El fantasista

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Hay un rescate de la vida misma, en sus aspectos lúdicos, que hacen que este libro sea para el paladar sencillo y honesto de los que viajan colgados de los trenes a la Plata o a Morón. Al Sur de Gabo

Escribir sobre una novela en el país del superávit, aún cuando estemos en déficit, puede resultar contradictorio, bizarro o simplemente patético.
Ahora cuando parece que los diálogos de los integrantes de Gran Hermano van a determinar el rumbo de las ideas para el próximo quinquenio.
Ahora cuando se anuncia que un Patito feo se va a volver lindo y con eso se acabará el mundo de la discriminación? O sea volvete linda porque de otra manera no existís!
Y así se puede pensar y rumear ideas en torno a las candidaturas para presidente, digo pensar y rumear para no decir groserías a propósito de las praxis frívolas y desencantadoras de l@s candodat@s.
En el país del superávit tenemos déficits.
Entonces hablar de una novela parece de otro planeta.

Pero es que las novelas tienen precisamente esa facultad: te llevan a vivir otras vidas, te instalan en otros lugares y en otros tiempos. Fue antes que el cine y creo que involucra más. Tenés que pensar, imaginar, representar.
Sin temor a los mastines me parece que junto con la música tienen las letras una posibilidad de hechicería. Magia.

Encima una novela de fútbol. El Fantasista, de Hernán Rivera Letelier. Chileno. Hijo de la prolífica influencia de Gabo. Pero Gabo al Sur, o al Sur de Gabo.

La Práctica profunda del fútbol opera como un pistón en la cabeza y en la piel de los hombres. Sacude, explosiona y enciende.
A ver, la vida es como el fútbol o el fútbol es como la vida misma. Lo dijeron, lo pensaron, o lo sintieron, el inefable y extrañadísimo Osvaldo Soriano, el Gordo Muñoz, Dante Panzeri o Dante Sabatarelli, no importa. El querido Fontanarrosa, porqué no Victor Hugo y hasta el espíritu de Labruna.
Mejor dicho hay un rescate de la vida misma, en sus aspectos lúdicos, que hacen que este libro sea para el paladar sencillo y honesto de los que viajan colgados de los trenes a la Plata o a Morón.
Yo este libro se lo recomiendo a Ramón Diaz, porque instala cosas épicas donde nunca pasa nada, porque le pone un halo de frescura y mata la solemnidad.

Hay una generosidad casi tropical en los personajes. La Colorina es para quererla aunque resulte como todas. A Expedito González lo quiero en River, no mejor en Racing que necesita un mago. En todo caso el supertestículo le hace falta a muchos equipos de la argentina.
Cómo no conseguirle a los goleadores frustrados una noche de amores como las del Choche maravilla.
Y el Cachimoco Farfán? Que belleza! Cuanta magia!
Dije y digo Gabo al Sur.

Hablando con uno de los pocos libreros que quedan en Buenos Aires. Esos personajes que saben de qué hablan y que todavía no terminan de creer que un libro es una mercancía, una mera mercancía. Este hombre, canoso, bigote albo y mosca debajo del labio inferior, en Corrientes al 1500, me contaba con autoridad que Rivera Letelier es un autodidacta. Que sabe de lo que habla porque fue minero. Que escribe bien porque le pone magia.
Entonces le dije que la magia no se pone, se captura.
Claro. Escribe bien porque te lleva por caminos desérticos donde los portentos lo pueblan: el sol casi líquido, de óleo que se derrama sobre las cosas. Las nubes que con artes de lobo vienen, acechan y se van.

La realidad tiene un desgarro que sabe a viejas historias de explotación capitalista cuando Chile se incorpora a la economía como país minero y mantuvo esta relación asimétrica con los países centrales a expensas de mucha, mucha muerte, mucha explotación.
Sobre el pueblo salitrero de Coya Sur flota la amenaza del desamparo, la tenaz intemperie del olvido. El destino de pueblo fantasma.
Realismo mágico que ninguna vanguardia trasnochada va a poder cambiar porque lo que cuenta Rivera Letelier no es mágico es demasiado real y duro. La magia está en los epifenómenos, en detalles accidentales que enriquecen la historia y le dan sabor local.
La velocidad del tiempo por ejemplo parece diferente en la narrativa. Falta una semana para el partido y ya no queda mucho para leer.

Lo singular, excepcional y raro se trenzan de una manera inimaginable por el lector. He ahí el inicio del disfrute. La realidad es una mierda, pero no tiene un solo plano. Abundan las microhistorias, texturas, sutilezas que van surgiendo como manantiales en ese desierto de sal condenado al olvido.
Hay que ir alguna vez al desierto para entender la vida. Para ver como es que es el andar con lo puesto y sin tanta máscara. Maquillaje. La realidad no tiene, no necesita espejos.
No importa si los planetas están alineados. O si la soledad repercute sobre el paisaje o el paisaje la modela. Solo ocurren eventos: realismo o magia resultaran agobiantes por si solos. Mezclados son explosivos. Como algo tectónico que sacude y conmueve porque el héroe fracasa en su afán de serlo. Porque el muerto no resucita ni habla, a lo sumo se lo sueña. Y los sueños se forjan en las fronteras de la realidad y la magia.

Esto es el complemento de la Cantata Santa María de Iquique. Muchos años después? América Latina sigue igual. El sueño del Hombre Nuevo está intacto. Pero a nadie le interesa. El acelere es otro.

Así que ahora cuando leer una novela parece algo exótico por lo antiguo, bien se puede asomar uno, aunque sea de a ratos, a esa puesta en escena tan especial que hace del desierto nuestro querido Rivera Letelier. Una teatralidad que hace ostentación de localía, donde lo ordinario, por perspectiva, se aprecia. No hay hadas en esta literatura, tampoco niños magos envueltos en tramas inverosímiles que te ponen a pensar en otra cosa.
La selva y el desierto son territorios de leyenda. Y una leyenda es tenaz o deja de serlo.
Tenemos derecho a contarnos.
La fábula y el mito cuando se escriben, su valor moral puede llegar a ser transformador. Los grandes cambios comienzan en la cabeza y el corazón. No en el bolsillo.

Querido lector: ya no tengo más aliento pa´escribir. Te entrego la antorcha?
Dale!

Publicado en Leedor el 15-04-2007