Borat

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Recargada de lugares comunes sobre la idea que Occidente tiene acerca de un país subdesarrollado Borat termina siendo una crítica sobre esa mirada imperialista e ignorante. El mejor país del mundo?NOT!

En el prólogo de Borat, El Segundo Mejor Reportero del Glorioso País Kazajistán Viaja a América, en el que el protagonista muestra su pueblo natal, la gente que lo habita y sus costumbres, está la clave de lectura de la película, que funciona a la vez como un mockumentary satírico y como un verdadero documental.

Esos primeros minutos están tan jugados a lo extremo, tan sobrecargados de lugares comunes sobre lo que -se supone- es el imaginario occidental (¿norteamericano especialmente?) acerca de un país subdesarrollado de la ex Unión Soviética, que no pueden ser otra cosa que una crítica sobre esa mirada ignorante imperialista. Si Borat sólo mostrara la tercermundidad (perdón por el neologismo) del pueblo e hiciera un par de chistes blandos sobre ella, la secuencia inicial no tendría la efectividad que tiene como sátira feroz, al mostrar a estos pobres de manera tan brutal, que hacen alarde de la posesión de una videocasettera como lo más avanzado en tecnología, conviven con animales de granja, son sucios, promiscuos e incestuosos y tienen una expectativa de vida muy baja.

El prólogo está trabajado con la estética del documental, pero en su exceso nos hace entender que se trata de una ficción. Ahora bien, cuando Borat llega a América ?Estados Unidos y América, como lo nombra todo el tiempo- para aprender su cultura y costumbres, la línea que divide lo ficcional con lo documental se hace muy poco discernible. En las escenas en Estados Unidos no se sabe muy bien cuándo se trabaja con el ?estilo documental? y cuándo es documental de verdad, como cuando utiliza la cámara sorpresa en varias secuencias, lo que provoca que no se pueda distinguir tan fácilmente entre lo real y lo actuado.

La película necesita del absurdo del prólogo en Kazajistán ?que es pura ficción- para poder luego contrastarlo con lo ridículo ?que a veces es mentira y a veces es real- de las escenas en América y generar así la crítica a las costumbres del país ?desarrollado?. Borat les tiene pánico a los judíos y cree que tienen la capacidad de transformarse en cucarachas a voluntad, pero también cree que las lágrimas de gitanos lo van a proteger del sida. Esas creencias generan gracia por su ingenuidad, pero cuando el dueño de un negocio de armas norteamericano le ofrece un par de opciones de pistolas para defenderse de los judíos, o cuando un vendedor de autos le dice a cuántos kilómetros por hora puede asegurarse que va a matar a un gitano, la risa se mezcla con el horror de entender que ese racismo no está actuado.

La película adopta el formato de una road movie cuando Borat descubre en la tele a Pamela Anderson circa Baywatch y decide ir a buscarla a California para casarse con ella. De Nueva York a Hollywood, en un camión de helados deteriorado, Borat y su productor Azamat van a ir descubriendo zonas de la América profunda y destruyendo sistemáticamente lugares, costumbres y escenas burguesas.

Para eso, Borat se va a valer de todo tipo de humor: escatológico, ofensivo, obvio, sutil ? cabeza del oso en la heladera-, slapstick, meta-humor- en la clase sobre qué tipo de humor dentro del subgénero chiste de suegra es aceptable en el país- e intertextual- con Azamat vestido como Oliver Hardy diciendo su catch phrase en su idioma nativo. Borat se mete en un rodeo, arenga a la muchedumbre pro invasión a Irak y deforma el himno norteamericano al ponerle la letra del de su país (y nuevamente homologa a los dos países); rompe reliquias de la época de la secesión en una tienda; escucha a una dama de sociedad sureña que con tono condescendiente le enseña reglas de etiqueta para asistir a una cena de gente de bien, y una vez en ella insulta a la mujer del pastor, llama a otro comensal retardado, invita a una prostituta negra y descubre cómo funciona un baño. Pero el momento antológico de la película, ese que seguro va a entrar en todos los Top Ten de escenas cómicas que se hagan, es el de la lucha cuerpo a cuerpo ?desnudo y velludo- entre Borat y Azamat en la habitación, pasillo, ascensor, recepción y sala de convenciones de un lujoso hotel. Es una escena zarpada, asquerosa, divertidísima, que se puede hacer gracias a que hay dos actores a los que, por suerte, no les importa nada.

Ken Davitian es un señor muy gordo y generoso con el espectador al prestarle su anatomía ?toda ella- a Azamat. Pero la película no es nada sin el genial Sacha Baron Cohen, desconocido en Argentina pero muy famoso en Inglaterra con su programa Da Ali G Show, uno de esos actores metódicos que desaparecen en sus personajes. Borat está creado como una caricatura, casi siempre con el mismo traje, con su forma de hablar tan particular, las frases recurrentes y el bigote y peinado fuera de moda. Es un tipo misógino, racista y homofóbico pero muy simpático y querible, al que se le perdona su ignorancia. Para los otros misóginos, racistas y homofóbicos con los que Borat se cruza en su viaje, que no son ficticios como el personaje de Sacha Baron Cohen, la película no tiene tanta indulgencia. Estados Unidos puede ser el mejor país del mundo, pero lo es a los ojos de alguien que comparte esas creencias repudiables.