Esperando a Godot

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Esperando a Godot“, sigue golpeándonos desde hace más de medio siglo, con esa desazón existencial única, que nos provoca la contemplación de las penurias de Vladimiro y Estragón. Animarse a esperar a Godot

¿Qué se puede decir de “Esperando a Godot“, que ya no se haya dicho?. Es una obra conocida, valorada, recreada, parodiada en distintos medios artísticos y a pesar de la diversidad de temáticas con que se encara el interrogante que nos plantea Beckett, (por dar sólo un ejemplo, la magnífica “Waiting for Guffman” de Christopher Guest, (1996) tiene aspectos desopilantes), seguimos advirtiendo que Godot no es lo que parece ser, un simple personaje que no se hace presente nunca, y que la respuesta a su identidad, tiene que ver con la nuestra.

A pesar de haber sido escrita y publicada hace más de medio siglo, (1952), todavía tiene (y seguramente seguirá teniendo) el mérito de golpear nuestras mentes y nuestras almas con esa desazón existencial que nos provoca la contemplación de las penurias de Estragón (Marcelo Sánchez) y Vladimiro (Omar Montero), bajo el mismo desolado árbol donde los ha citado Godot. Ellos, como nosotros, viven, sufren, temen, esperan, piensan en la muerte, en escapar, en la maldad del mundo representada por la tiránica relación de Pozzo (Nicolás Césare), para con Lucky (Hernán Vázquez) y eventualmente también son atrapados por una fatídica inacción ante aquella.

El piso del escenario de la Sala González Tuñón, luce totalmente cubierto de paja cuando el espectador ingresa. La superficie es siempre plana, excepto por una única sobreelevación en el sector central. De repente, esa zona, parece respirar, temblar. Y a manera de beckettiano vientre, ella pare a un inesperado Estragón que sale disparado desde la profundidad y se ubica inmediatamente cerca del fantasmagórico árbol.

La historia es conocida y también lo es la tremenda negación de su autor para aceptar tanto las interpretaciones no literales que se hicieron de su trabajo como el hecho de considerarlo piedra fundamental, del posteriormente llamado “Teatro del absurdo”.
Pero toda oportunidad de tomar contacto con ese maravilloso texto de Beckett es buena. Aún en este caso, en el que no nos encontramos, con la llamativa actuación de dos figuras muy conocidas, como las que se suelen elegir para dar vida a los protagonistas.

El equipo de actores que participa en la puesta de Omar Aita, ha llevado de gira esta pieza magistral por distintos colegios secundarios y es edificante saber que todavía existe gente que trabaja seriamente para este tipo de audiencia, tan aletargada en su mayoría por las propuestas masivas de los medios, que parecen inculcarles a los jóvenes, que la única posibilidad de salvación la puede traer el dinero que les regale un “Gran Hermano” o la habilidad de “bailar, cantar o patinar por sus sueños”. Pero nunca les presentarán la posibilidad de pensar.

Para ellos y también para nosotros, el desafío sigue siendo claro: hay que animarse a esperar a Godot.

Publicado en Leedor el 6-03-2007