La reina (II)

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¿Dios salve a la reina?

Cada año, durante eso que en Estados Unidos se llama ?Oscar season? (temporada del Óscar), un actor o actriz recibe una avalancha de elogios y premios. Y por sobre todo, recibe una atención desmesurada. El año pasado le tocó a Philip Seymour Hoffman y su Capote. Antes, le había tocado a Jaime Foxx por hacer de Ray y a Hilary Swank por eso de que Los muchachos no lloran. Ahora, le tocó a Helen Mirren y su reina Isabel.
Y es tanta la atención que reciben los actores que ocupan este lugar cada nuevo año, que la película en que aparecen suele desdibujarse. Importó que Hoffman estaba igual a Capote, que Foxx era una copia de Ray Charles y que Swank no parecía una mujer. Ahora, importa que Mirren reproduce a la perfección cada mohín de Isabel. Así, un film genial como Los muchachos no lloran no recibió ni los elogios ni la atención (la película en sí) que tanto merecía. Y así, un film tan terriblemente maniqueo y mentiroso como La reina, llega a ser nominado como mejor película.

Primero lo primero: Mirren está genial. Como siempre. El Oscar que pronto ganará lo tiene más que merecido, por esta actuación y por tantas otras, todas memorables.

Segundo, lo malo: ¿cómo puede ser que Stephen Frears haya hecho La reina? En el inicio de su carrera, el director inglés realizó dos films para el recuerdo: Ropa limpia, negocios sucios y Ambiciones prohibidas. En épocas más recientes, hizo Alta fidelidad y Mrs. Henderson presenta, que son películas más que divertidas, con un manejo de la comicidad impecable, y que dejaban buen sabor de boca. Pero ahora se despachó con un canto de amor a un personaje y a una institución arcaicas y que, en el mejor de los casos, atrasan. Quizás sea un problema cultural, pero la devoción de esta película (y uno debe asumir, del director) por la reina, la monarquía y todo lo que éstas representan es tan difícil de comprender por estos pagos como una película hablada en zulú.

La reina es un film sencillo en el sentido de que su estética es básicamente la de un telefilm. Sigue las vicisitudes de Isabel II en la semana posterior a la muerte de Lady Di, haciendo foco en su relación con Tony Blair. Quien, al menos eso muestra la película, no tiene nada más qué hacer como primer ministro que hablar por teléfono con Su Majestad. Y esto es un ejemplo de por qué La reina es una película divertida, entretenida, pero mentirosa como pocas. Presenta a Tony Blair como un hombre de familia, sencillo, inteligente, bondadoso. Al comienzo del metraje, también es un poco reacio hacia la institución de la monarquía. Al llegar a su final, es un defensor de la misma. Parece increíble que se haya representado con tal benevolencia a un líder que empezó siendo reformista y resultó ser un aliado de Bush. Seguramente, el status quo británico no podría estar más feliz.
La representación de los demás personajes es igual de revulsiva. El príncipe Carlos llora todo el tiempo por la muerte de su ex esposa. Camila Parker-Bowles no existe. La esposa de Blair cocina el desayuno de su esposo cada mañana, enfundada en un delantal cual simpática ama de casa. Y la reina, siempre tan estricta, tan reservada, tan contenida, sólo expresa emoción al ver a un ciervo en la campiña. Porque es tan sensible, tan correcta, que sólo la naturaleza puede conmoverla. Isabel es la epítome del estoicismo en la visión de Frears, una mujer ?que lo ha dado todo por su país? y ahora, en medio del luto nacional por la muerte de su ex nuera, es maltratada por el público.
Pero… ¿Qué ha hecho por el país, por la gran Gran Bretaña esta mujer? Ha posado para innumerables retratos, monedas y estampillas, sí… También ha sido un símbolo, un rostro, una mirada lejana que observaba a sus súbditos con una mezcla de desprecio y altanería.
Una vez más, quizás sea todo un problema de diferencias culturales. Aquí no somos británicos ni entendemos su devoción por la familia real. Ni tampoco el apoyo que le dan a ésta. Ni la idea de mantener a la realeza con dinero salido del presupuesto nacional. Dinero que no va a escuelas, ni a hospitales, ni a mejorar las rutas, ni siquiera a plantar nuevos árboles en la calle, sino a lustrar los pisos de mármol del palacio o pagar los sueldos del ejército de sirvientes de la reina.

Como película que apoya todo esto, que afirma que Isabel es la incomprendida, y nosotros, el público, los malos de la historia por no entenderla y apreciar ?todo lo que ha hecho por nosotros?, La reina es una gran, gran clase de manipulación.

Publicado en Leedor el 23-02-2007