Montecristo y Maldoror

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La máquina de crear joyas de la industria cultural logra parir ratones que chillan fuerte y nos permiten pensar de dónde vienen. Montecristo y la venganza de Lautremont

Muchos opinan que El Conde de Montecristo (1844) es la mejor novela de Alejandro Dumas padre.
No caben dudas de que este autor es un inmejorable ejemplo para la industria cultural, creador preponderante en uno de sus principales antecedentes: el folletín.
Hoy sabemos que no la escribió solo, que como en la tele, con él había un equipo. El libro fue publicado en 18 fragmentos durante dos años. Es decir, fueron 18 capítulos que obtuvieron un éxito de público increíble.
Nuestro ambiente criollo ya entonces devoraba a Dumas y a otros escritores de aventuras folletinescas con fruición. Amalia (1851) de José Mármol es un producto de fuerte ligazón romántica francesa y apareció en la prensa nacional también por entregas.
De Mármol a los preclaros guionistas de Telefé, la remake seriada se ha vuelto la manera de alcanzar la eternidad, el recurso televisivo ad infinitud, con una vuelta más de tuerca en este caso ya que se perfecciona y excede las pantallas, volviendo otra vez al mercado en formato de libro.
Hoy está en las calles Montecristo, un amor una venganza, la novela anunciada con gran prensa. Claro que no es el libro de Dumas, es la novela escrita a partir del guión de la telenovela vernácula inspirada en la novela francesa que a su vez estaba inspirada en un hecho real.
Algo tengo que admitir en este juego de copias. La culpa es de Dumas, que refundó el género y lo hizo explotar en mil rincones narrativos posibles. Como dijo el protagonista de la tira, Pablo Echarri hablando de la misma: ?es ?La novela?, la madre de todas las novelas. Es una historia que encierra una cantidad de conflictos que creo que ninguna novela, por lo menos de las que hice hasta ahora, tuvieron. Hay posibilidades dentro de la historia y eso hace que tengamos mucha tela para cortar durante todo el año y mantener al público en vilo?.

Decididamente, remamos y remamos hacia atrás y llegamos siempre al mismo sitio.
Claro que en el gran cóctel del siglo 19 todavía nos quedan otras cosas a las que echar mano? Por ejemplo, Los cantos de Maldoror (1869) hijos de la lucidez de un poeta maravilloso, ese ?Conde del otro Monte? cómo se bautizó, a quien la literatura rocambolesca y complaciente de sus contemporáneos le parecía un rasgo más de toda la basura execrable humana. Vámonos con Lautremont y el seguro regocijo de sus tripas disfrutando en el cosmos, al menos, hasta que algún guionista lo reescriba como una buena historia de amor y venganza, que al final de cuentas, eso es la vida.

Publicado en Leedor el 4-02-2007

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