La puerta de los cien pesares

0
13

Con sólo ciento veintidós años este cuento de Rudyar Kipling fue uno de los que Borges prefería. Dos datos que lo ubican rápidamente en el mapa de la literatura universal. Entre la noche y el día

- Publicidad -

Cada vez que me encontraba con la polémica acerca de si existen o no nuevas patologías, yo recordaba este cuento de fines del siglo XIX, y lo creo sumamente vigente. Hay quienes toman partido por considerar que han cambiado las envolturas sintomáticas, los modos de presentación, pero que no han cambiado las lógicas de estructura.

De un lado o del otro de la polémica, ?La puerta de los cien pesares? habla, también, de la adicción, uno de los grandes males de nuestra época. El narrador sólo se deja llevar en su relato por la morbidez. Esa baja de tensión psíquica no sólo le da al relato su propia música, sino que apunta a lo real.

?¿Cómo empecé? Fue en Calcuta. Fumaba en casa para saber cómo era. Nunca fui muy lejos, pero creo que mi mujer debe de haber muerto entonces. De todas maneras me hallé aquí y conocí a Fung Tching. No recuerdo exactamente cómo sucedió, pero me habló de la Puerta y yo empecé a ir; nunca me fui de allá desde entonces.?

La razón no comprende qué es la pulsión o el goce, aún teniendo el propio. Este relato puede ser un modo directo de ilustrar qué es aquello que Sigmund Freud formuló y que ya había anticipado Sabina Spielrein, y que luego Jacques Lacan releyera:

?No sé por qué no me voy de la puerta, a fumar tranquilamente en una habitacioncita que tengo en el bazar. Lo más probable sería que Tsing Ling me matara si me fuese, él saca mis sesenta rupias ahora. Además, es mucho trabajo, pues me he acostumbrado y me gusta la puerta. Tan linda no es; no es como en tiempos del viejo… pero no podría irme. ¡He visto entrar y salir tanta gente! Y he visto a tantos morir en las esteras que tendría miedo ahora de morir al aire libre. He visto algunas cosas que la gente consideraría bastante extrañas, pero nada es extraño en el humo negro mas que el humo negro.?

El narrador ha accedido a un saber sobre el goce, quedando él mismo en calidad de objeto, sin regulación:
?Yo quisiera morir como la mujer del bazar, en una estera limpia y fresca con una pipa del bueno entre los dientes. Cuando sienta que me voy se lo pediré a Tsing Ling y podrá seguir retirando mis sesenta rupias por mes, hasta que se harte. Luego me echaré de espaldas, tranquilo y confortable, y veré a los dragones rojos y negros pelear su última batalla, y después…Después, nada me importa mucho a mí;?
En cambio, un síntoma ?estetizado? por un psicoanálisis, se posee (¿se llega a ser?) ?eso? que ha alcanzado el estatuto de creación, y es cuando tal vez la pulsión o el goce puedan volverse ?verosímiles?.
Un síntoma ?estetizado? es aquél que ha atravesado un psicoanálisis, ha sido trastocado por esa experiencia en la que el efecto de sentido, la amplificación y la reducción desde el campo de lo simbólico, lo han transformado sustancialmente y llevado a su expresión más sintética, a una forma.

Es interesante considerar que el inicio del cuento aclara que el narrador de esta historia finalmente llegó al punto desde donde era salvajemente convocado: ?Esto no es obra mía. El mulato Gabral Misquita me lo contó, entre la puesta de la luna y el alba, seis semanas antes de morir, y yo anotaba sus respuestas a mis preguntas.?

Publicado en Leedor el 8-12-2006

Compartir
Artículo anteriorCasino Royale
Artículo siguienteEstrenos 7-12-2006