El Bar Argos

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Otra vez el cierre de un bar de Buenos Aires, paradójicamente en tiempos de auge turístico, nos obliga a la reflexión y a la crítica.
Cerró Argos. Sus pisos en blanco y negro, sus mesas de madera levemente alejadas unas de otras, sus altas puertas vaivén de madera, su barra, sus billares, ya no existirán. No existirá tampoco lo que ese conglomerado de elementos físicos propiciaba en los parroquianos que frecuentaban el bar. Se sabe, se conoce el lugar que ocupa para el porteño el bar. Lugar de pertenencia, espacio de relación, ámbito existencial y comunitario como pocos para el ensimismado porteño.

Asimismo el término “bar” tiene distinciones: no es lo mismo el bar que se construye hoy, en serie (o de supuesta particularidad estetizada), donde también se come pizza (sushi, y ensaladas verdes) y, sobre todo, de espíritu “servicial”, que el bar de antaño, con su singularidad (dada por la particular confluencia dueño/mozo/habitués), donde no más que un sanguche de salame y queso se puede comer y, sobre todo, de cierta “anti-servicialidad”: por esto entiendo a un mozo que según su estado de ánimo, o sea, dando cuenta de su subjetividad, y por tanto la de los otros, atiende a los eventuales asistentes. Y los llamé asistentes, y no consumidores, ni clientes, ya que en el -llamésmole- bar de antaño, los que ingresan lo hacen, en general, en tanto sujetos, en plan existencial, o sea, en búsqueda del otro, de sí mismos: el café, se sabe, es una excusa.

Cerró Argos, un bar de antaño, como el Británico, que también cerró. Así enunciada la noticia (“Cerró Argos”) despersonaliza una situación que tiene personas involucradas. Esas personas somos todos (al menos los porteños) Conciente, inconcientemente, por acción, por inacción, por interés, o por desinterés, de alguna forma tenemos que ver con su cierre. No cerró, lo cerramos, dejamos que cerrase. Y eso que era Bar Notable, como el Británico, que igual cerró (dejamos cerrar).

Dentro de ese “nosotros”, de todas formas, hay diferencias: de responsabilidad, de posibilidad. “Notable”, es aquello que se distingue valiosamente. Un Estado que enuncia y promulga, pero no alcanza. Una normativa estatal que es vapuleada por las “fuerzas del mercado”. Y es que el mercado es más eficiente (se coreaba ansiosamente en los 90) El cierre del Argos, parece ratificar tal dogma. Una eficiencia expropiatoria que humilla la enunciación legislativa estatal. Uno enuncia, otro actúa: nosotros, ahí, observando, abúlicos, sucesos que fuera del televisor siguen pareciéndonos inmateriales, intangibles, televisados.

Cerró Argos. Y lo que cierra no es solo Argos, no es solo un bar, es algo más. Lo que se cierra, se sigue cerrando, es una forma de relacionarnos. Los espacios de socialización, aquellos en los que puedo olvidarme de mí para volver a encontrarme -distinto- en la mirada del otro, tienden transformarse en ámbitos de vínculos predeterminados. La atención (clientelar) se circunscribe a la repetición de frases preconcebidamente efectivas. La relación así, se da entre estereotipos (mozo-cliente), o sea, prefiguraciones humanas. El deseo de “formar parte” deriva en fragmentación consumista. La excusa (el café) se transforma en producto a consumir. Iremos al café, y “solo” tomaremos un café.

Cerró Argos. Mi nombre ya no será pronunciado por Juan, de hecho ya no sabré donde encontrarlo. No podré intentar pensar qué lo atribula ante un saludo mecánico, ni envidiar ese ingenioso humor. Ya no escucharé peleas por una carambola que no fue, ni un “lo de siempre, Juancito”. Ya nadie se parará ante algún titular de Crónica Tv, y lo comentará en voz alta. Ya no veré al vendedor callejero que se sentaba en una mesa sin tomar ni comer nada. Ni al del kiosco de diario que se apropiaba durante todo el día de la mesa que daba a su puesto, y entraba y salía permanentemente. El grupo de los miércoles a las siete de la tarde, esos que planeaban dónde poner la próxima baldosa que recuerde el lugar donde desapareció algún vecino del barrio, no sé donde se reunirá ahora. Ni el de todos los días a la mañana, esos, que eran actores, o aprendices de. Ni el psicólogo atormentado y su esposa psicóloga, de simulada bonhomía. Y dónde iré yo, cuando asfixiado de multitud, de soledad, necesite de un sencillo (ya vemos, no tan sencillo) “¿Cómo va Sebastián?, ¿qué te sirvo?”.