Kafka en La Cooperación

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¿Es posible, ver teatralizado un texto de Kafka que incluya canciones y respete su espíritu trágico y enigmático original?Procedimientos para musicalizar, los trágicos destinos del Sr. F y el Sr. K.

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Dos hombres con traje y sombrero sentados alrededor de una mesa. La primera asociación que nos viene a la mente al entrar a la Sala González Tuñón y dar un primer vistazo a la puesta, es la semejanza con la pintura de Cezanne “Los jugadores de cartas” (1892).

Una vez ubicados en nuestras butacas, advertimos que solamente hay una silla, un sombrero y un vaso, y los dos hombres los comparten alternadamente. ¿Cómo puede ser eso factible entonces?, nos preguntamos. ¿Se tratará de dos personas distintas o de dos aspectos opuestos de una sola?. Y para nuestro asombro iremos comprobando que la respuesta no está en ninguna de estas dos opciones.

El director de la obra, Enrique Dacal dirá del Sr. F. (Enrique Papatino) y el Sr. K. (Julio Ordano): “Cada uno de ellos erige su fortaleza, asegura su propiedad, contabiliza sus dominios, vigila su mundo. ¿Y el otro? ¿Dónde está el otro? ¿Qué está haciendo el otro? ¿Quién es el otro? ¿Hay otro? …?

A los héroes de las tragedias clásicas, el destino los acompañaba como una sombra de fatalidad. A los Sres. F y K, el destino los sorprende como una negación de la voluntad individual. De allí el título de la obra. Lo trágico se da cuando nada pasa y todos aceptan sumisamente el poder.

Por momentos, los protagonistas, serán dos hombres que comparten una situación similar y hasta parecen estar interactuando en el mismo espacio. Cada uno tiene la actitud de estupor que nos produciría ver a un objeto desplazarse por sí mismo ante nosotros, sin que nadie lo manipule. El espectador ve que es el otro personaje, quien lo mueve. El Sr. F y el Sr. K no.

Brillante el juego del lenguaje gestual de Papatino y Ordano para lograr este efecto, enfatizado por ese sonido de sobresalto que emiten para hacernos creer por un instante que como están uno junto al otro se van a reconocer como distintos en cualquier momento. Pero no será así, hasta muy avanzada la obra.

No queda duda de que aquí hay “gato encerrado” y nos da la pauta de ello, una de las primeras frases que escuchamos: “Ay de mí, dijo el ratón”. Y mágicamente un “queso” de luces lo circundará, creando un delicado efecto. El gato, aparecerá al final de la obra ¡y por cierto, que se hará escuchar!.

A esta tragedia kafkiana, respetando el espíritu de las originales griegas, se le ha agregado música. Es una sensación muy extraña la que nos produce el contraste en las canciones de Pablo Dacal donde conviven una ligera música, casi romántica por momentos con los contundentes y densos dilemas del genio checo convertidos en sus letras. Pero una vez más, son totalmente respetuosas de los enigmas de su creador.

“El mandato de desarrollar la protectora construcción en donde deberemos encerrarnos y resistir, parece haber existido desde siempre. El constructor, en realidad cualquiera de todos nosotros, es el instrumento de un designio heredado del pasado y que perdurará, más allá de nuestra vida y hasta el final de los tiempos”.

Publicado en Leedor el 5-9-2006