Vapor

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¿Qué sucede detrás de un vidrio empañado de vapor? ¿Las cosas se esconden, o se manifiestan con más precisión? Cuatro misteriosos personajes nos lo revelan en la obra de Mariano Pensotti.La pianista, el necrófilo, el cowboy y su amante

Las historias de los tres protagonistas son simples. Un despreocupado joven, (Juan Minujín) dedica su tiempo a acompañar moribundos, hasta que una inesperada visita lo obligará a cambiar de hobbie. Un cowboy americano con problemas de Edipo, (Uriel Milsztein), sueña con los paisajes y la fauna de la lejana para él Pampa Argentina. Y una chica sexy, (Nayla Pose) vaga de amor en amor conociendo de esta manera a los dos personajes masculinos, sin nunca parecer encontrar lo que realmente quiere.

No es en ellas, donde encontraremos la fuerza atrapante de “Vapor“, sino más precisamente, en la riqueza del relato de las mismas, expresada por las consistentes actuaciones de los mencionados actores, que hacen un placer para el espectador, estar allí escuchándolas.

La escenografía del artista plástico, Jorge Macchi, tan evocadora de ese ambiente urbano de vida nocturna, con las hileras de lucecitas esféricas que recuerdan a las que rodean los espejos de los camarines de los teatros, las bambalinas de espectáculos, o las luces de neón de los carteles luminosos de los hoteles y moteles de las carreteras del país del norte, es el marco ideal para que nos dejemos llevar por el delirio, sintiéndonos parte de los increíbles sucesos que nos son narrados. Como los ñandúes en llamas que ve el cowboy, los perros muertos en la Plaza Colón del necrófilo y la pierna ortopédica de las chica sexy, de la que no teme sacar fotografías y mostrarlas a sus conocidos.

Esta obra de Mariano Pensotti, que surge de textos creados sin la intención de ser puestos en escena, y por el resultado logrado, lleva implícita un gran trabajo conjunto de actuación, escenografía, iluminación y musicalización, tiene múltiples referencias al canal de expresión original de su creador: el cine.

Sólo alguien muy aficionado al séptimo arte, recordaría la frase de Clint Eastwood: “lo primero que tiene que hacer un actor que debe interpretar a un cowboy, es no tratar de parecerse a uno de ellos”, o haría que sus personajes saquen a relucir dichos de Fassbinder o definiciones de Ridley Scott.

“El mundo es una película a la que le sacaron el sonido”, escuchamos también decir en algún momento al cowboy y para agregárselo, dando pie a la intervención de los personajes con su música y apuntalando la acción, está Ana Foutel. Su ejecución en vivo de teclados, comienza luego de que ella anuncia, a la manera de intertítulos sonoros, como se llamará cada escena, ubicándonos en tiempo y espacio y agregando un particular dinamismo que recuerda, si se quiere, tanto el rol de los pianistas de la época del cine mudo para crear climas, como el de los músicos de las cantinas del lejano oeste, que mediaban entre pelea y pelea para disimular las agresiones o bien el de los artistas de clubes nocturnos y cabarets que creaban similares efectos.

Detrás del sector de los instrumentos musicales, hay una pared de vidrio que veremos empañada por vapor, en determinados momentos del espectáculo y más atrás aún, un lugar de espera, donde los actores aguardan el momento de “salir al ruedo”. Por ello, podríamos ver a la tecladista como la “factotum” organizadora del show y considerarla una cuarta protagonista.

El vapor, que “empieza a empañar el vidrio y oculta cosas que suceden detrás, pero al mismo tiempo revela cosas que sin él no serían visibles”, nos recuerda a la metáfora de energía a la que aludía la canción homónima de Peter Gabriel (“Vapor”, 1992). Por un lado, proponía estar atento a diferenciar y tener claro lo que era real y lo que no lo era, aunque finalmente dejaba la opción abierta a los deseos de cada uno y aconsejaba: “Hacé tu vida con los sueños de los soñadores”. Ambiguo y contradictorio, como el ser humano mismo que constantemente se muestra y simultáneamente se oculta.

Publicado en Leedor el 17-9-2006