Borat (II)

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El paralelismo entre lo satíricamente representado y lo sorprendentemente real es donde el film de Larry Charles gana y se convierte en un imperdible.Con una mirada grotesca y satírica, con un humor negro y chistes escatológicos, el personaje creado por el inglés Sacha Barón Cohen, llamado Borat, se ha convertido en uno de los personajes más polémicos y transgresores de la historia de la cinematografía, dentro de una comedia única y con una muy lograda crítica sociopolítica a la Norteamérica de George Bush.

Borat, el segundo mejor reportero del glorioso país Kasajistán viaja a América (es el título en castellano) es un periodista de la tv quien, micrófono en mano, comienza su documental desde su pueblo natal, Kasajistán, para luego contar a la cámara que viajará a los EEUU para grabar sus costumbres y luego traerlas de regreso a su país.
Borat inicia entonces un recorrido por un pueblo kasajo, donde nos muestra sus vecinos y sus costumbres, tan insólitas e incorrectas que resultan inevitablemente graciosas. Maternidades donde los niños portan ametralladoras, violadores socialmente aceptados, mujeres compradas por sus maridos y hermanas vendidas para la prostitución, carnavales en los que desfilan grandes muñecos judíos para ser apedrados y repudiados por el público, son algunas de las imágenes que nos hacen descostillar de risa.

El viaje a EEUU descubre una nueva faceta en el film. Aunque en el personaje de Borat quedan todas las cualidades de su pueblo, con su llegada a Norteamérica un tratamiento documental, inexistente en la primera parte del filme, cobra vida al mismo tiempo que mantiene límites indiscernibles. Cámara en mano más evidenciada, muchas de las gentes que frecuenta el ?periodista? son tomados, aparentemente, en su cotidianeidad, mientras que Borat desde su personaje interactúa con ellos. Muchos han hablado de cámaras ocultas y de encuentros inesperados. Pero las dudas de cuánto de realidad y cuánto de ficción hay en esos encuentros no han quedado resueltas. Lo que sí es verdad es que Cohen no se ha lavado nunca su traje desde que llegó al país occidental, de modo que esta actitud nos dice mucho de su intencionalidad de parecer un periodista real.

Más allá de ciertas incertidumbres, hay algo innegable y evidente en el transcurso del relato: si bien se evidencia la oposición entre las costumbres de Borat y las de los estadounidenses, hay muchas de las cualidades del primero que encuentran paralelismos con los segundos. Sólo basta con describir las escenas para descubrir la discriminación y el antisemitismo en la sociedad norteamericana, por ejemplo cuando Borat pregunta cuál es la mejor arma para matar a un judío, a lo que obtiene una reacción totalmente natural por parte del vendedor, quien le recomienda el ?arma indicada?; algo parecido ocurre cuando quiere comprar una camioneta; también se ve la discriminación cuando se presenta a una cena formal con una prostituta. Una de las escenas más fuertes es cuando visita un rodeo en una ciudad texana, donde vestido con una camisa con la bandera norteamericana dice frases a favor del presidente y su guerra, tales como ?Apoyamos su guerra de terror y sugerimos al señor Bush que beba sangre de cada hombre mujer y niño?, recibiendo aplausos y gritos de apoyo desde las plateas. ¿Acaso este espectáculo no es tan patético como ese carnaval antisemita al inicio del filme? Sí, y lo peor de todo es que es mucho más real.

Precisamente es gracias a estos paralelismos entre lo satíricamente representado y lo sorprendentemente real, pero también a los encuentros desequilibrados (véase cuando Borat se dirige inapropiadamente hacia una feminista diciéndole ?pussicat? ?gatita- luego de quedar anonadado al enterarse que la mujer podía votar) que el humor se nutre de una dura crítica, donde el documento y lo ficcional más grotesco encuentran puntos de conexión insólitos.
Sin duda, será uno de los mejores filmes del año, no sólo por su esencia polémica sino también por la originalidad de un humor único. Imperdible.