Rodolfo Walsh: a 30 años

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Si este increíble país pudo parir un Walsh, ese “tipo flaco, de anteojos”, el que fue todo lo que fue e hizo todo lo que hizo, tal vez convenga tenernos un poco más de fe.Un tipo flaco, de anteojos

Así lo recordó Rogelio García Lupo pensando en sus primeros encuentros, militando ambos en la Alianza libertadora nacionalista, en el año en que nacería una nueva Argentina.
Hoy, la figura está un poco más photoshopeada.
Decimos Walsh y la imagen que se nos presenta es la del tipo con los brazos en jarra, cámara fotográfica al cuello, ceño fruncido, corbata levemente ladeada, anteojos poderosos enfrentando lo que venga.
Fantasmático ícono de estudiantes de periodismo, inquebrantable buscador de verdades, paradigma moderno de la honestidad, la coherencia, la lucha contra la injusticia, venimos comiendo un Walsh bastante desagradable, probablemente, hasta para sí mismo.
Cuando se cumplen treinta años de su asesinato a plena luz del día (un domingo fresco de marzo, en una zona de improbable desierto: San Juan y Entre Ríos, Capital Federal) aún podemos escuchar la versión disparatada de la causa: escribió una carta a los militares denunciando las atrocidades que cometían.
¡Si serían malos los militares! ¡Matar a un hombre por escribir una carta!
Claro: la escribió al cumplirse un año del golpe, la envió (¿Por correo? ¿Certificada? ¿Expreso?) y al otro día lo fueron a buscar y lo desaparecieron.
¿Bien? Fin de la historia.
Esta versión infantil tanto como el colectivo “los militares”- nos describe a un hombre generoso y arrojado que se autoinmola para dar a conocer la verdad. Nos muestra el agónico grito de un PERIODISTA que busca despertar las conciencias. Nos revela a un hombre valiente capaz de poner en riesgo su propia vida con tal de que la Verdad sea conocida.
(Nos revela también cierto poder casi supra humano de los dictadores, al tomar represalias contra una carta que recién está siendo repartida en buzones. Y nos oculta que RW mientras reparte la carta- está yendo a una cita con la pareja de alguien asesinado en el mismo hecho en que muriese su hija Vicky. Que le está llevando, probablemente, algún dinero de parte de Montoneros. Y nos oculta también que esa cita fue “cantada” en la ESMA bajo torturas, por lo que el GT3 le preparó una emboscada y lo está esperando. Pero quizá no sea esto importante a la hora de pensar la historia.)
¿Qué perseguía, pues, Walsh al enviar su archifamosa “Carta abierta”?
¿El esclarecimiento público de los horrores de la dictadura?
Lamentablemente, no parece probable: en la mismísima carta se ejemplifica la complicidad de los medios y la censura a la que está sometida cualquier prensa (“Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina”)
¿El auto examen de conciencia de Videla, Massera y Agosti?
Quien escribe que “Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.” no puede, evidentemente, estar creyendo que hay un proceder inconsciente de parte del gobierno.
¿Qué persigue, entonces, un hombre de 50 años, con una carrera literaria ya hecha, que desde hace más de cinco años ha abandonado la literatura y el “periodismo comercial” para dedicarse de lleno a la militancia en organizaciones armadas y mayormente clandestinas (las FAP primero, Montoneros después)?
¿Ser reconocido “aín a costa de su propia vida- como alguien que no negocia con el poder militar y que tiene el valor de enfrentarlo?
El autor de “Operación Masacre”, “Caso Satanowski” y “¿Quién mató a Rosendo?” No necesita y lo sabe- demostrar más nada.
¿Ganar alguna clase de inmunidad a partir de ser un “hombre público”?
Los recientes asesinatos de su hija Victoria y su amigo y colega, el escritor Francisco Urondo ambos militantes montoneros- no le pueden dejar dudas acerca de cómo proceden los miembros de la Junta militar y sus empleados (“sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido”, termina la carta.).
¿Qué busca Walsh entonces con esa carta que lo ha consagrado como el exponente más exacerbado de la libertad de prensa?
Pues, cualquier cosa MENOS convertirse en eso.
La “Carta abierta a la Junta Militar” no es otra cosa que la anteúltima herramienta (la anteúltima, sin duda. La última, y sólo porque no le dieron más tiempo, será la Walter PPK calibre 22 con que enfrentará a la patota del “tigre” Acosta) de lucha que alcanzará a esgrimir como militante de una organización armada y clandestina que combate al gobierno de turno.
