Sobre los Girandole

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Dicen que la Reina Victoria, se encariñó tanto con un par que heredó de su abuela, que no dejo de usarlos, aunque sabía que el peso de dichos objetos, deformaría los lóbulos de sus orejas. Los pendientes “girandole“, una pasión femenina que comenzó en el siglo XVII y sigue ganando adeptas.Algunos “candelabros”, sólo iluminan los rostros de las damas.

Desde la publicación de un artículo en la revista “Vogue” en 1999, los accesorios a los que nos referiremos, fueron re-lanzados masivamente en la industria de la moda y adoptados por el público femenino en todo el mundo. Aún sin conocer sus ancestrales orígenes, las jóvenes y aquellas que no lo son tanto, han decidido que los aros “girandole” (o “chandelier” como se llama a sus versiones más actualizadas en las páginas de mercado de arte), están aquí para quedarse.

El término que refiere a esta tipología de aretes, viene del italiano, “girandola” y significa nada más ni nada menos que “candelabro”. Y como aquellos elementos de iluminación homónimos, los mismos, comenzaron a ser utilizados en forma masiva en la segunda mitad del siglo XVII.

En ese entonces, el diseño de pendientes comenzaba a hacerse más complejo y los avatares de este arte, nos brindarían, alrededor de 1660, la primera aparición en público de los aros “girandole“, que seguirían como favoritos por dos siglos más.

Excesivamente largos y pesados, constaban de una pieza principal con 3 elementos colgantes en forma de “pera” o de “lágrima”, (yendo generalmente, el más largo de ellos colocado en el centro).

No siempre fue cierta aquella frase que afirmaba que “La moda no incomoda”. La cantidad de metal precioso utilizado en su fabricación, sumado a las gemas que se incrustaban en los pendientes, convertían en una verdadera tortura el hecho de tener que soportar su uso, principalmente por el peso. Se intentó alivianarlos agregándole cintas que pudiesen atarse alrededor de las orejas o en el cabello, para hacerlos más livianos, pero el intento no daba resultado.

La Reina Victoria (1819 – 1901) se encariñó tanto con un par que heredó de su abuela Charlotte (1744-1818), que no dejó de usarlos, aunque sabía que el peso de dichos objetos, podría deformar los lóbulos de sus orejas, cosa que efectivamente pasó, en los años de su vejez.
Poco a poco, las mejoras en la tecnología para la fabricación de estas piezas de joyería, irían reduciendo el sufrimiento. Vendría una nueva etapa de cierta popularidad, para los entonces más largos y ligeros “aros candelabro” del estilo art-deco, a mediados de la década de 1920 / 30. Los diseños se adaptarían a las características rectilíneas de dicha tendencia.

Avanzando algunas décadas más en el siglo XX, se acentuaría la diferencia entre las características de los aros que podían usarse durante el día o durante la noche. Es aquí, donde comenzaremos a tener, diversidad de precios y de materiales, desde piedras preciosas o semipreciosas, hasta otras de fantasía utilizadas en lo que hoy llamaríamos “bijouterie“.

Pero lo importante para destacar es, sin duda, la permanencia del elegante diseño que resistió el paso de los siglos con notable adaptabilidad. Y todo parece indicar, que el prestigio de estos particulares “candelabros” que sólo iluminan los rostros de las damas, nunca merecerá “un tirón de orejas”.

Publicado en Leedor el 23-12-2006

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