El montaplatos

0
30

El que espera desespera y Gus comienza a ponerse nervioso. No tiene el carácter de su inconmovible compañero Ben, que aguarda sin problemas las órdenes de la próxima misión, que ambos deberán cumplir. De repente, un extraño sonido, irrumpirá la escena y develará la presencia de un inesperado elemento: un montaplatos.Servidores de un oscuro poder

El montaplatos” (The dumb waiter) fue escrito por el que es considerado el más grande dramaturgo contemporáneo, Harold Pinter, en 1957. Llevado a la escena por primera vez en 1960, sería el primer trabajo de este autor que cimentaría su rol de figura teatral destacada.

Se nos ocurre comenzar a encarar el comentario de la obra, haciendo una asociación libre respecto de la traducción literal en inglés del término “montaplatos”. El mismo, esta formado por las palabras “mudo”(dumb) y “mozo” (waiter). O sea que el elemento, sería un émulo de un “mozo mudo”, que traslada sus pedidos sin hablar. Y eso, teniendo en cuenta las características parlanchinas de la mayoría de dichos profesionales gastronómicos, nos suena absurdo, entre otras cosas porque ¿cómo harían para comunicarse sin algún tipo de lenguaje?

La cosa no termina allí, las palabras “dumb“, y “waiter” tienen una segunda acepción que puede aplicarse, más directamente a nuestros personajes, Ben (Fernando Sureda) y Gus (Alejandro Fiore). “Dumb“, también quiere decir, “que tiene pocas luces”, o “tonto” y “waiter” se le llama a todo aquel que sirve. No hay duda de que Gus y Ben son servidores. Hay alguien que los contrató para llevar a cabo una oscura misión, que iremos conociendo poco a poco, en el transcurso de la obra. Y está claro que ellos no la deben cuestionar, sólo les cabe esperar las órdenes para ejecutarla.

Hemos establecido cómo se ganan la vida cotidianamente “nuestros héroes” y cuando comenzamos a vislumbrar, debido a sus elementos de trabajo (revólveres), que la posibilidad de causar muerte está incluida en su tarea diaria, la misma adquiere un carácter siniestro.

Absurdo, cotidiano, siniestro. Palabras también utilizadas por el director de la obra, Cristian Drut, en el programa de la misma para introducirnos en su temática: “El montaplatos de Pinter es un exponente de cierto teatro absurdista de los 60. No a la manera del absurdo de Ionesco, sino más bien mas ligado al primer Beckett, a ciertos textos de Arrabal o a “Las paredes” de Gambaro”….”Han pasado más de 40 años desde su estreno y sin embargo, cierto extrañamiento del texto aún nos resulta particular. Ese concepto pinteriano donde lo cotidiano se vuelve siniestro se ha vuelto algo muy utilizado por la dramaturgia posterior a ese teatro”.

La puesta de Drut, comienza en un lugar de encierro, como muchas de las obras de Pinter y juega con el uso de los silencios otra característica típica del dramaturgo inglés.

Ben se siente superior y no pierde oportunidad de demostrarlo. Claro, que sólo puede hacerlo con gente del nivel mental de Gus. Está feliz de tener un trabajo bien pago. No discute las metodologías de su jefe o las esperas, aprovechando el tiempo a su mejor saber y entender.

Gus, al menos, parece tener cierta cuota de escrúpulos morales y hasta un atisbo de remordimiento. Lo agobia la rutina y se comienza a cuestionar que hay detrás de los trabajos que debe cumplir. Y porque su patrón es a veces tan inaccesible.

Repentinamente, un extraño sonido, irrumpe la escena y devela la presencia de un inesperado elemento: un montaplatos. Y como dichos objetos son Ben y Gus, máquinas que se dejan manipular por las correas de su jefe.

El binomio actoral constituido por Sureda y Fiore, es sólido y efectivo en sus roles. Logran transmitir con sus actuaciones, esa extrañeza tan característica a la que Pinter nos tiene acostumbrados.

De la misma manera que sucede con el Godot de Beckett, muchas son las interpretaciones que pueden hacerse de este oculto jefe, el Sr. Wilson, que nunca aparece en escena. Convertirlo en símbolo de un abusivo poder político que martiriza a sus ciudadanos, de un trabajo opresivo del que no se puede salir porque eso significaría la miseria, de “órdenes diversas de los que no tienen cara”, o del “montaplatos particular” (más grande o más pequeño) que cada uno de nosotros tiene en su propia vida. La metáfora, sigue vigente y válida a pesar del paso del tiempo.

Publicado en Leedor el 13-11-2006