Mi nombre es Tsotsi

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En vísperas de la entrega de los Oscar se estrena la ganadora a mejor Film extranjero del año 2006.Un canto a la compasión.

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El año pasado, la cinematografía sudafricana llegó a las pantallas argentina con Yesterday, el emotivo y cándido relato de la vida de una mujer que debía enfrentar la epidemia del sida en un país que, aunque es el país más avanzado de África, no deja de condenar a la miseria a gran parte de su población. Mi nombre es Tsotsi, ganadora el año pasado del Óscar a la mejor película extranjera, es otro gran ejemplo del cine de esta nación, y transita un camino similar al del film anterior. Sólo que en vez de ser la historia de una mujer que descubre que tarde o temprano morirá por culpa de la enfermedad más mortal del siglo, es la historia de un ladrón de poca monta que, tras un encuentro fortuito con un pequeño bebé, inicia un viaje hacia la redención.

Hablada en tsotsitaal, un lenguaje sudafricano que mezcla el inglés con diversos dialectos autóctonos, y que es esencialmente el idioma de los ladrones y pobres de Sudáfrica, Mi nombre es Tsotsi narra las mil y una vueltas que el protagonista deberá dar a su vida para poder cuidar de ese bebé. Nunca queda claro por qué se lo lleva a su casa, por qué lo protege, por qué lo mantiene oculto de todos. Tampoco importa, porque es Tsotsi mismo el que no sabe de dónde viene tanta compasión. No es una emoción a la que esté acostumbrado, ni una que el mundo en el que se mueve permita. Su origen es confuso, pero mientras más avanza, Tsotsi cae en cuenta de que algo está cambiando. Tal conflicto es el eje de la película, y una fuente de grandes emociones que el director Gavin Hood sabe explotar.
Para apoyar la idea de redención, la película rebosa de un simbolismo anclado más que nada en el lenguaje y los nombres de sus personajes (aunque no en los diálogos, que son apenas los justos y necesarios): Tsotsi, el protagonista, nació como David, pero es también conocido por este término, que significa ?delincuente urbano de color?. Como si alguien aquí se llamara, con poca sutileza ?villero?, y fuera por el mundo respondiendo a tal nombre. David es, por otro lado, el nombre que Tsotsi dará al bebé. La mujer que le da de mamar no lleva otro mote que Miriam. Su verdadero padre es John (Juan). Todos nombres bíblicos, todos nombres de personajes que rodean a un bebé que será para Tsotsi un medio de redención.

Después de todo, el criminal frío que el director Gavin Hood presenta al comienzo del film, despiertan sentimientos de compasión, bondad y afecto. Como si fuera un pequeño Jesús haciendo renacer la paz y la adoración a donde vaya. La metáfora religiosa del film no es agobiante ni directa, pero está presente, y la refuerza la fotografía, los tonos cálidos que siempre iluminan al bebé, los rayos de luces que siempre parecen caer sobre él, esté en el ambiente que esté. La idea central es clara: hay algo de sagrado en la redención de Tsotsi a través de este niño.

La banda sonora es otro de los grandes aciertos del film. Consiste de música kwaito, estilo autóctono de Sudáfrica a base de percusión que no sólo sirve para apuntalar el nacimiento en el rostro de Presley Chweneyagae (en su debut actoral) de sentimientos que Tsotsi jamás había conocido antes, sino que ayuda a construir un crescendo prestando su fuerza emocional a la narración de Hood, llegando así a crear un clímax absolutamente atrapante.

¿La película es un relato que justifica a Tsotsi, que lo perdona por sus crímenes? No. Y lo que permite esto es el final, del que no diremos nada excepto que es bastante abierto y acertado, porque si el film continuara más allá de la escena donde empiezan a rodar los créditos, vendría la consecuente sentencia a la vida de Tsotsi. Hodd filmó, de hecho, dos finales distintos y se decidió por no poner ninguno y limitarse a cerrar su historia sin un epílogo. El director no perdona a Tsotsi, simplemente humaniza al tipo de persona que suele estar demonizada en la sociedad. Pero el ser humano es más complicado que eso, y Tsotsi lo demuestra desde la pantalla grande.

Publicada en Leedor el 28-01-2007