La ópera de dos mangos

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Un tanto de pasión y corrupción, que no pierde vigencia.De centavos a mangos. Un tango, que empezó en el siglo XVIII.

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En 1728, un amigo de Jonathan Swift y Alexander Pope, John Gay, escribió una obra musical, con dos intenciones. La primera era burlarse de la ópera tradicional italiana, que tenía vital importancia en el Londres de aquel entonces. La segunda, parodiar la sociedad y los manejos políticos de su época. Se llamaba “La ópera de los mendigos” (The Beggar’s Opera).

Con esta composición, fundó un nuevo género, la “ópera-balada”, (equivalente al “singspield” alemán), llamada así porque fusionaba los diálogos hablados, con la danza y canciones populares que remitían a viejas baladas. Las volteretas del destino quisieron que esta obra, sea también, el primer musical representado, en una hasta entonces desconocida para el teatro localidad colonial, llamada Broadway.

Dos adaptaciones de esta obra, retomaron en la escena musical del siglo XX, la historia de amor de Polly, la hija del jefe y entrenador de los mendigos londinenses y Mackheath, el ladrón y mujeriego más famoso del lugar.

La primera es la mundialmente conocida como “Opera de dos centavos” (o de tres, si tomamos el título alemán “Die Dreigroschenoper“), con dramaturgia de Bertolt Brecht y música de Kurt Weill que surge en la convulsionada Alemania pre-nazi de 1928. Y la segunda, es la que tuvo que esperar 25 años para ser escuchada como fue originalmente compuesta por su autor, debido a la censura brasileña: la “Opera do Malandro” con música de Chico Buarque y letras compuestas por él y varios autores en 1978.

Como los ladrones, la corrupción, y las historias de amor, nunca pasan de moda, el 2007, nos trae la versión coreografiada, puesta en escena y dirigida por Carlos Palacios, donde los centavos se convierten en mangos y el matrimonio de los Peachum, en el de Nacho y Chechu Lavalle (Rodolfo Gallo del Castillo y Lorena Milego), padres de Pili (Marcia Cussi).

Aquí la joven se enamora del matón Maxi Tramontina (Horacio Berdini), traducción local de “Cuchillo Mack”, o “Mack the Knife”, como llama la traducción inglesa a “Moritat”, el inmortal tema de Weill, que escuchamos en versión instrumental, al principio de este espectáculo también. Los acompañan como la prostituta Jenny, Magui Vittar Smith y como el pícaro y deshonesto policía Frías, Gustavo Lencina.

La ópera de dos mangos“, subtitulada “Un tango de pasión y corrupción”, se nos presenta según reza una voz en off, como una producción del “Cabaret Buenos Aires”, y es en este tipo de espectáculo donde se nutrirá esta puesta, incluyendo algunos números típicos de aquél, como un ventrílocuo (en este caso de contextura física mucho más pequeña que el muñeco), un lanza cuchillos, un mago o las infaltables bailarinas strippers.

Tangos, milongas, temas románticos y hasta uno con aire folklórico, componen este programa, cuyos títulos nos ayudan a resumir la historia: “Milonga de dos mangos”, “Circo de los mendigos”, “El tango de Chechu y Nacho en la cárcel”, “El casamiento”, “Corazón de Botón”, “Sexo y plata”, “Las chicas del Cono Sur”, “Milonga del perdón”, “Maxi preso”, “Duo de amor de Pili y Maxi”, “Duelo de Puñales”, “Tema de amor de Maxi a Jenny”, “Pili, Jefa de la Mafia de los mendigos”, “El juicio de siempre a Maxi”, “Canción de los hombres”, “Declaración de Maxi”, “Cuarteto de dos mangos” (uno de los puntos altos del espectáculo, realmente muy bien logrado), “Milonga de la justicia” y “Las pirañas”.

Si bien por el vestuario, podría estar ambientada en la Buenos Aires de los 20, incluye algunas referencias humorísticas extemporáneas de personajes actuales y muy pocos objetos en la escenografía, sólo los complementos mínimos e indispensables para que los 6 personajes, con voces muy ajustadas y simpatía a flor de piel, alternen sus sketches con los números musicales.

Es este el mayor mérito de “La ópera de dos mangos“: ser tal vez algo austera, pero bien hecha y no pretender emular a un musical a gran escala, como los que tantas veces se han tratado de adaptar en nuestra ciudad y de los cuales sólo nos queda, en la inmensa mayoría de los casos, el recuerdo de la contemplación de una bonita escenografía hueca.

Publicado en Leedor el 28-01-2007