Macbeth

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Una puesta enriquecedora del clásico de Shakespeare, que nos moviliza disparando nuestra imaginación. ¡Ni la paz de un convento, detiene a Macbeth!.

El patio del convento de San Ramón Nonato, sede de la conocida Feria de Antigüedades que tiene lugar allí, alberga también en el extremo de uno de los corredores de dicho claustro, al Teatro del Convento. Esta sala, inserta en un edificio apenas 5 años más antiguo que la obra que nos compete, es el ámbito donde tiene lugar la puesta de Martín Barreiro de “Macbeth“. En ella, el juego con distintos niveles de altura que nos propone la escenografía, con rampas diagonales, tanto en uno de los laterales del escenario como frente al mismo, nos anticipa que el dinamismo será un protagonista más, en esta adaptación del clásico de Shakespeare. Y el transcurso del espectáculo, nos lo confirma.

La historia de la profecía de las tres brujas a Macbeth (Diego Verni) y Banquo (Fernando López) que desata la tragedia es ampliamente conocida: el primero de ellos sería rey y el segundo, que nunca ocuparía tal cargo, engendraría a las futuras generaciones de gobernantes reales. Pero a pesar del tiempo, nunca se agotan ni la ciega envidia plagada de ansias de poder del primero, ni la maldad infinita de la esposa de éste, (Mimí Ferraro), quien llega a decir la frase que provocó y seguirá provocando escozor a cada espectador que presencia esta obra desde 1606: “Yo que he dado el pecho y sé lo dulce que es amar al niño que amamantas; cuando estaba sonriéndome, habría podido arrancarle mi pezón de sus encías y estrellarle los sesos si lo hubiese jurado, como tú has jurado esto”, refiriéndose al regicidio, que finalmente cometerán.

El genial texto que la Compañía Teatro Argentino de Cámara personifica, se convierte una vez más en un disparador de nuestra imaginación en medio de una atmósfera siniestra de penumbras. Por momentos, el clima adquiere un misterioso halo de japonismo que seduce al espectador, en el caso de las apariciones de las tres brujas (Lilia Cruz, Gabriela Caponetto y Susana Szerman) cuyos rostros maquillados en un tono blanquecino y sus atuendos negros de neto corte oriental lo enfatizan.

No en vano, hubo una versión cinematográfica que no podemos dejar de recordar, en la que en 1957, Akira Kurosawa lleva este clásico de la Escocia medieval al Japón feudal del siglo XVI, y si bien es conocida en todo Occidente como “Trono de sangre“, los conocedores del idioma japonés, prefieren traducirla como “El castillo de la Tela de Araña”.

Se advierten también, ciertas características en la manera en se van colocando los actores en el espacio escénico, que recuerdan fuertemente a las posturas típicas de los personajes en ciertas composiciones pictóricas. Ej. una crucifixión renacentista. Aquí veremos una Lady Macbeth con los brazos en cruz en un nivel superior y a sus pies, otros personajes que parecen ocupar la posición que tenían los santos o los donantes en aquella iconografía. Hay una apuesta a la simetría casi ajedrecística que no atenta contra el intenso dramatismo y la movilidad necesarios. Y tal vez sea una opinión muy personal de quien escribe, pero en un momento determinado en que las brujas aparecen colocadas de pie, una al lado de la otra, en línea recta frente al escenario, ciertos efectos lumínicos casi expresionistas, que como tales deben desfigurar rostros y cuerpos, transmitiendo un aspecto fantasmagórico, hacen que sus caras blanquecinas y sus atuendos negros recuerden, en esta oportunidad, a la pintura de Ernst Ludwig Kirchner “Cinco mujeres en la calle”. Está muy bien logrado el impacto visual gracias a estos recursos, sumados a un inspirado vestuario que si bien parte de lo medieval, deja lugar a la libre creatividad de los diseñadores.

El buen nivel de actuación de los integrantes de la compañía es muy parejo, pero imposible no hacer un párrafo aparte para el “matrimonio Macbeth”, que es como debe ser: ella inhumana hasta la locura y él endeble y dominado por su maligna superioridad. Excelente labor de Diego Verni y Mimi Ferraro.

Un enriquecedor trabajo del equipo dirigido por Martín Barreiro, que hace que este clásico adquiera la dimensión correcta, permitiéndonos disfrutarlo una vez más en su justa medida.