Mis seis presidiarios

0
13

Sin ser una gran película, la obra más prestigiosa de la carrera en EEUU de Fregonese es sí, un buen ejemplo de la asimilación de un outsider a la fábrica hollywoodense.Tras las rejas de Hollywood.

Después de mucho tiempo pudo verse (y en copia 16mm) el film tal vez más prestigioso de la carrera hollywoodense de Hugo Fregonese.

No sabemos si el mejor, sí el más prestigioso en su momento, ya que suscribía a la óptica semi revisionista aunque legal del productor estrella Stanley Kramer.

De hecho, el nombre de Kramer es el que abre los créditos, quedando el reparto después del título de la película, y en letra bastante pequeña. Como dato al respecto, el veterano Millard Mitchell encabeza el cast y por su actuación mereció el Golden Globe ?como mejor actor.
Esta historia bien podría insertarse en el formato ?novato llega a ambiente hostil, cambia algo y se marcha?, pero tengamos presente que la filmó un argentino y no es tan así.

Con las teorías psicoanalíticas en pleno auge y la oleada de cine semidocumental pre-Mc Carthy, se trata de un drama carcelario con toques de comedia y buenas observaciones humanas, basado en un caso real.
Como corresponde, se inicia con la llegada del protagonista -un psicólogo- y termina con su alejamiento. La voz en off, sirve para unir el relato, pero Fregonese parece querer abandonarla en beneficio de las réplicas ingeniosas y el vigor de las escenas de acción ?pocas tal vez para su gusto.

Tal vez por su falta de dominio del inglés o por su excepcional dominio del lenguaje cinematográfico, las escenas más fuertes son las que se sustentan en la imagen, con un expresionismo y síntesis que sorprende.
Nos engaña con una pistola de goma que el atribulado psicólogo encuentra en un cajón.
Nos despierta con el puñetazo del asesino italiano en una máquina de escribir. Nos conmueve con las lágrimas en los ojos de los actores; una historia en la que aparecen dos mujeres nada más, la tensión y puja de potencias masculinas es todo.
Una caída de Marshall Thompson sobre un tablero derramando la tinta, un revolver auténtico dentro de un libro. Todo parece tener algún significado.
Preferimos quedarnos con algunas lecciones de ritmo: la entrada al presidio de una de las mujeres mencionadas y toda la operación clandestina que supone, hipnotiza por su ritmo y musicalidad (escuchamos un vals).Y la clásica rebelión de los presos en sus celdas es resuelta con una cámara fija y voces en off, en un ejemplo de audacia narrativa inolvidable. Los actores, también tienen su lucimiento. Mitchell es el principal encargado de llevar el peso de las risas y sonrisas. Evidentemente estuvo muy activo ese año (que sería el último de su vida), ya que también personificó al dueño de los estudios en Cantando en la lluvia (Singin’ in the Rain, Donen y Kelly).

Gilbert Roland, por lo general confinado a papeles simpáticos, aquí no tiene bigote y por una vez tiene oportunidad de mostrar a un ser humano detrás del estereotipo.
Y John Beal, joven promesa que nunca terminó de despegar, es el psicólogo que hasta fuma en pipa y todo, en una actuación tal vez demasiado naïf para el gusto actual, pero con momentos de emoción.
Mis seis presidiarios no es una gran película pero sí un buen ejemplo de la asimilación de un outsider a la fábrica hollywoodense. Esos inserts son como su libertad dentro de un guión con bastantes palabras. La imagen de Beal, solo y diminuto en el patio vacío y rígidamente geométrico de la prisión, pueden ser observadas como una metáfora del director argentino en Hollywood.

Publicado en Leedor el 11-04-2007

Compartir
Artículo anteriorCloro
Artículo siguienteNegatec