The Office

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Basada en el programa homónimo británico, esta serie que se puede ver por FX, decide alejarse del formato clásico del sitcom y se convierte en lo mejor que se vio desde Friends o Seinfeld.La mini épica de lo cotidiano

?Somos como Friends. Yo soy Chandler, y Joey, y Pam es Rachel, y Dwight es…Kramer?, cuenta desde su despacho Michael Scott, el jefe de la modesta región en Scranton de Dunder-Mifflin, a alguien que lo entrevista, y que ya forma parte de la rutina cotidiana que es tener a un equipo filmando un documental sobre la dinámica de esa oficina.
Y si confunde Friends con Seinfeld es porque en su discurso tiende a mezclar todo el imaginario de la cultura popular norteamericana, en el que esas dos sitcom ocupan un lugar privilegiado. La serie The Office, el universo al que pertenece Michael Scott- que ya empezó su tercera temporada en Estados Unidos y cuyas dos primeras pueden verse por la señal de cable FX- también parecería establecer esa relación aberrante, de problemática frente a qué queda por hacer después de aquellas dos.

Friends, que fue mejor en sus primeras temporadas y Seinfeld, que fue extraordinaria en sus últimas, son en gran parte la medida a partir de la cual se comparan todas las sitcom que le siguieron. The Office, basada en el programa homónimo británico, decide entonces alejarse de ese formato clásico y se presenta como una sitcom with a twist, ya que la trabaja desde el género mockumentary (documental falso). Se trata de filmar y encontrar las historias del día a día de una oficina, con los empleados concientes de estar siendo registrados por la cámara, y modificando su accionar en consecuencia. De esa manera, Michael la toma como oportunidad para desplegar lo que, según su mirada distorsionada, son sabiduría y virtudes cómicas, aunque al mismo tiempo se le imponga como recordatorio constante del deber ser políticamente correcto.

Dwight, el empleado obsesionado por el poder, la usa para asentir y ser obsecuente con su jefe mientas que Jim y Pam, los Ross y Rachel de The Office, representan el punto de vista sensato, y la usan como cómplice ?sobretodo Jim, el personaje que más mira a cámara y nos interpela ya que tiende a colocarse, al igual que nosotros, como espectador de lo que sucede en la oficina. El resto de los empleados, actores que también son guionistas del programa, la ignora o no dependiendo de las circunstancias. Lo importante es que la cámara está presente y encuentra esos pequeños relatos que hacen que la vida cotidiana ?aunque sea en una ficción- se convierta en un objeto extraño, absurdo y fascinante. De hecho, los momentos más interesantes de la serie se dan cuando el ?documental? registra a los personajes haciendo las actividades más mundanas y rutinarias, como calcular gastos, charlar en la hora del almuerzo o tratar de resolver un conflicto de convivencia entre dos empleados. The office intenta a su vez llevar esta mirada burocrática a lo que sí pertenece de manera más clara al mundo de una sitcom. Por ejemplo, Dwight Schrute es un personaje que tiende a la caricatura, desde la misma caracterización física de anteojos feos y peinado de aparato, hasta la personalidad de nerd obsesionado con el Señor de los Anillos. Como bien dice Michael, sería el Kramer del programa por su histrionismo y falta de sentido común. Pero el narrador ?que serían aquellos que están haciendo el documental, a quienes nunca vemos- lo trata de la misma manera que a cualquier otro personaje, lo que hace que su condición de gracioso se genere por cómo actúa o qué dice, sin que nunca se opine sobre esa excentricidad (a menos que lo haga Jim). Lo mismo sucede con la obligatoria historia de amor entre dos personajes: no hay grandes clímax al estilo confesión-de-amor-bajo-la-lluvia entre Jim y Pam, sino pequeños momentos sutiles de tensión y atracción, muy por lo bajo, a los que se le da la misma atención que a los hechos menos dramáticos. Con ese mismo espíritu está hecho el casting del programa, ya que los personajes secundarios están hechos por actores que usan su nombre propio verdadero en la mayoría de los casos, y con un physique du rol real, poco común para una sitcom, que acostumbra a que todo el mundo obedezca a la estética televisiva.

Esto sucede también con los protagonistas: John Krasinski y Jenna Fisher son dos actores de una belleza posible, necesaria para Jim y Pam, dos personajes cálidos y adorables como pocos justamente por el realismo con que son interpretados; Rainn Wilson le da a su Dwight todos los atributos de freak que requiere sin que pierda su condición de ser humano. Pero por sobre todos ellos se encuentra el enorme Steve Carell, que logra hacer de Michael Scott ?un personaje lleno de características detestables que podrían hacer que fuera imposible de querer- una criatura compleja, con varias aristas. Y lo logra en gran parte porque detrás de su comicidad hay una profunda melancolía que está siempre latente y que le otorga al rol de jefe insoportable con actitudes inapropiadas una tristeza subterránea que lo compadece y lo hace tolerable.

The Office es la comedia más inteligente y novedosa de los últimos tiempos, que toma el formato sitcom pero le quita las risas del público después de cada chiste, la música extradiegética que opina sobre lo que está pasando en escena, los momentos dramáticos intensos y se concentra en observar, como una mosca en la pared, esas mínimas épicas cotidianas, tanto o más atrayentes que las que están en la tele si les damos esa entidad de belleza.

Publicado en Leedor el 1-01-2007

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