Una noche en el museo

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Cuando una película se hace para producir merchandising o seguir una fórmula, el pochoclo nos queda atragantado.No hay nada de malo con las fórmulas, ni con los géneros. Dentro de los parámetros que éstos marcan se pueden hacer grandes cosas. Y los buenos directores, los buenos actores, los buenos guionistas, pueden tomar el material con el que otros harían una película apenas correcta y crear un film realmente efectivo y entretenido. Una noche en el museo no es ninguno de estos dos: ni una pieza de verdadero entretenimiento, ni un desastre total
Shawn Levy ya ha logrado varios éxitos comerciales dentro de las family movies, las comedias para toda la familia: Recién casados y Más barato por docena. Pero ningún éxito en cuanto a calidad, que es otra cosa. Sus películas anteriores eran comedias edulcoradas, bastante inocuas y con un humor poco original y ni siquiera ejecutado con demasiad habilidad. Películas correctas en el mejor de los casos, algo graciosas, con muchos baches y absolutamente olvidables. Una noche en el museo, a pesar de su catarata de efectos especiales, es exactamente más de lo mismo.
La historia es simple, y sigue los pasos de Jumanji: un treinteañero fracasado (Ben Stiller) consigue empleo como guardia de seguridad en el Museo de Historia Natural de Nueva York, y descubre pronto que todas las noches los esqueletos, las momias, los maniquíes y los animales embalsamados cobran vida. Su deber será evitar que cualquiera de ellos salga. Así se suceden aventuras, idas y vueltas absolutamente rutinarias y que tan sólo algunas pocas veces incluyen algún chiste gracioso.
Por su parte, Ben Stiller está totalmente desaprovechado y fuera de registro. Si La familia de novia o Loco por Mary, sin ser obras maestras, al menos le daban espacio para desplegar su comicidad y habilidad para los gags físicos, aquí su labor se reduce a lucir impresionado cuando un dinosaurio cobra vida, y poco más. El resto del elenco (que incluye a los veteranos Dick Van Dyke y Mickey Rooney) poco tiene que hacer más que cumplir con los roles que indica la fórmula según la que se hacen estas películas (el amigo, el malo, la chica).
Los tanques hollywoodenses no tienen por qué ser malos, ni poco originales, ni poco interesantes. Han sido en más de un caso verdaderos espectáculos que quitan el aliento. Y Peter Jackson está para demostrarlo. Pero cuando una película se hace sin otro interés que producir mucho merchandising o seguir una fórmula, el pochocho que se compra en el vestíbulo del mega complejo de cine, justo antes de entrar a la sala, queda atragantado.

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