Quien lo probó, lo sabe

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La revitalización del autor de “Fuenteovejuna” por la dramaturgia actualizada de Mariano Moro. Vivo para el arte, vivo para el amor

A la Iglesia de San Sebastián de Madrid en 1635, lugar donde descansan los restos de nuestro héroe, nos transporta el comienzo de la obra de Mariano Moro. Y esa maravillosa intertextualidad, que activa en todo aquél que sabe disfrutar de las obras de arte de las distintas disciplinas y épocas, ciertos disparadores que le permiten asociar puntos en común entre sus variados ejemplos, hace que la puesta de “Quien lo probó, lo sabe” nos recuerde inmediatamente a un cuadro de la ópera “Tosca“.

Un altar, una Madonna, un ser totalmente pasional y con un espíritu pleno de belleza, que se cuestiona y reconoce la esencia de su vida. “Vivo para el arte, vivo para el amor” (“Vissi D’arte, Vissi D’amore”), le haría cantar Puccini a su protagonista algunos siglos después, pero esta última frase podría ser también el leit motiv de la historia, tanto del artista que nos compete, como del momento en que le tocó vivir.

Don Lope Félix de Vega y Carpio, hace convivir en su existencia dos tendencias que fueron también la síntesis del período barroco mismo: la pasión por la sensualidad y la belleza terrena y al mismo tiempo la preocupación por la existencia de Dios y la trascendencia.

Y aquí lo vemos encarnar, en la multifacética figura de Mariano Mazzei, una mágica metamorfosis que hace convertir a un hombre que murió a los setenta y tres años en un joven, que con bellos y plásticos movimientos y una dicción impecable, hará gala de su virtuosismo actoral en la composición de este irrepetible personaje.

Quien lo probó, lo sabe“, fue todo un desafío para su autor y director, Mariano Moro, quien estuvo a cargo de “realizar el apasionante trabajo de reconstruir el Siglo de Oro y su estética tan particular”: “Desde lo personal, siento una profunda pasión no sólo por la obra y la vida de Lope de Vega, sino por aquella época donde la actividad teatral se convirtió en un verdadero acontecimiento popular y la gente analfabeta llenaba esos corrales y se aprendía los versos de memoria”.

Y duele sin duda, comprobar cómo han cambiado los tiempos en este último aspecto. Lamentablemente para la mayoría de la gente que hoy en día, pueda al menos identificar al dramaturgo madrileño, su nombre, le traerá malos recuerdos de sus días estudiantiles. Es una pena que el teatro sea tan poco utilizado como auxiliar pedagógico. Esta obra en particular, sería una excelente oportunidad para que aquellos que están creciendo física y espiritualmente, puedan ver que la cultura no es aburrida y no está hecha por supuestos “ídolos de bronce”, con los que un joven de hoy en día no pueda identificarse.

Un texto sumamente atractivo, recrea una característica de la obra de Lope, que para su época fue una novedosa fórmula dramática: la mezcla de lo trágico (la pérdida de sus hijos, la enfermedad de una de sus esposas que termina en locura) y lo cómico (los problemas judiciales a los que indefectiblemente los conducía su alocada vida amorosa o las simpáticas presunciones acerca de la poco probable fama futura de sus competidores (Calderón, Cervantes, etc) que le hace profetizar que en veinte años nadie recordaría ni a “Don Quijote“, ni a “La vida es sueño“).

Y una actuación decididamente inolvidable que sin duda aprobaría aquel que dijo alguna vez: “Desmayarse, atreverse, estar furioso,/áspero, tierno, liberal, esquivo,/ alentado, mortal, difunto, vivo,/leal, traidor, cobarde y animoso;/ no hallar fuera del bien, centro y reposo,/mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,/enojado, valiente, fugitivo,/satisfecho, ofendido, receloso;/huir el rostro al claro desengaño,/beber veneno por licor suave,/olvidar el provecho, amar el daño,/creer que un cielo en un infierno cabe,/dar la vida y el alma a un desengaño,/ésto es amor; quien lo probó, lo sabe.”