María Antonieta (II)

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Una chica fabulosa, noble y rica, con muchos zapatos Manolo Blahnik y vestidos de diseñador en un cine definitivamente elegante y refinado.El mundo según una niña rica

El cine de Sofía Coppola es elegante y refinado. Las vírgenes suicidas, Perdidos en Tokio y María Antonieta son películas que priorizan el lirismo de las imágenes y la emoción por situaciones antes que una narración lineal de hechos.

Las protagonistas de sus películas ?Kirsten Dunst, Scarlett Johansonn- son rubias y delicadas, delgadas y jóvenes, muñecas de porcelana con una fragilidad expuesta frente al mundo que las rodea. Así son sus personajes, que miran su entorno con ojos extrañados, como descubriendo algo que sólo ellas logran ver. Las hermanas Lisbon, Charlotte y Marie Antoinette son niñas ricas tristes ? ¿como Sofía?- que intentan conectarse con algo exterior que las saque de esa profunda melancolía que las invade.

El cine de Sofía Coppola es también un cine íntimo, cercano. Por eso, cuando decide contar parte de la historia de María Antonieta, lo hace colocándose a su lado, en su punto de vista, que es el de una niña-mujer que va de su Austria natal ?y un tipo de realeza menos decadente y barroca que la francesa- a la corte de Versalles para casarse y convertirse en posible futura reina de Francia. La opulencia, las costumbres ridículas (como ella misma lo expresa) de la nobleza de Francia y un marido desinteresado son lo nuevo a lo que se va a enfrentar Marie, que no juzga y obedece cuanto puede. Marie Antoinette observa y aprende ese estilo de vida de la realeza en Versalles, que ya no se distrae con la guerra sino con el chisme y el ocio, con cortesanos parasitarios que sirven de distracción a los que ostentan los títulos reales más importantes.

Coppola, al igual que su personaje, se deleita con ese mundo fastuoso de habitaciones lujosas y salones de espejos, vestidos con telas bellísimas y dulces de colores pasteles. Más allá de los jardines del palacio se está gestando la revolución, pero a Marie no le importan las cuestiones políticas, y la película nunca la juzga por eso. Ella sólo se preocupa porque Luis XVI le de el hijo que la va a solidificar en su posición, y una vez logrado eso, por los placeres: adornar el palacio, elegir telas para sus vestidos, crear diferentes pouf (los peinados altos con motivos que ella misma impuso como moda) y apostar dinero de la Corona. Más que como pura frivolidad, lo que hace Marie Antoinette se ve como algo típico de una chica de su edad. La decisión de la directora de musicalizar la película con música de los ochenta, new wave y post-punk ?Siouxsie and the Banshees, Bow Wow Wow, New Order– está al servicio de esa idea de ilustrar a esa juventud acercándola a nuestros días desde un recurso extradiegético. Lo que hace que eso no quede en mero gesto posmo canchero es que también se escucha música contemporánea a la historia ?y esa pertenece a la diégesis del film, es decir, es lo que escuchan los personajes-, como el músico barroco Jean-Phillipe Rameau y que Marie disfruta de ir a la ópera, que era un género popular en la época, como lo son esas canciones que están elegidas para los espectadores.

El uso del montaje videoclipero que Coppola utiliza cuando se muestran los dulces y los zapatos sigue con esta búsqueda de acercar ese mundo rico y excesivo a la actualidad, a hacer más terrenal la imagen de Realeza Francesa del Siglo XVIII usando una estética actual. La elección de trabajar con esos anacronismos funciona porque no son internos al relato ?exceptuando quizás la dicción de los actores, que no es el típico inglés neutro de las producciones de época sino uno más cotidiano. María Antonieta, la reina adolescente (otro subtítulo agregado innecesariamente) no es un drama histórico aunque su acción suceda en un palacio y haya personajes que existieron de verdad. Es la historia, o más bien fragmentos, retazos de ella, de una chica fabulosa, noble y rica, con muchos zapatos Manolo Blahnik y vestidos de diseñador. Cuando esa jaula hermosa que rodea a Marie Antoinette ?que no incluye a los sans culottes, la Bastilla y la guillotina- se rompe, cuando Kirsten Dunst, que está más bella y etérea que nunca sin perder ese dejo de travesura que es tan suyo, mira por última vez los jardines de Versalles y se despide del mundo tal como ella lo conoce, Sofía Coppola, que nunca se separó del punto de vista de su personaje muestra su coherencia y termina la película.

Publicado en Leedor el 28-01-2007