Paisajes BAFICI

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Un balance del BAFICI 2007 que terminó con lo mejor de lo mejorPaisajes Bafici

Y se terminó el Noveno Bafici. Como todos los años, y en pleno período de desintoxicación posterior, la sucesión de sentimientos inevitables: alivioaburrimientodepresión y nomeacuerdoniquépelículasvi. ¡Oh, la cinefilia! invadiendo el Abasto y su patio de comidas. En poco menos de dos semanas, sobredosis de cine/gente de cine, mucho Harrods, mucho voucher de McDonalds, mucho shopping y olor a nachos con queso del Hoyts. Otra vez los chicos de anteojos de marco grueso (che, que las lentes de contacto no están tan caras y son más cómodas) y bolsito cruzado, chicas flacas con cortes modernos y ropa estilo Bond Street, la fauna festivalera dividida en gente con credencial ?más o menos top- y aquellos que no portan la cinta roja de Cinecolor, pobrecitos ellos. Meeting Point con mayor densidad de población en horas estratégicas de lobby, críticos everywhere, staff Bafici de acá para allá con handys y celulares, y la música funcional del shopping que está en un constante replay y va penetrando el cerebro de manera subliminal día a día. Se agregó una nueva sala al circuito allá por Siberia, el Atlas General Paz, la zona menos paqueta de Belgrano pero que por lo menos ofrece colectivo o subte como opciones, no como sucede con el Malba, que en lenguaje Bafici se dice taxi. También están el Atlas Santa Fe, la Alianza Francesa, tan chic pero con aire acondicionado descontrolado, y la querida Lugones, con el mejor proyector pero las peores butacas, y con menos estudiante con peinado cool y más jubilado con peluca. A las salas del Hoyts ya estamos acostumbrados, aunque este año los baños estuvieron en estado agonizante, lo que hizo que cada dos por tres un cartel de El otro de Rotter tapara la entrada, con un aviso al lado de la cara de Julio Chávez ofreciéndole al cliente los baños de otros pisos. Así, la gente de la zona Bafici se vio obligada a invadir la zona Estrenos en el primer piso (nota a mí misma: No-Entres-Por-Enésima-Vez-A-Letras y Música) y bajar aún más veces la rampa diseñada para agredir los oídos pero con algunas ventanas para ver el Coto de la calle Agüero y saber que a) sigue habiendo un mundo ahí afuera durante el festival y b) hay sol o llueve en Buenos Aires. Los catálogos estuvieron realmente bien este año: más fáciles de transportar y con textos mejor escritos, aunque siempre generen esa adrenalina de querer ver todo sabiendo que se va a fracasar en el intento. Así que lo mejor fue optar por una mirada anárquica, entrar a la sala en la que se pueda por horario y logística, y que el festival decida. Entonces, a los cines.

Publicidades ad nauseam este año. El gran diario argentino, como siempre, se lleva el premio a las más insoportables. La de los cinco directores con la misma historia, con su musiquita símil ragtime y el locutor a mil palabras por minuto es insufrible, pero los institucionales son lo peor. El del gato con la pipa no molesta tanto la primera vez, aunque uno sabe inmediatamente que lo va a ver un promedio de tres veces por día durante las dos próximas semanas y esa perspectiva hace que cualquier mínima simpatía desaparezca, y la del cubo que transforma a la gente en albina exuda ese tufillo de estar hecha por chicos de Palermo Hollywood y universidad privada, que son ~*~ re-posmos y creativos ~*~ por tener esas ideas tan azarosas y alocadas. Lo que más indigna en realidad es el slogan elitista pseudo cool de si-no-es-para-vos-no-es-para-vos. Hubiera sido más honesto un ?Si no es para vos, jodete, boludo? en vez de esa tautología boba celebratoria, de esa pura autorreferencia a la tribu Bafici. Una vez superada la tortura de los previews, la primera película de (mi) festival fue Shortbus, de John Cameron Mitchell -el director/actor de Hedwig and the angry inch-, una película muy divertida que es un poco más que sus escenas de sexo explícito y chicos gay bonitos, aunque no mucho. De Luc Moullet sólo pude ver una función, con su corto La litre de lait y el largo Le prestige de la mort, pero es suficiente para darse cuenta de que el tipo está loco y tiene un trabajo muy particular del humor que, como plantea Quintín en uno de sus textos del blog La lectora provisoria, va llevando los gags al extremo al punto de hacerlos insoportables para el espectador. Su manera de hablar, de caminar, el timing: todo incomoda y hace que ver una de sus películas sea una experiencia extraña, en el mejor de los sentidos. Gran chiste gran en Le prestige de la mort cuando, al escuchar por la radio que Jean Luc Godard acaba de morir, Moullet se lamenta y le dice a otro personaje que le debe todo a Godard porque le enseñó a jugar al tenis.

