La reina

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Una película con mucho encanto y cierto clima a Chejov.La corona que lleva una cabeza

La primera imagen que aparece en La reina es la de Su Majestad Elizabeth II, posando para un retrato, según la costumbre de todos sus antecesores reales. Inmediatamente después mira al espectador, mientras se introduce el título de la película. Stephen Frears la obliga a mirar a cámara y a quedarse quieta mientras los segundos pasan. Elizabeth está ahora posando en una imagen en movimiento, que da cuenta del paso del tiempo. En esa dicotomía entre el cuadro pictórico y el plano cinematográfico, entre tradición y modernidad está parte del asunto del que habla La reina.

La cita shakespearana con la que abre la película le queda un poco grande a una trama mínima que no se nutre de grandes intrigas palaciegas ni monarcas épicos. Se trata finalmente de mostrar, a partir de un hecho concreto como fue la muerte trágica de Lady Di, cómo una mujer aferrada a cierta forma de entender el mundo acepta que los tiempos han cambiado y hace concesiones frente a esa realidad. Sacrificios pequeños en la superficie: evidenciar algún signo de duelo, permitir que el funeral sea público. Pero hacer eso significa rebajarse al nivel del pueblo, quien le exige a la Corona que lloren a su Princesa, y La reina da cuenta de la obturación de la monarquía para leer ese reclamo. Para eso, es necesario darles voz a los Windsor, mostrar su dinámica e intimidad, y que entienda qué valores los sostienen. La película tiene una mirada satírica sobre la familia real, siempre desde un lugar amable, jugando por momentos con un humor sutil y con atisbos melancólicos, sobre todo cuando expone algunos ritos de protocolo. Es por esa misma delicadeza que hace muy bien en mostrar a William y Harry a una prudente distancia, porque no hay manera de que el dolor de esa pérdida sea objeto de parodia. Al resto del clan lo vemos tomando el té, preparándose para irse a dormir y otras actividades mundanas. La Reina Madre es una viejita adorable; el Príncipe Felipe, con su irreverencia snob, es algo asquerosito y el Príncipe Carlos es un pobre diablo a merced de su madre. En definitiva, gente bastante simpática gracias a su ridiculez. A Elizabeth también se le aplica esa mirada, que nunca llega a ser extrema, porque el espectador debe ver, al mismo tiempo, lo absurdo de ese mundo endógeno y antiguo y la seriedad que comporta para el personaje. Elizabeth es una reina que despliega dignidad, y eso la película no lo cuestiona nunca. Los momentos más interesantes son aquellos en los que se queda con los monárquicos, a quienes el fantasma de la Princesa de Gales ?un ser fascinante que hizo todo bien para pasar a la Historia: fue bella, carismática, amada por el mundo entero y trágica-, viene a molestar, a moverles el piso. Diana le contó al mundo su padecer, mientras que Elizabeth cree que uno no debe mostrar sus sentimientos en público. Una fue mediática, moderna, una realeza-celebridad; la otra sigue encerrada en sus castillos, aferrada a esa tradición de siglos. Tony Blair aparece como la bisagra que quiere unir a esa monarquía vetusta con las masas ?que no es lo mismo que pueblo- y ahí la película se queda un poco en la superficie al tratar la relación entre el poder político, que cambia de bando como le conviene (el Primer Ministro británico es el ejemplo perfecto para ello) y la menos flexible institución regia. De todas formas, esa relación está subordinada al tema principal de La reina, que no por nada está sola en ese título: lo fundamental es cómo Elizabeth se adapta a los tiempos que corren. Helen Mirren logra un milagro actoral en cine: que una caracterización mimética basada en un personaje de la vida real sea humana y no se quede en lo exterior. Su reina es de carne y hueso, y sólo en el momento de la transmisión televisiva se pone artificial e ?imita? a Elizabeth II, diciendo el discurso exactamente igual a como ella lo pronunció. Es el momento en que la verdadera reina habló resignada desde una máscara, obligada a hacer algo que no consideraba apropiado y Mirren, que es una actriz extraordinaria, no juzga a su personaje e interpreta desde esa simulación. Más allá de algún símbolo in-your-face como el ciervo o de la dirección no muy inspirada de Frears, que tiene trabajos anteriores mucho más atractivos, La reina es una película con mucho encanto y con cierto clima a Chejov, al mostrar, con humor y aparente ligereza, cómo una clase en extinción se aferra a lo que la define, por muy absurdo que sea. ?Inquieta yace la cabeza que lleva una corona?, dice Shakespeare a través de Enrique IV, pero la película de Stephen Frears habla más sobre cómo la corona, la tradición, se impone sobre el ser humano, mientras el resto del mundo sigue avanzando frente a sus ojos.

Publicada en Leedor el 24-02-2007