En busca de la felicidad II

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¿Dinero es igual a felicidad?Dime cuánto ganas?

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Lo que resulta interesante de En busca de la felicidad para analizar -o más bien comentar, que no da para tanto la película- es la mirada que plantea sobre los ochenta de Reagan, desde la actualidad de la era Bush, dos momentos en la historia de Estados Unidos que se parecen desde su conservadurismo y política económica de derecha.

A priori no hay nada malo en que una película nos cuente cómo un hombre negro (perdón, seamos políticamente correctos: afroamericano), que está al borde de la pobreza, vence todo tipo de adversidades y por mero esfuerzo y dedicación, de manera honesta, se gana un lugar mejor en la sociedad en la que vive.

El problema es que ese ideal al que aspirar está prácticamente homologado al bienestar económico y nada más, ya que se trata de convertirse en un yuppie de Wall Street. Dinero es igual a felicidad, parece decirnos todo el tiempo la película, y esa mirada no es sólo la del personaje, que sí está con problemas económicos graves y con quien se justificaría esa actitud materialista; es el film el que se hace cargo de ese discurso claramente en el final ?que es muy predecible porque todo lo anterior es tan cliché- cuando aclara vía cartel lo que devino de este personaje de la vida real y cuánto dinero hizo, insistiendo sobre el valor de lo económico. Ese mundo salvaje capitalista de los ochenta, que fue criticado en películas como Wall Street de Oliver Stone (1987) y La hoguera de las vanidades de Brian de Palma (1990), está visto aquí como un paraíso de gente con autos deportivos rojos, las mejores ubicaciones para eventos deportivos y bellas casas en suburbios, todo gracias al esfuerzo del trabajo. Los yuppies aparecen como gente piola, honesta ?devuelven hasta 5 dólares prestados- y comprensiva, sin ningún tipo de prejuicio para tomar a un pasante que va a la entrevista de trabajo manchado con pintura y directo desde la cárcel, mientras que los hippies e inmigrantes aparecen como gente de la que hay que desconfiar. La exigencia y el gran esmero que se requieren para pertenecer a ese mundo se muestran, pero una vez allí todo se vuelve idealizado: queda bien claro que entre estos yuppies no hay ningún Patrick Bateman. La película avisa que está inspirada en una historia real, como para que el público se prepare a sacar los pañuelos, que esto-le-pasó-a-alguien-en-serio, y luego deforma esa realidad como le conviene y la llena de lugares comunes, no sólo desde el guión ?sobrecargando las peripecias de Chris- sino también desde la dirección.

Gabriele Muccino, el director italiano de El último beso, filma por primera vez en Estados Unidos y lo hace si ningún riesgo, con un puesta en escena y un montaje de fórmula, un uso calculado del soundtrack para comentar ciertas escenas ?que incluye una versión un tanto melosa de Bridge over troubled water por Roberta Flack- y una voz over reiterativa de lo que estamos viendo en tiempo pasado, como diciendo ?Mirá por todas las que tuve que pasar?. De todos modos, si bien la película está todo el tiempo en el límite de regodearse en el sufrimiento de Chris y su hijo, tiene la acertada elección de no hacerlo, en parte porque Muccino no estira esas escenas más allá de lo necesario, y sobretodo por la actuación medida de Will Smith, que está realmente bien y tiene una energía y vitalidad que le otorgan a su personaje más acción que padecimiento. La muy buena química con el nene, que es muy simpático y es su hijo en la vida real, también ayuda a que la película gane en sentimiento genuino cuando se centra en la relación padre-hijo. El resto ya se vio muchas veces, en cualquier de esos dramas inspiradores y lacrimógenos que levantan la moral del pueblo, que hablan del éxito del sueño americano, el self made man y de Nunca Abandonar Nuestros Sueños, y que tienden a hacerse en épocas de guerra y malestar económico. En busca de la felicidad hace bien entonces en escribir mal la palabra felicidad en su título original en inglés (Happyness en vez de Happiness): si mira la ambición desmedida de aquella década con ojos ingenuos y nostálgicos y la plantea como un mundo al cual aspirar, queda bastante claro que estamos frente a una noción muy distorsionada de lo que es la felicidad.

Publicada en Leedor el 2-02-2007