Sueñe Carmelinda

0
8

La instalación de un artista pop, da pie a Alejandro Finzi para construir, en base a los objetos que aparecen en ella la relación que mantiene con ellos su protagonista, “Sueñe Carmelinda“. La importancia de entender a Ernesto

- Publicidad -

La puesta de “Sueñe, Carmelinda” nos propone un sugestivo juego entre el espacio real y el virtual, en el que una obra de arte pop realizada entre 1964-5, (“La Espera” de Edward Kienholz), tiene un rol fundamental, ya que nos permite reconocer a “los objetos como formas de suspensión del tiempo”.

Una nueva tridimensionalidad es conferida a una foto de dicha instalación, que vemos proyectada en el fondo del escenario, por el agregado tanto de objetos reales similares a los que aparecen en ella, como por el de la presencia de una mujer de carne y hueso. Este efecto, nos pone en contacto de manera directa, con un ser que espera, casi aprisionado por un collar de recuerdos, (simbolizados por los frascos con objetos que vemos rodear el cuello de la mujer ideada por Kienholz) y que es bautizado por la dramaturgia de Alejandro Finzi como “Carmelinda” (María Rosa Pfeiffer).

Ella vive en un mundo propio en el que puede elaborar un diálogo amoroso a partir de las cartas de Ernesto, un desconsiderado calderero de a bordo, que ni siquiera tiene la delicadeza de nombrarle a Carmelinda, los puertos en los que va haciendo escala, obligándola a adivinar por las estampillas, en donde se encuentra el hombre de su vida. No importa que la correspondencia sólo tenga datos técnicos. Ella siempre sabe encontrarles, el giro romántico con envidiable maestría.

Carmelinda puede leerse también, como una metáfora de aquellos anhelos personales que deseamos tanto, pero tanto, que estamos dispuestos a creerlos reales y tangibles, a como de lugar, dejándonos llevar por el más pequeño indicio. No importa cuan fuertemente la lógica nos diga, que es sólo nuestra imaginación y que ellos están aún muy lejos de estar sucediendo verdaderamente.

Poco a poco, conoceremos el universo de la protagonista: los detalles del bordado para Ernesto en el que trabaja, el carácter huidizo de su canario Nicasio, las autoritarias respuestas de ese temible abuelo cuya foto corona la escena y los recuerdos de como nuestra heroína conoció a su amor, e iba midiendo la dimensión de su afecto para con ella por un dato decisivo: el aprecio o desprecio de Ernesto, por el bien preparado pastel de naranja que ella le ofrecía.

Y un día el destino golpeará a su puerta, pero Carmelinda, no podrá afrontar esa realidad que no la hace más feliz que sus pobres fantasías. Estas son su esencia, su razón de ser.

María Rosa Pfeiffer, cumple en transmitirnos la humanidad y frágil sensibilidad del personaje que le toca interpretar. Y es acompañada por la ejecución en vivo del chelo de Horacio Wainhaus, que también estuvo a cargo del estudio crítico de la obra de Kienholz que leemos en el programa y transmite efectivamente con su instrumento, la atmósfera melancólica que el clima de la performance necesita.

Otros artistas plásticos, hicieron aportes de sus visiones personales de la historia de amor de la singular pareja y vemos sus contribuciones expuestas en la misma sala: Ernesto Javier Santiago Rojas, Alberto Vincennau, Raquel Minetti, Nilda Marsili, Emiliano Quintana y Edicita Sarragoichea. Una interesante propuesta multidisciplinaria dirigida por Daniela Ferrari en el Teatro Anfitrión.

Publicado en Leedor el 16-12-2006