Estrenos: El violín

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Con imágenes desprovistas de cualquier ornamento y encuadres parcos El violín se ubica en un sitial que los cineastas latinoamericanos no frecuentan: el de la absoluta miseria y el despojo.

Se trata de la cuarta película de Francisco Vargas Quevedo y fue rodada en 2005. Llega a Buenos Aires precedida de recompensas en festivales diversos. Es necesario que desde el vamos pongamos en claro que se trata de un film sobre la aceptación de la derrota en el área latinoamericana y que sólo un mexicano podía hacerla. Muy lejos de Hollywood, de Europa o del minimalismo, Vargas Quevedo habla desde el discurso del cine de su tierra, a partir de una excelente fotografía en blanco y negro de Martín Boege y de Oscar Hijuelos.

El tema es el exterminio definitivo de la guerrilla y la historia es la imprescindible, atravesada por tres generaciones: la del viejo Plutarco Hidalgo, su hijo Genaro y su nieto Lucio. Desde la escena inaugural en la que asistimos a la tortura -por sinécdoque, ya que en la primera profundidad de campo hay un pie que se estremece- a la violación y a los gritos destemplados de represores y reprimidos, sabemos de qué va la cosa.

El viejo Plutarco ejecuta en su violín melodías que nos llegan desde el viejo y entrañable cine mexicano -incluida Julia-. Pero ese instrumento le sirve también para contrabandear balas.

La relación que establece con el Comandante Cayetano, el intercambio de canciones a cambio de vigilar su campo sembrado de milpita, va a tener consecuencias nefastas. Lo curioso es que Vargas Quevedo trabaja esa relación hasta sus últimas consecuencias. De acuerdo con sus propias declaraciones, ?el encuentro entre los hombres su pasión común por la música, permite descubrir la humanidad universal de la película. La de dos seres obligados a realizar una temible elección: seguir sus ideales hasta el final, o comprender al otro y cambiar de bando. Cumplir con su deber o traicionar? La música o las armas?.
A juzgar por los resultados, no es tiempo de música para una América Latina empobrecida y sojuzgada. Las imágenes desprovistas de cualquier ornamento, los encuadres tan parcos como parca es el habla de la gente, ubican a El violín en un sitial que los cineastas latinoamericanos no frecuentan: el de la absoluta miseria y el despojo. Más atentos a supuestos problemas personales, quienes filman hoy día en América Latina ya han olvidado -con excepción de los documentalistas-. Es lo que hay, como nos dicen desde el posmodernismo.

En el enfrentamiento final, cuando el viejo Plutarco ve de qué manera se produce la derrota, hay un gran primer plano del militar entre burlón y sonriente que le pide que toque. El marchito violinista suelta una frase que debiera tenerse en cuenta:
– “Se terminó la música”.

Y es lo único que cuenta. Esa coda final que elige Vargas Quevedo, la del nieto acompañado por una muchachita con la que prosigue la tarea, es más una expresión de voluntarismo a ultranza. Lo que al espectador le queda es esa imagen del viejo que lanza el epitafio.
– “Se terminó la música”.

La puesta en escena supone el manejo de actores no profesionales -el músico ambulante Don Ángel Tavira- junto a nombres consagrados como los de Silverio Palacios y Gerardo Taracena. En un reparto íntegramente masculino -las mujeres pasan velozmente o forman parte de un pueblo expulsado- es muy difícil otorgar primacía a nadie. Sólo cabe decir que los actores se han prestado al juego de ofrecer esta poética de la derrota con una ferocidad propia del mejor cine mexicano. No le auguramos muchos espectadores.

Publicado en Leedor el 9-04-2007