Porgy y Bess, 70 años despué

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Un sexteto de músicos que se las trae, y un coro especializado en repertorio de jazz, brindan una versión libre de la ópera de Gershwin en el Pequeño Teatro.
Amada u odiada. Considerada una bella ópera que no tiene nada que envidiarle a las grandes del siglo XX, o como lo fue por mucho tiempo y con la correspondiente carga de racismo implícita, sólo una operucha de segunda. Porgy and Bess, es el producto de las investigaciones de George Gershwin, acerca de la cultura Gullah, es decir la nativa de las islas vecinas a Carolina del Sur y Georgia, de origen Africano, que conservó sus tradiciones musicales originarias y llegó a tener un lenguaje propio a partir de la primera generación de afroamericanos nacida en Estados Unidos. Una forma “creole” (criolla), del inglés que es la que hace decir a Porgy “I got plenty o nutting’ “, en vez de “plenty of nothing” (mucho de nada), o a todo el grupo “Oh, dere’s somebody knockin’ at de do’ en lugar de “oh, there’s somebody knocking at the door” (hay alguien golpeando a la puerta).

Estrenada en 1935, tendría que esperar 40 años para ser incluida en el repertorio operístico internacional. Y a la distancia, es vista desde otra perspectiva por el mismo grupo étnico al que Gershwin puso como protagonista por primera vez en una composición lírica. Fue considerada por la misma comunidad afro-americana como racista, ya que la encasillaba dentro de estereotipos tales como vivir en la pobreza, y dedicarse a la prostitución y a las drogas.

Llega hasta nosotros en esta oportunidad, una adaptación de la obra para coro y un sexteto de músicos, conducidos por Camilo y Valentín Reiners, también a cargo de los arreglos. Valentín Reiners (guitarra), Gabriel Domenicucci (contrabajo), Facundo Barreira (batería), Mauro Aranda (saxo tenor), Sergio Wagner (trompeta y flugelhorn) y Camilo Reiners (piano y melódica) acompañan al Coro “Cosa de negros”, agrupación polifónica de 25 integrantes que cantan a capella un repertorio centrado en el jazz y sus variantes.

Del desempeño de los artistas en el espectáculo, pueden afirmarse muchas cosas buenas. Que los músicos del sexteto, son excelentes, que los arreglos de Camilo y Valentín Reiners, sin duda tienen gran calidad y que el coro “Cosa de negros”, es dueño de una buena interacción vocal con la que transmiten mucha energía al público.

Ahora, la acción dramática que como ópera (por más que sea una versión libre, en un escenario de espacio reducido y se entienda que al tratarse de un coro, no se privilegien tanto las ejecuciones individuales sino las grupales), no está a la altura del resto de las áreas.

Hay voluntad de puesta en escena, apareciendo los integrantes vestidos como la gente que hoy en día podría vivir en un inquilinato similar al “tenement” de Catfish Row donde transcurre la ópera. Y algunas escenificaciones del entierro de Robbins, de los hombres jugando a los dados o protegiéndose de la lluvia.

Pero a uno no le es fácil seguir la narración si no se conoce al dedillo la ópera, ya que es imposible individualizar a los personajes principales, que sería para el público neófito, indicios de lo que les va pasando a Porgy, a Bess o a Sportin’ Life. Es decir, al muchacho bueno y discapacitado, a la chica casquivana arrepentida y al “dealer” de la droga que finalmente se la llevará para Nueva York, obligando al primero a ir a buscarla hasta allí. Si aquellos espectadores se guían sólo por lo que ven, (sobre todo teniendo en cuenta que las localidades no son numeradas, y les puede tocar en suerte, sentarse en la última fila de butacas de la sala, que tiene el tamaño de un cine chico y todos sus asientos al ras del piso), pueden tener por momentos, la inquietud de preguntarse”¿Y esta gente, en realidad que está haciendo ahí?.

Se entrega un prolijo programa con buena información del argumento, acto por acto, es cierto, pero no dan los tiempos para leerlo en su totalidad, antes del comienzo del espectáculo.

Como un émulo de un detective de la bonaerense que viene a investigar un crimen, un solo actor (Rafael Solano), aparece en escena armado y engominado. Su personaje, habla en castellano y eso mejora un tanto la situación, pero realmente que el coro le conteste en inglés, (cuando en ese momento el grupo está hablando y no cantando) parece un snobismo innecesario.

Otro dato que llama la atención en esta versión es el siguiente. Ciertas arias de esta ópera, que ya están convertidas en “himnos universales” como “Summertime”, por dar sólo un ejemplo, se presentan únicamente en versión instrumental. Y eso también, puede que en algunos casos, sea sentido como un vacío. La fuerza dramática de la palabra es difícil de reemplazar en este tipo de composiciones.

Creemos que los que decidan acercarse, ya advertidos de la temática de la adaptación, podrán disfrutar con tranquilidad del espectáculo, sabiendo lo que van a encontrar sin hacerse falsas expectativas. Insistimos, los músicos y los cantantes valen la pena.

Publicado en Leedor el 9-11-2006

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