Porque la “Carta” es una compilación de los informes de inteligencia de la organización Montoneros. Y sus términos han sido discutidos dentro de la misma “orga”, como la llamaban.
Porque la “Carta” se nos aparece hoy “igual que cuando se dio a conocer públicamente, allá por los primeros´80- como un documento periodístico revelador, casi profético de lo que ocurriría luego. Más exactamente, de lo que “nos enteraríamos” luego. Sin reparar “o reparando y retorciendo deliberadamente el espacio/tiempo- en que habla de lo que pasó en ese año, no de lo que pasará. Haciendo caso omiso, de paso, a la falta de una característica fundamental en todas las investigaciones de Walsh: la cita de fuentes, la mostración de pruebas, la alusión documentaria, la mención con nombres y apellidos que inunda sus textos desde “Operación Masacre” hasta “¿Quién mató a Rosendo?”.
La “Carta” es entonces sólo un arma más. Un arma estupendamente construida, claro. Como estupendamente “construido” estaba Walsh. Que también, para desazón de los enemigos de siempre, era sólo uno más.
Pero la burguesa y engordada intelectualidad argentina, la ?intelligentzia? como Jauretche la identificó, ha encontrado en aquel retorcimiento de las dimensiones de la Física la llave del umbroso sótano en donde depositar su responsabilidad (¿O deberíamos decir culpa?). Allí, en las espesas sombras de esa pieza, donde se amontonan los muertos del 16 de junio del ´55, los fusilados del ´56, los festejos al Menemato, la ?Patagonia Rebelde?, etc. Allí, donde la mugre se confunde convenientemente con la oscuridad.
¿Entonces?
Entonces tenemos ?un San Martín apolítico? que nos permite olvidar la traición de Buenos Aires, un ?Sarmiento, padre del aula? que nos escamotea ?entre tantos- el crimen del Chacho Peñaloza, una ?Santa Evita? que pretende tapar las pintadas de ?viva el cáncer?, un Perón que?, que?, no, mejor, Perón que vuelva completo al sótano.
Y así las cosas. Cuando en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora nos propusimos realizar ?P4R+, Operación Walsh?, no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. Sí pretendíamos encontrar a un Rodolfo Walsh entero, humano, palpitante, no el retorcido amasijo metálico que nos pretenden vender hoy.
Y lo que pudimos hallar tenía carne, tenía sangre, tenía historia.
No un ?mujeriego y borrachín? como creyó leer quien se pretende el Viudo Oficial de Walsh en aquel trabajo, sino un hombre con menos de periodista que de literato, con menos de literato que de militante, con menos de militante que de argentino.
¿Entonces?
Entonces tendremos a un hombre tan pedestre como cualquiera, tan prócer como el que más, que bebió los tiempos en que vivió, que se atragantó de su época y que, denunciando los asesinatos de la Libertadora, de Quaranta o del Vandorismo, descubriendo el intento de invasión a Cuba, escribiendo algunas de las páginas más perfectas de la literatura argentina (y ?Esa Mujer? lo es sin duda), trabajando codo a codo con Ongaro y la ?CGT de los argentinos? o convirtiéndose en un militante revolucionario en los ´70, sólo hizo lo que de él se podía esperar. Lo que debía, claro.
Porque Walsh no fue asesinado por ser un héroe. Fue asesinado porque cayó en una trampa de sus asesinos.
Y si para ser un héroe no es necesario usar capa roja, tener músculos de acero, visión de rayos equis o un baticinturón, tampoco hay que usar corbata y anteojos y desafiar al porvenir con la mirada. O morirse.
Basta, tal vez, con sentirse parte de la tierra de uno y hacer lo que el resto espera que haga. Como lo dijera Scalabrini, como lo hiciera Walsh, como lo hacen miles y miles de argentinos que siguen trabajando, soñando, luchando cada día.
Perdiendo, muchas veces. Ganando, algunas otras.
Porque ya lo plasmó H.G. Oesterheld (también artista argentino, también militante revolucionario, también desaparecido): el único héroe posible, es el héroe grupal.
Si Rodolfo Jorge Walsh fue todo lo que fue e hizo todo lo que hizo, se debió a que la sociedad de su tiempo así lo necesitaba y lo exigió. Su asesinato, en cambio, fue sólo la gris responsabilidad de sus asesinos, no una consecuencia inevitable. Mucho menos lo que lo convierte en recordable.
Y si este increíble país pudo parir un Walsh, ese “tipo flaco, de anteojos”, tal vez convenga tenernos un poco más de fe y abrir el sótano: que las culpas se las lleve quien corresponda.

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Publicado en Leedor el 23-03-2007

*Gustavo Gordillo es periodista, escritor y director del documental P4R+ Operación Walsh producido por la Universidad de Lomas de Zamora