Monobloc II

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Otra aproximación a la película de Luis Ortega, recien estrenada,… y otros parricidios.
Perla, convulsionada e histérica, se abraza a una de las piernas de la Nena y grita:
Perdoname, hijita, perdoname.

En un rasgo de humor feroz, la Nena, impasible, le responde:
Es la otra, mamá.

Esto es, la disculpa de Perla por haber concebido una hija defectuosa cae en un vacío respaldado por un humor feroz. Si nos atenemos a Susan Sontag, la interpretación nos priva del goce estético. Sin embargo y como espectadores, hay un cierto espacio que llenar, una vinculación que sólo pueden otorgarnos los significados de un texto. En este caso se trata de la segunda película de Luís Ortega, Monobloc. El realizador, es evidente, no piensa en los espectadores ni le importan. Desde el plano del cielo que abre la película hasta que la cámara desciende hasta el cartel del “Soñar Parc” , sabemos que vamos a asistir a una estética del despojamiento. El plano de la dueña del circo dejando a Perla en libertad de acción con una delicada máscara de hipocresía nos interna de a poco en el sendero que nos permite descubrir a estas cuatro mujeres: Madrina pertenece a una generación anterior a la nuestra, mientras que Perla y la mencionada dueña son sexagenarias. La Nena, inmutable, incapaz de comunicación alguna pero siempre lista para la agresividad, es a la vez verdugo de su madre. Se encarga de las transfusiones.
Madrina intenta lo que puede: contagiar de vitalidad a la Nena, ilusionar a Perla con un traductorado de francés, emitir una invitación a comer que sólo acepta Perla. Por fin, para decirlo en porteño básico, se las toma a Brasil engañando a sus vecinas con un supuesto premio. No le queda otra solución frente al descalabro generalizado.

Perla agoniza desde el vamos aunque su muerte próxima no despierta afecto alguno en la Nena. Sufre de manera culposa e intenta una última aproximación hacia la dueña del circo. Descubre luego que ha sido reemplazada por ella en su antiguo y nada brillante trabajo de Minnie.
La Nena ?el disfraz que Luis Ortega y Carolina Fal han elegido para esconderse- corresponde a la generación nacida bajo el Proceso. Nada la asombra, nada la conmueve. Se transforma en una especie de juez que observa las acciones de Perla y Madrina como si fueran meras excentricidades inútiles. Inútil es una palabra que cabe perfectamente en el análisis de este micromundo de Ortega y Fal. Sencillamente, nada es posible y de este nihilismo huye Madrina. Las palabras finales de Perla:
Perdoname, hijita. Te abandono.
caen también el vacío. La Nena duerme plácidamente.

La manera de narrar esta historia sin complicación alguna nos cae como un guante a los escépticos y nos parece mentira que estemos haciendo causa común con alguien que todavía no ha cumplido 30 años. El largo travelling hacia atrás que deja a Perla sumida en el vacío blanco de su muerte cercana, sin embargo, no nos deja indiferentes. Porque la manera de organizar ese plano encarna un juicio de valor no sólo acerca de una generación sino también sobre el rol de los padres.
A una escenografía despojada, a los caminos vacíos, a un parque de diversiones donde no hay diversión alguna, a la soledad de esas ventanas que nos muestran a figuras carentes de vida, se les puede aplicar el calificativo minimalista. Sin embargo, es muy cómodo y no nos dice demasiado. Hay una estética de la fealdad ?incluyendo dos temas de Palito Ortega- muy cuidadosamente elaborada que alcanza a producir en el espectador un extrañamiento. Por debajo de la máscara de la actriz más favorecida ?Evangeliza Salazar- se asoma la crueldad y la sonrisa se transforma en mueca. Graciela Borges muere otra vez ?como en Pubis angelical (R. de la Torre, 1982)- aunque ahora nos interese algo más su calvario cinematográfico. Rita Cortese sale directamente como la bolichera de Herencia (P. Hernández,2002), aunque ligeramente más encanallada. En cuanto a Carolina Fal, sus anteriores incursiones cinematográficas no nos permiten sino verla como caída desde otro planeta. Podría decirse lo mismo de la antigua Señorita Maestra, pero no es difícil destruir en Salazar la aparente dulzura.

Monobloc es otra Caja negra, aunque sin la empatía que despertaban los personajes de aquella opera prima. Esta vez, Ortega ha ido más lejos. Tal vez demasiado, como si él mismo hubiera pasado ya los 60 y comprendiera con una lucidez apabullante en qué consiste la diferencia intergeneracional en Argentina y el terror de una juventud a la defensiva, de una juventud que terminará también por ser abandonada a su suerte. Los jóvenes pueden erigirse en jueces y verdugos pero el precio es muy alto. Si exceptuamos a la muy convencional dueña del circo, en cada plano de ese monobloc habitado por tres generaciones diferentes campea de manera inexorable la palabra miedo. Cada una reacciona frente a él como puede y la cámara nos muestra esas reacciones de una manera singular. La soledad y el aislamiento encuentran en el lenguaje de Ortega a un artífice algo más que adecuado. Lamentablemente, aquel goce estético del que hablábamos, ha sido aniquilado no sólo por la TV sino también por el mundo de la informática. Contradictoriamente, uno de los dos nombres que aparecen en la dedicatoria es el de Leonardo Favio. Pero es inútil la disculpa de Ortega. Lo dicho, dicho está. Y a verla por cable, que no es poco.

Publicado en Leedor el 23-10-2006