El camino de San Diego

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Una mirada antropológica a la película de Sorin, a Maradona y a los héroes culturales. Los ojos de los pobres

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Tati Benitez le hace bien al Diego porque le rasquetea un poco tanta costra.
Si bien todavía no se dio cuenta, Maradona ya no se pertenece, es lo que cada uno quiere que sea. A veces es más parecido a la Mona Giménez, otras es el escozor de los brasileños. También es el tipo a quien Nazarena no le dio bola, o sea, le puso límites a su soberbia desmesurada y apañada.
En ese sentido Maradona es un relato. De cada uno. Su vida, desde luego, no es suya.
El no es mediático. La gente es la comunicadora y el medio que le permiten existir. Sin eso no sería nada.
La gente te pone y te saca. Te entroniza o te descarta. Lo peor es que te desechen, pienso mientras escribo. Tal vez lo mismo piensan todos lo que se exponen.

Cielo de la patria
En la película de Sorin hay historias verdes y azules. Mucha selva y mucho cielo de la patria. Hay entonces un entramado particular: denso, húmedo, pobladísimo de insectos, aves que vuelan por encima del dosel arbóreo o sea más arriba de cuarenta metros. Y en la espesura, escondidos mirando, las gentes que parecen partes del paisaje.
De ese entretejido sale la estatua.
Es de madera el Diego!
Y existe porque su alma está inscrita en la naturaleza, parecería que la forma está de antes y el hombre ve, en el tronco, en el mármol, en el lienzo o en la pared, lo que quiere ver.
Las ideas no se matan ni se tocan pero están.
He aquí el primer manifiesto, nunca escrito, de los artistas de las cavernas: el arte está ligado. No existe por si. Necesita la mirada de Tati bajo la lluvia y entonces la raíz es Diego.
Esta es una verdad que viene bien, todo existe si uno lo mira, lo determina y le pone sentido. De otro modo la enamorada se vuelve un pedazo de carne con ojos: NN.
O sea que el tipo, el Diego, es posible también en la selva. Alguien lo quiere y lo ve. Otra forma de nacer, como Palas Atenea que nació de la cabeza de su padre.
La historia rueda, se abre, se va de lado pero siempre avanza, se mete en piringundindes de mala muerte y reluce humanidad, se involucra en la vida provinciana poblada de seres que pertenecen a otra argentina: la innombrada e invisible. Sin shopping y sin la avaricia fernandez, bien podrían ser personajes-hijos de Conti, de Soriano, de Saer.
He aquí la mirada del artista.

El vendedor vende y el policía vigila. Hay un camionero brazuca a más no poder, y hay un respeto por lo popular que no se empacha con gestos ampulosos o demagógicos.
Parecen imágenes de otro planeta, donde hay otra orden de cosas. Por eso es una película para gobernantes, para que vean la realidad, no desde el helicóptero o el avión tango, sino que la vean desde la ruta o desde un costado pero eso si, desde otra perspectiva, más terrenal.

Sorin
El tipo brinda por la vida. Y eso incluye al Otro. Ya lo había hecho en las celebraciones de Historias Mínimas y El Perro. Además, le gusta el chamamé y eso lo pone en un lugar centrípeto ante tanto tango bastardeado.
Capaz que en su mundo todo sea centrípeto: el humano y sus circunstancias que lo enaltecen aún en la derrota, en el latido de las cosas que dicen, en lo ridículo, en el simple oficio de vivir.
Tiene un tic tac que le sirve para llenar los vasos, una cámara que detalla y tiene la mirada de la mosca: polifacética, de muy cerca y sin la baba del falso pundonor.

Tati
Tengo 28 o 32? La vida me puso en esta tierra. Verde y bravía.
Soy un hombre sencillo. Mi mundo es pura verdad. Mis hijos son.
No tengo mucho pero eso no le hace a nada. Basta con saber lo que quiero y eso es una manera de tener. Lo demás es televisión.
Al Diego lo quiero desde siempre. Lo conozco, lo estudio. Lo veo donde nadie lo ve. Tal vez por eso sea un artista de una sola obra. Porque como dijo el viejo: las cosas tiene su alma, el artista las muestra. Para eso tiene que descascarar, tallar, cincelar, escribir, pintar.
Yo soy el Diego. Existe porque soy él. Muchos somos él.

Huellas
Alguna vez hablé del ethos heroico perdido del Diego (Ver La Noche del 10). En un país que vive y necesita de héroes culturales. Héroes como Evita. No mártires ni kamikazes. Los héroes se vuelven paradigmas, los políticos configuran el bestiario.
Entonces vale festejar los rastros y los rostros de la película como una posibilidad de aprendizaje o mejor una iniciación que es como un rito y el rito implica y explica.
Hay que desovillar sin misterios ni estadísticas herméticas el auténtico ser de los argentinos, el Diego es un pretexto, invento o creación, ya estaba pensado, soñado hasta que lo hicimos nacer, embelesarnos y fenecer.
El asunto ahora es no pensar como huérfanos.

PS: La película es como una serie de ráfagas: ternura, vértigo, sueños, cartografías, candados y síntesis.
Yo te invito caro lector a que mires la película. Después podremos formar la cofradía del volcán: hay que calentar el mundo.

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