La Antena

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Por medio de la descripción de un mundo orwelliano, Sapir realiza un inocultable homenaje al cine mudo de grandes realizadores.Es triste constatar que la segunda película de Esteban Sapir (?Picado fino?) es un fracaso de boletería. No la ayudó en nada haber sido elegida como cierre del reciente BAFICI ni tampoco las elogiosas críticas en diversos medios. Cabe entonces la pregunta inevitable de por qué una obra tan original, de un realizador que muchos asocian con el nacimiento del llamado ?nuevo cine argentino?, no atrae multitudes. Quizás la respuesta, extensible a la mayoría de las películas argentinas recientes, esté en que el público privilegia otro tipo de espectáculo cuando va al cine.

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En efecto ?La antena?, filmada en blanco y negro, con personajes que casi no hablan y actores poco reconocibles (Valeria Bertucelli hace de muchacho, a Florencia Raggi no se le ve la cara) se parece mucho a las películas del cine mudo, que interesan principalmente a los cinéfilos. Resulta por lo tanto difícil recomendar este tipo de manifestación cultural a quien esté buscando entretenimiento, grandes efectos especiales o la presencia de intérpretes de gran renombre.

Desde esta misma columna, al menos en opinión de quien escribe, se ha señalado reiteradamente la insatisfacción que producen numerosos films locales, e incluso internacionales del llamado cine independiente, que no tienen nada que contar. Aburren en demasía y lo único que logran es perjudicar la imagen de nuestro cine, al que le cuesta fabricar comedias entretenidas o dramas creíbles. Para muestra se dice basta un botón y en lo que va del año de las quince novedades locales presentadas es difícil rescatar alguna y en cambio fácil señalar defectos en obras tales como ?Nevar en Buenos Aires?, ?El árbol?, ?Ciudad en celo?, ?Arizona sur?, ?Pura sangre?, ?La mirada de Clara? y varias más.

A diferencia de las antes nombradas, ?La antena? tiene méritos suficientes para ser apreciada por cierto público selectivo que sabe aproximadamente que es lo que le espera al ingresar a la sala cinematográfica. Recuerda en más de un aspecto a ?La canción más triste del mundo? de Guy Maddin (uso del blanco y negro, estética del cine mudo, tipo de historia). Aquí se presenta un mundo (?la ciudad sin voz?) que es dominado por un ?Señor TV? (Alejandro Urdapilleta), cuya corporación les ha quitado la voz y que los monopoliza con sus alimentos y emisiones televisivas. En este universo orwelliano, la resistencia está representada por unos pocos mortales que incluyen a un niño y su madre, que conserva la voz, un inventor (Rafael Ferro) y su esposa (Julieta Cardinali) y la hija de ambos. Deben luchar contra la campaña de que ?el silencio es hereditario? y lo hacen al estar convencidos de que pese a que se les quitó la voz ?aún tienen la palabra?.

Hay varios elementos a destacar en esta honesta propuesta comenzando con un inocultable homenaje al cine mudo de grandes realizadores como Mélies (?El viaje a la luna?), Fritz Lang y Murnau. Una de las primeras imágenes hace incluso pensar en un famoso corto de Harold Lloyd, pero lo sorprendente es que Sapir declara nunca haberlo visto. La fotografía de Christian Cottet, la música a cargo de Leo Sujatovich y el diseño de producción de Daniel Gimelberg son también dignos de mención. Pero el mayor mérito recae en su director que necesito muchas horas para concebir, junto a sus colaboradores, los tres mil dibujos del storyboard y reducir a una hora y media lo que al principio insumía varias horas.

Esteban Sapir, quizás más conocido como director de fotografía de cortos de Lucrecia Martel y Sandra Gugliotta y de ?La vida según Muriel? de Eduardo Milewicz y ?Un crisantemo estalla en cinco esquinas? de Daniel Burman, tardó 10 años en concretar su segundo largometraje. Es de esperar que su siguiente proyecto lo realice en mucho menos tiempo, eventualmente aspirando a una difusión más masiva sin perder originalidad.

Publicado en Leedor el 23-04-2007