Shortbus

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La nueva película de John Cameron Mitchell llega rodeada de un halo de escándalo que, por supuesto, hace que todos los bichos de festival corramos a verla. Shortbus
(John Cameron Mitchell, EE.UU.)

Shortbus llega rodeada de un halo de escándalo que, por supuesto, hace que todos los bichos de festival corramos a verla. Es la nueva película de John Cameron Mitchell (director de la ópera rock Hedwig and the Angry Inch) y que fue aplaudida en Cannes. Pero es también una película que se vende por algo muy particular: sus escenas de sexo (que son varias) no son fingidas. Los actores, que crearon sus personajes e historias a través de un largo proceso de workshop con el director, tienen sexo de verdad en la pantalla. Quizás porque apele al morbo, quizás por ser un acto de descarada estridencia, Shortbus produce rechazo y fanatismo por igual.

Rechazo, porque (y en esto hay que ser honesto) el sexo bien podría haber sido simulado. Shortbus se vende como una película sobre sexo, pero es en realidad una película sobre personajes insatisfechos con sus vidas, que buscan colmarse a través del sexo. Todos se reúnen en un extraño y bizarro club llamado como la película, donde se puede tomar un trago, escuchar a un travesti cantar y tener sexo grupal. O todo al mismo tiempo. Pero el sexo va desapareciendo como tema, y de la pantalla, mientras avanza el metraje, y poco importa entonces cuán real sea o no. Lo que queda es la gran actuación de una actriz chino-canadiense llamada Sook-Yin Lee, la belleza e inventiva visual del director, y una historia emotiva y poderosa.

Pero Shortbus, además, ha producido fanatismo porque es un relato de búsqueda de identidad, de falta de dirección, el relato de personajes que siguen un derrotero caótico y que los desnuda emocionalmente, exponiendo sus traumas y miedos, para encontrar finalmente una solución, un atisbo de satisfacción, en la realización de que cada uno es su propio peor enemigo. Y de que la vida es mucho más sencilla lejos del individualismo y en la entrega a la comunidad.
Claro que también despierta aplausos porque Mitchell, lejos de quedarse en el regodeo visual y la morbosidad que despiertan las escenas de sexo real, apuntala su película con muchos otros aciertos. Por ejemplo, las imágenes de un mapa de Nueva York generado por computadora que sirve para puntuar la historia. O una paleta de colores extensa y llena de contraposiciones: mientras que el rojo, el negro, la sombra y la oscuridad son deseo y placer; el blanco, los colores pasteles y la luz del día son el ámbito en que la gente se pierde a sí misma y no puede encontrarse, revirtiendo así (saludablemente) el estereotipo por el cual la luz es el ámbito de la salvación y el negro, el de la perdición.

Shortbus, como Hedwig, seguramente se transformará en una pieza de culto, una película marcadamente queer y que está creando un movimiento de cine sobre gays, hecho por gays y que apela a todo el mundo (junto con películas como Tarnation, de Jonathan Caouette, que tiene un cameo en Shortbus), que por suerte no deja de aparecer por estas latitudes.

Publicado en Leedor el 12-04-2007

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