Canción más triste del mundo

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Una locura visualmente impecable de Guy Maddin.Locos, tristes y con música

La canción más triste del mundo, antes que nada, sorprende. Porque no luce como ninguna otra película. Sí, es un claro homenaje del cine clásico hollywoodense. Está filmada casi totalmente blanco y negro, y las actuaciones, la fotografía y la dirección de arte apuntan a reproducir esos ambientes algo expresionistas, algo extravagantes que el cine de Hollywood mostraba durante los años ?30 y ?40. Pero hay también una clara intención de recrear la imagen de las primeras películas mudas. Hay además mucho surrealismo, bastante teatralidad, y decorados que recuerdan a El gabinete del Dr. Caligari. Hay escenas que juegan a parecer documentales o material de archivo. Hay, por último, una banda sonara que incluye las más extravagantes, dispares y extrañas músicas.

Pero todo esto no tendría por qué hacer más que una película pictóricamente interesante. Hay en esta locura visual de Guy Maddin (canadiense, director de culto cuya obra, vista más que nada en festivales, es considerada una de las más novedosas del cine actual) también mucha locura argumental que no tiene nada que envidiarle a la originalidad de la puesta en escena y hace que La canción más triste del mundo sea una locura impecable.

El asunto es más o menos el siguiente. Es 1933 y en Winnipeg, una helada ciudad de Canadá, se siente con mucha crudeza la Gran Depresión. Chester Kent (Mark McKinney) dice ser un productor de Broadway arruinado (si es verdad o no, es difícil saberlo) y nadie entiende muy bien qué hace en ese pueblo. Está acompañado por Narcisa (deliciosa María de Medeiros), una inocente y alocada mujer que conoció hace poco. Pero pronto se descubre que el regreso a Winnipeg no fue causal: Chester, de hecho, ha nacido allí. Y se reencuentra con Lady Port-Huntley (Isabella Rosellini), su ex-amante y la dueña de la cervecería que alimenta al pueblo. Como Winnipeg ha sido elegida, por cuarto año consecutivo, como la capital mundial de la pena, Lady Port-Huntley decide hacer limonada de los limones que le dio la vida y organiza un extraño concurso: invita a contingentes de todo el mundo a competir por un gran premio en dinero y ver qué país tiene la música más triste del mundo. Chester ingresa, representando a Estados Unidos. Su padre, Fyodor (David Fox), que está enamorado de Lady Port-Huntley desde antes que su hijo la conociera, representa Canadá. Y de Serbia viene Roderick (Ross McMillan), el hermano de Chester, pretendiendo llamarse Gravilo el Grande para representar el pequeño país donde se inició la Primera Guerra Mundial y a cuyos muertos evoca Roderick/Gravilo al tocar su violencello.

La historia sigue y tiene muchas idas y vueltas más. Pero sería una pena develarlas. Un poco, por la sorpresa que implican, y otro poco, porque la mera descripción escrita de la trama no hará justicia a su visión en la pantalla grande. Todo explota mientras el concurso avanza: las riñas familiares, las relaciones de pareja y los recuerdos que se quieren olvidar. Pero La canción más triste del mundo no es para nada una película triste, es una película feliz que narra alocadamente una trágica historia. Maddin revierte la situación al hacer una comedia, por momentos musical, con la vida de personajes que afirman tanto como pueden que llevan la pena a flor de piel. Y esto no es contradictorio, es un juego de opuestos.

Tan opuestos como son los hermanos Chester y Roderick, la oveja negra y el hijo pródigo, rivales y enemigos. Chester y los números musicales que arma para competir en el concurso, en auténtico estilo Broadway, exagerados y ridículos son la antítesis de la simple música que Roderick toca. Podría leerse esto como una mirada sobre la vacuidad de la cultura norteamericana, que en realidad no tiene música propia y en lugar de eso decidió concentrarse en desarrollar el show, las luces, los efectos y la espectacularidad. La música tribal africana, el flamenco y los tristes cantos mexicanos son su contraparte y tan sólo algunos de los estilos musicales que Maddin explota al máximo (visual y sonoramente) a lo largo del metraje.

Sorprende que la película está basada en un guión de Kazuo Ishiguro, escritor y guionista inglés de origen japonés, conocido más que nada por Lo que queda del día. Nada parece estar más lejos de la represión de emociones que caracterizaba a ese filme que la excentricidad y voracidad con que los personajes de La canción más triste del mundo hablan de su pena. Sería interesante saber cuánto cambiaron Maddin y su co-guionista George Toles. Porque conciliar estos dos mundos parecería, al menos en teoría, difícil. Pero esta película es prueba de que no sólo puede hacerse, sino que puede resultar más que genial verlo.

Publicado en Leedor el 6-10-2006