Los poseídos entre lilas

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Una bella conjunción de poesía, temática surrealista y buenas actuaciones es el resultado de la nueva puesta en escena de la única obra de teatro escrita por Alejandra Pizarnik en 1969, “Poseídos entre lilas“. Cuando las lilas viajan en triciclo

La soledad, la melancolía y lo absurdo de la existencia, temas constantes en la obra de la mencionada autora, vuelven a surgir aquí, matizados con particulares toques de humor a cargo de dos parejas de actores.

No es difícil intuir en el personaje de Segismunda (Ivanna Carapezza), a quien encontramos en el inicio de la obra sentada en lo que nuestros ojos mundanos ven como una silla de ruedas pero que es en realidad un triciclo mecanoerótico, mucho de autobiográfico y de profético. Así, se presentará nuestra heroína: “Estoy sentada cerca de la ventana y fumo. Es verdad que renuncié hace mucho a ser una persona. No obstante, vivo. ¿Por qué? No lo sé. Pero es así y sufro.¿Acaso no he andado en busca de esos signos hasta el agotamiento y no he mirado hasta casi volverme ciega? ¿Qué me pasa? Antígona, ¿no fui yo?. Anna Frank ¿acaso no fui yo?”. Desde la segunda mitad de la década del ´60, las recurrentes depresiones de Alejandra que venían agravándose cada vez más, la condenan a internarse en una clínica psiquiátrica. Tan sólo unos meses después de abandonarla, toma la determinación de suicidarse, el 25 de septiembre de 1972.

Acompaña a Segismunda un fiel compañero que es pura filosofía tanguera: Car (Lucas Manuel Cabrera). Constantemente hace citas libres (ej. “La vida es una herida antigua” y no absurda, como dice el tango) de este tipo de género y hasta a veces intenta cantarlo. Su relación con Seg es de un afecto casi servil, de hecho en esta puesta aparece con delantal y cofia de mucama durante la mayor parte del tiempo en que transcurre la obra. Siempre parece estar a punto de irse, pero nunca se decide a hacerlo. El tiene la obligación de ser los ojos de ella, y debe contarle todo lo que ve detrás de su ventana. Un día, llegará a la siguiente conclusión: “Todo es horriblemente invisible”.

La segunda pareja está constituida por dos “freaks” que se desplazan en carritos (o triciclos) de madera, ya que no tienen piernas: Macho (Miguel Ángel Gorini) y Futerina (Luciana Calarota). Sus diálogos parecen ser a nuestros oídos, los que más desafían la realidad inmediata. Un parlamento de Futerina da origen al título: “las lilas tuvieron la culpa y es por ellas que estoy condenada”, se quejará. Y su compañero, autor de frases insólitas tales como “¡El antifaz! ¡Una milanesa!”, será fuente de enojos para Segismunda, que no podrá dejar de acotar: “Nada más peligroso de los viejos. Disfrazarse y comer. No piensan más que en eso”. A pesar de sus limitaciones, Macho y Futerina, son los únicos “poseídos” que se permiten demostraciones de afecto, sin tantos conflictos.

Un personaje denso y sumamente complejo es compuesto con solidez por Ivana Carapezza, que sabe como oscilar entre una tiránica reina que recuerda a una prima donna del teatro y una nenita que reclama a su muñeca.

Lucas Cabrera, está muy bien plantado en escena, demostrando su constante estado de ir y venir y su abatimiento tanguero al que la intolerancia de Segismunda activa sin parar.

Y a Miguel Angel Gorini y Luciana Calarota, les toca lograr la difícil tarea de ser por momentos repulsivos, pero en el fondo totalmente queribles. Muy destacada su contribución.

Un final cíclico y un texto pleno de bella poesía, en esta oportunidad poco frecuente de tomar contacto desde la escena, con el tan apreciado legado de Alejandra Pizarnik.