Rey Lear

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Un Lear exasperado y una puesta dirigida a ese espectador contemporáneo perplejo y ansioso, en la vorágine del presente. LEAR, EL PODER Y LA CAÍDA

Si la síntesis de la puesta de Lavellila encontramos en la interacción de su Lear exasperado con su virtuosa hija Cordelia, el discurso se dirige, más aún que otras veces en que el gran director ha trabajado en los escenarios del Teatro San Martín, al espectador contemporáneo, al que día a día pasea su perplejidad y su ansiedad en la vorágine del presente.

La recuperación de una cúspide dramática occidental y universal, no es simplemente conjugar nuevos mensajes sociales y estéticos para recrear un relato ya conocido. Y Lavelli conoce muy bien este axioma no escrito. Su trabajo es el de la comunicación sutil pero contudente con el espectador: en cada gesto, en cada extravagancia de la performance de Alejandro Urdapilleta, en cada tono equívoco de Roberto Carnaghi, en la superficie reflejante de la que los personajes entran y salen, en cada detalle y en cada momento, la puesta nos habla; y nos compromete.

Una vez más el poder es el gran tema. Sus reveses, sus iluminaciones, la ambición de obtenerlo, el abismo de perderlo, la obsesión y la falta de medida que son sus sinónimos. Rey Lear observa con crudeza la gran cuesta descendente de un soberano que sólo tolera la adulación y la mentira, un narcisista que no duda en descompensar el equilibrio social de las castas de su reino con tal de refulgir como figura única de dominio. Pero la cadena de traiciones que desata es abrumadora y lo arroja con violencia al peor de los territorios, el de la lucidez acerca de su propia necedad. Ese es su gran castigo, además de la pérdida de la única que le habló con el corazón abierto, la victimizada Cordelia. Este Lear de Lavelli explora aún más el egocentrismo y la vanidad. No se detiene ante la perplejidad de los que lo rodean, y se adentra en un mundo alucinatorio de despojamiento y traiciones. Cuando muy tarde comprende que el mejor legado es la autenticidad, ya todos están muertos.

Una objeción fundamental: es impropio de un experto en teatro y de programadores como los del San Martín, pensar que una obra isabelina no pueda tener siquiera cinco minutos de descanso entre actos. Suena más a capricho que a lógica.

En un universo que se resquebraja, el discurso y el poder se unen en una misma exasperación, casi en un nonsense.Lavelli lo teje y lo descifra a la vez.

Nota Gentileza de El Menú de Buenos Aires Ed. 108 Agosto 2006