Yo soy mi propia mujer

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Julio Chávez nos brinda su interpretación de la extravagante Charlotte von Mahlsdorf, con dirección de Agustín Alezzo.Yo soy mi propia mujer: el encanto y el misterio.

?Es absurdo dividir a la gente en buena o mala. La gente es tan sólo encantadora o aburrida.? Oscar Wilde, El abanico de Lady Windermere.

Tanto la alemana Charlotte von Mahlsdorf, el travesti protagonista de Yo soy mi propia mujer, como el irlandés Oscar Wilde ?que no vivió la represión del nazismo ni el comunismo de Berlín del Este pero sí la de la Inglaterra Victoriana- eran, además de flamantes homosexuales, seres que privilegiaban la mirada estética frente al mundo. Charlotte misma lo dice en un momento de la obra en la que está siendo interrogada por supuestas actividades turbias de su pasado: en su vida, primero estuvieron sus muebles y mucho después los hombres. En el intento de retratar los múltiples puntos de vista sobre el personaje ? el suyo, el de Charlotte, el de los informes-, el autor Doug Wright llega a una conclusión a partir esa búsqueda, y es que hay un misterio inefable al que no se puede, y afortunadamente, no se quiere llegar. Wright nunca va a saber fehacientemente si su personaje es ?bueno? o ?malo?, si es cierto o no que había trabajado en colaboración con el gobierno denunciando a conocidos suyos, si parte de su colección provenía de casas pertenecientes a judíos deportados, o si todas sus anécdotas eran puro invento; la única certeza que tiene frente a sus ojos es que Charlotte es una criatura encantadora, pura materia expresiva, y que todo lo que pase por ella se puede convertir en un hecho artístico, en un hecho bello. Es tal la fascinación que ella produce que, si bien la obra trabaja con cierta estética brechtiana de distanciamiento al evidenciar su propio proceso de creación ?y al poner a Wright como personaje-, los momentos más interesantes del texto son aquellos en los que el autor le cede la voz a su objeto de admiración, para que a través de su historia individual se cuente la Historia de una parte del siglo XX. Cuanto más íntima y anecdótica es Charlotte, más rico es el universo que trae a escena, aquél de cabarets clandestinos, ciudades europeas en guerra, uniformes nazis y muebles decimonónicos, ajenos a la lógica de producción en masa, que ella pretende conservar porque es también un modo de mantener su identidad, su excentricidad. De la misma manera, se trata de ver el travestismo como una necesidad personal ante todo para poder leerlo también como un acto político. Charlotte es mucho más seductora que Doug, y cuando él aparece la obra gana en honestidad porque explicita su mirada pero resulta menos atractiva y evocadora de ese mundo perdido.
La búsqueda cuasi-detectivesca de parte de Wright por saber quién es Charlotte von Mahlsdorf es el asunto de Yo soy mi propia mujer, y es ella misma la que, a partir de sus narraciones, le (nos) va dando todas las aristas necesarias, no para construir una biografía de acontecimientos y fechas, sino para adentrarnos en lo particular de un ser humano, vislumbrar un atisbo de eso tan extraño e intransferible. Y para lograrlo se requiere de una puesta en escena que identifique y esté al servicio de esa intención que subyace en el texto ?puesta que sólo presenta problemas en el trabajo de iluminación-, pero sobre todo de un intérprete que entienda ese punto de vista sobre el personaje. Julio Chávez, un actor que siempre compone cada una de sus criaturas a partir de una mirada inteligente y cautivadora, crea una Charlotte adorable a partir de todo su ser, desde el tono de voz, el manejo del ritmo y la pronunciación alemana, la gestualidad corporal y el uso de los objetos, el desplazamiento por el espacio y un empleo siempre medido de la emoción. Es su fino talento el que logra que el cambio de Charlotte a Doug (y algún otro personaje que aparece) fluya y que lo teatral de ese artificio sea un hecho vivo. Su Charlotte está creada a partir de cómo se sienta y cruza las piernas, cómo exclama Mein Lieber Gott! en medio de un relato en castellano y con cuánto amor nostálgico acaricia el papel arrugado de las cartas que lee. Es que, finalmente, de esas particularidades habla la obra: son esos mínimos gestos que nos hacen únicos y valiosos, al igual que los objetos de su querido museo. En otra obra off-Broadway -luego fue traspuesta al cine-, Hedwig and the angry inch (Hedwig y la pulgada furiosa), de John Cameron Mitchell, que también es acerca de un travesti (o más bien transexual frustrado) de Berlín del Este, Hedwig compone una canción, ?Origin of love?, basada en el discurso de Aristófanes que aparece en El Banquete de Platón, que cuenta el mito de cómo los seres humanos fueron una vez seres esféricos de dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas, hasta que los dioses enojados por su arrogancia los dividieron, dejando a cada uno buscando su otra mitad para siempre. Lo que nos relata Yo soy mi propia mujer es cómo un hombre alemán llamado Lothar Berfelde desafió a los seres poderosos ?dioses, padre, poder político- para encontrar su identidad en Charlotte von Mahlsdorf y transformarse en aquel ser mítico de otros tiempos, en materia para el lenguaje del arte.