodrama más descarado y feroz que su película es poco convincente.

Recién en los últimos 20 minutos del film (que son de una emotividad apabullante, y valen el precio de la entrada por sí solos) se descubre lo que es una mirada mucho más productiva sobre la vida y figura de Piaf: una mujer que sufrió tragedias a más no poder, pero nunca dejó de cantarle el amor. No al desamor, ni a la pérdida. Sino al amante que se tiene cerca, a la felicidad que vive, a lo bello en el mundo. Recordemos que Piaf, en lo que es su himno absoluto, ?Non, je ne regrette rien?, se negaba a mirar con nostalgia o arrepentimiento el pasado. Cuando la película se da cuenta de eso, brilla.

La actuación de Marion Cotillard es conflictiva. En los primeros minutos del film, su Piaf parece una actuación burda e imitativa. No camina erguida, hace caras raras todo el tiempo y se mueve como su sufriera de espasmos. Sí, Piaf era alcohólica y adicta, pero la primera impresión de Cotillard no es la mejor: parece estar haciendo más una caricatura de Piaf que una actuación. Es recién cuando el metraje avanza y el espectador conoce más a fondo al personaje, cuando la descubre como una mujer que se llevaba la vida por delante, que se empieza a ver más allá. Aquí es cuando Cotillard resulta emotiva.
Sin dudas, tal disparidad se debe a la dirección y más específicamente, al guión. Que no es un ejemplo de pulcritud, pero sí de eficacia emotiva. El relato se reserva demasiadas revelaciones para el final, y no parece nunca decidirse entre un tono más realista (aquél que muestra la miserable vida en las calles de París) y otro más fantástico (como cuando le toca narrar la muerte del gran amor de Piaf, el boxeador Marcel Cerdan). Es una pena que Dahan no se haya dado cuenta que la actuación de Cotillard y el personaje de Piaf, con sus canciones de un romanticismo exuberante y ?aroma a callejuela de París? se prestan mucho mejor a la licencia del realismo mágico. Si algo enseñó Retrato de una pasión, de reciente estreno en Buenos Aires, es que un ?retrato imaginario? de un personaje real es más interesante que la biografía pura.

Ojalá Dahan se hubiera dado permiso para escaparse un poco más de la mera crónica. Por suerte, quedan esos últimos 20 minutos, donde todo se subordina a la voz de la verdadera Piaf (Cotillard hace un impecable playback de las grabaciones originales) y entonces estalla la magia de una cantante que, a 40 años de su muerte, sigue siendo tan cautivante como siempre.

Publicada en Leedor el 11-05-2007