Auto de fe… entre bambalinas

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La vida de tres actores en la severa América virreinal se verá azotada por un torbellino de corrupción, discriminacion y egoísmos personales.El amor no trepa por las escaleras del poder

La vida de un actor, nunca fue precisamente un lecho de rosas. Desde épocas remotas, como todos los referentes culturales que se precien, su labor itinerante y ciertamente cercana al pueblo, tenía un carácter didáctico y muchas veces propagandístico. El ser la voz de los que no la tenían para expresarse por medio del arte escénico, llevando el mensaje de los grandes dramaturgos y líderes del pensamiento, les ganó no pocas veces persecuciones de distinta índole en geografías diversas. Incluso hay estudiosos del tema que afirman (por dar sólo un ejemplo de estrategias de supervivencia), que la gente de la Commedia dell’arte, usaba máscara, no sólo para dar énfasis a las características del personaje, sino para escapar a los rigores de la Contrarreforma, ocultando la identidad del portavoz que criticaba socarronamente a la autoridad.

A la América virreinal, en vísperas de la revolución independentista que se estaba gestando en todo el continente desde fines del siglo XVIII, nos trae la obra de Patricia Zangaro.

Un singular triángulo constituido por Ana, una figurante segundona (Cecilia Ruíz), Pedro, el primer actor y galán de la compañía (Ricardo Salas) y Mercedes, la consagrada primera actriz (María Rosa Naldjian), protagoniza el drama.

Ana sueña con reemplazar a Mercedes y se está preparando para ello, ayudada por Pedro, quien es su amigo. Secretamente la odia. Públicamente la venera.

La cotizada dama, le hace sentir a la joven, que nunca estará preparada para tamaña responsabilidad, y no pierde oportunidad de remarcárselo una y otra vez.

En cuanto a Pedro, le toca en suerte soportar los chantajes de Doña Mercedes. Ella fue quien lo contrató y desde ese entonces, tiene una asignatura pendiente que quiere cobrarse con él. Se siente atraída por el actor y provoca su ira que los afectos de Pedro no la correspondan.
Es que él ha huido de España por tener opciones afectivas distintas, esperando en el nuevo mundo tener un poco de comprensión. Está enamorado de un minero que ha conocido en sus representaciones populares y ambos abrazan la causa independentista.

Ana, como americana, comparte sus intereses políticos, pero una circunstancia inesperada la colocará en un dilema.

Doña Mercedes, devendrá en amante o “perra” del Virrey, como ella se llama a sí misma, un apelativo que recordará a otra célebre colega, amante del Virrey Amat, del Perú: Doña Micaela Villegas más conocida como La Perricholi (perra chola = perra americana).

La necesidad de un reemplazo para la diva, da a Ana la oportunidad de su vida. Pero eso implica no compartir más los intereses de sus amigos en vías de una mejora en su status social y de la realización personal. Y un apoyo, aunque sea pasivo, a las sanguinarias autoridades reinantes. El mismo problema, salvando las distancias históricas, del actor de “Mefisto” de Klaus Mann en la Alemania nazi.

Pedro, no cede ni ante sus afectos ni ante su manera de pensar. Cree que “el amor no trepa por las escaleras del poder” y su jugarse el todo por el todo, lo lleva a la cárcel y a la tortura.

La escenografía de “Auto de fe… entre bambalinas“, tiene lo justo y necesario para hacer referencia a ese lugar. Dos tocadores uno de dama y otro de caballero, nos ubican en camarines y una tela, al fondo del escenario, detrás de ellos, deja vislumbrar por momentos, al trasluz, la actuación de la primera actriz. Bien logrado el uso del espacio. Al ingresar a la sala, lo hacemos por un angosto pasillo y tomamos asiento frente a los mencionados objetos y para salir, se retira dicha tela, permitiéndonos “cruzar las bambalinas”.

La musicalización es sintética y efectiva. Bizet (“Carmen”) para dar la atmósfera hispánica y Vivaldi (“Las cuatro estaciones”) para dar la referencia al barroco, estilo cuya vigencia en América se prolongó por más tiempo que en Europa.

Surge también en el texto el recuerdo de otra obra que habla de la libertad del hombre y los límites impuestos por la ética social: “La vida es sueño” de Calderón de la Barca.

En la escena final, impacta el “duelo afectivo” de María Rosa Naldjian y Cecila Ruiz, cuando el conflicto estalla y las pasiones levantan la voz, mientras se produce para Pedro, el “auto de fe” que da título a la obra.

Ricardo Salas conoce y maneja perfectamente el papel de Pedro. De hecho, ya tuvo oportunidad de encarnarlo en otra puesta, en el año 2003. Es conmovedora la manera en que nos transmite con su rol, las convicciones y sentimientos de alguien que no elige el camino de la mayoría y decide seguir en su ley, no importa cuan caro le cueste. Tema que como los relacionados con cualquier tipo de discriminación, lamentablemente no ha perdido vigencia hasta nuestros días.

Publicado en leedor el 5-11-2006

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