Por el lado argentino, pocas películas (especulando que muchas se estrenen). Sueños de polvorón es un documental que cuenta la epopeya de Willy Polvorón, casi abogado y poeta/músico de barrio pobre, y su manager en busca de un público masivo para su producto. Willy, con su aspecto de Oompa Loompa de Los Polvorines inspira una ternura infinita, y las canciones, que hablan de bicicletas y tapitas de gaseosa, son buenísimas. ?La vida es una sucesión de asados? es probablemente la mejor frase del festival. Si tuviera msn, sería mi leyenda después del nick. La otra película que terminó con la platea en aplausos y espíritu de cancha (de equipo de la B) es Filmatrón, de Farsa producciones, que tiene muchas ideas y mucho esfuerzo en cada escena, que es tan simpática y tan inusual para el cine argentino. Acá hay adolescentes conflictuados, pero en vez de silencios profundos hay gente que corre y lucha y se juega por un ideal, hay un Haedo distópico y un Gran Hermano gordo y todo es trucho y hermoso. Es un gran actor de cine Paulo Soria, de esos que saben cómo colocarse en cada plano. Por el lado latinoamericano estuvo la retrospectiva de la filmografía completa de Joaquim Pedro de Andrade, cineasta brasileño del Cinema Nôvo, con una obra casi desconocida en Argentina. El cura y la muchacha es un melodrama con cierto aire bressoniano y dos protagonistas bellos y trágicos, una de las mejores películas del festival. De Hugo Fregonese en Hollywood, One way street, con James Mason, película con un comienzo y un final noir casi perfectos. Estuvo el polaco Pawel Pawlikovski presentando sus películas, de las que pude ver cinco. Me gustaron todas, pero particularmente De Moscú a Pietushki, que muestra con mucho humor que es cierto el cliché romántico de que gran parte del espíritu ruso se define por el vodka y la literatura y Los viajes de Dostoievski, que se ríe de la intelectualidad alemana a partir de un personaje imposible que resulta ser descendiente del escritor ruso pero sólo quiere una buena oferta para comprarse un Mercedes Benz. También dando vueltas por las salas del Hoyts se lo vio a D. A. Pennebaker, que a sus 82 años está perfecto y no tiene nada que envidiarle a las leyendas sobrevivientes del soul de su documental Only the strong survive, película de la que uno sale bailando y contagiado de la vitalidad de todos esos músicos que la pasan tan bien en el escenario. Vino Tom Waits a dar una Master Class pero no estuvo David Bowie para presentar Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, porque no llegaba por barco y le tiene miedo a los aviones, según comentó Pennebaker, pero ver ese gran recital en 35 mm y el plano de la chica en trance mientras escucha Moonage Daydream casi compensa su ausencia. Jem Cohen fue otro de los directores invitados al Bafici, presentando diez películas en su retrospectiva. Cohen es un tipo tranquilo y cálido y su cine tiene algo de esa capacidad de observación desde un lugar calmo, aún cuando filma a la banda punk Fugazi en Instrument o los holandeses The Ex en Building a Broken Mousetrap en medio del frenetismo de un recital. Música y ciudades son los dos grandes temas de sus películas, y en todos plantea esa idea de mirar desde un lugar extrañado, volviendo a esa concepción de flâneur (y hasta dedicándole películas a Walter Benjamin) que recorre los espacios descubriéndolos. Como en Lost Book Found, donde cuenta su experiencia como vendedor ambulante en Nueva York y cómo, a partir de su propia invisibilidad frente a la gente que está en tránsito y no lo registra, convierte a la ciudad en un lugar de significados ocultos en vez de calles que llevan a oficinas o negocios, en un espacio con una lógica no funcional al sistema capitalista. Por otro lado, quien lleva esa lógica mercantilista al extremo, es Jacques Tati en Playtime, la última película que el Bafici decidió que viera, y que justifica todo el festival y todo el cine. Hay que dejar que Tati invada todos los sentidos posibles y que nos llene de cielos azules hermosos, edificios plateados y mujeres con zapatos ruidosos. Tan generoso es que nos da la libertad para que encontremos el gag dentro del plano, a Hulot entre el resto de los personajes, al mundo dentro de su cine. Uno sale de verla y la lógica de la película se apodera del mundo por un rato, y el Abasto Shopping deja de ser una sucesión de patio de comidas-negocios de ropa-fea arquitectura para convertirse en un lugar de contemplación de acciones humanas graciosas: por allí hay alguien bajando de manera torpe un avión de metal, otro personaje no puede quitar un banner, una luz titila en el cartel electrónico del cine, y un enjambre de seres humanos bulliciosos acaba de salir de ver una película de Tati. Sí, la mejor forma de terminar el Bafici 2007.

Publicado en Leedor el 21-04-2007