El árbol

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A la película de Gustavo Fontán le sobra intención y le falta poesía.
?La Loma, no todo es lo que aparenta? es casi tan fallida como la anterior Dos novedades nacionales, que no mejoran el panorama

?El árbol? de Gustavo Fontán, merece figurar entre lo peor de un año que recién se inicia. Ya vista en el último BAFICI y ponderada por algunos colegas, cuesta entender los elogios para una obra que no tiene trama alguna y que dura apenas 65 minutos, por esta misma carencia argumental. Que se nos perdone pero debió quedar como lo que es en verdad, una ?home movie? en que el director se limitó a filmar, para consumo interno y de su círculo familiar, a sus padres discutiendo sobre la conveniencia o no de podar una acacia. La controversia sobre la posibilidad de que la caída del árbol pueda causar daño a algún transeúnte ocasional está próxima al ridículo, dado que por la calle de ese barrio de Banfield nunca se ve circular a nadie. Algunos podrán encontrar en este film una reflexión sobre el paso del tiempo y el peso de los recuerdos en una pareja mayor. Si esa fue la ponderable intención se estima que le faltó poesía y sobre todo una historia ya que lo primero que se le debe exigir a una película es que provoque interés, cosa que este lánguido relato no logra despertar.

?La Loma, no todo es lo que aparenta? es casi tan fallida como la anterior aunque por diferentes razones. Aquí al menos existe una historia, ambientada en una población distante 100 Km de la capital. Allí llega Julián Roy (Lito Cruz), un ex torturador que luego de pasar algunos años en la cárcel es liberado. Ha regresado con el propósito de borrar los restos de un pasado oscuro, con la complicidad de otros habitantes. Pero la inoportuna aparición de un periodista (Rubén Stella), que viene a cubrir un hecho totalmente ajeno como es la instalación de un shopping, le complica su accionar. Las películas sobre los años de la dictadura son sin duda necesarias para evitar el olvido de una época nefasta. Lo que puede lamentarse en este caso es cierto grado de confusión y un exceso de personajes introducidos por el director Roberto L. Garay. Se trata de una producción que ya arrastra varios años desde la primera toma y que por motivos económicos sufrió diversas postergaciones que se notan en el corte final que se acaba de presentar. No obstante la falta de prolijidad antes apuntada, Garay merece cierto crédito para algún proyecto cinematográfico futuro.

Publicado en Leedor el 2-02-2007