La venda

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Cuatro amores en la vida de una joven o una aproximación al análisis de la manipulación de la imagen por sus medios mecánicos de reproducción. Dos lecturas posibles en la obra de Siri Hustvedt, “La venda“.La tempestad de Iris

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Todos parecen saber acerca de Iris, más de lo que ella misma conoce. Partiendo de los comentarios del último hombre en su vida, cuya identidad, recién al final de la obra descubriremos, comenzamos a adentrarnos en su historia.

Como el escritor con el que trabajará, quien se empeñaba en reconstruir la individualidad de una mujer, describiendo al detalle sus objetos personales y “permitiendo que éstos le hablen”, Iris, querrá encontrarse a sí misma, en los avatares de sus distintas relaciones amorosas. Pero una “venda” anulante hará que todo termine para ella en una tempestad.

Se sentirá desposeída, privada hasta del derecho de disponer de su propia imagen, cuando Jorge, un fotógrafo amigo de su novio, primero la seduzca y le prometa captar su esencia mediante ese arte, para terminar luego fotografiándola con un encuadre siniestro en el que decididamente ella no se reconocerá. Y para su profundo disgusto, esa foto llegará a ser exhibida en público, dando el primer paso en la fragmentación de su ya de por sí vulnerable ser.

A Jorge, “la crueldad lo hace sentir más vivo” y vemos imágenes proyectadas de sus trabajos que nos confirman tal aseveración. Él disfruta retratando el sufrimiento. Con su cámara, apunta al público. Nos enfoca, nos registra y nos involucra.

Queda claro que lo que le pasa a la joven, de alguna forma, también podría pasarnos a nosotros, si una mirada manipuladora, de algún despersonalizado medio de reproducción mecánica del arte, de los que hablaba Walter Benjamin, nos encegueciese y tomara posesión de nosotros.

Y en ese sentido, podemos dar a “La venda“, una segunda lectura y ver en ella una aproximación al análisis de los efectos negativos de la manipulación de la imagen, como el ejemplo ya mencionado de las proyectadas fotografías de Jorge (de enfermos que padecen) o el tendencioso análisis del cuadro “La Tempestad” de Giorgione, que el último amante de Iris, (quien seguramente no por casualidad, fue definido por la autora como historiador del arte de profesión), hace de dicha pintura y la aplica a la particular manera de ser de la protagonista.

El “aura” original que perdían las obras de arte con la despersonalización de la reproducción mecánica, estudiadas por Walter Benjamin, es reemplazada aquí, por el aura dolorosa de la epilepsia (la enfermedad que se elige para proyectar). Y cada vez quedarán menos pistas del aura primigenia de la auténtica Iris, quien se nos aparece en el final de la obra, vestida de hombre, bailando en una disco con el mencionado crítico de arte.

Un dinámico manejo del espacio en la puesta, ayudado por los mágicos efectos lumínicos de Leandra Rodriguez, crean una atmósfera misteriosa e intimista. Los asientos ubicados al frente y en uno de los laterales del escenario, permiten que los actores “se nos aparezcan” ya sea desde detrás de una de las filas de asientos, desde una entrada lateral o bien desde el centro del escenario.

Iris, será obligada finalmente a recordar mentalmente, los elementos de la composición de “La tempestad“. No fallará en el paisaje o en los detalles arquitectónicos, pero sí en la mención de las figuras humanas. De las 3 existentes (mujer, bebé y hombre), ella olvida a este último, siendo acusada de tener una mirada masculina de la escena. Como si ella misma, fuera el hombre que contempla desde el cuadro a la dama y al bebé y eso confirmaría el cambio en su personalidad, reflejado por su nuevo tipo de ropa y actitudes.

Siri Hustvedt, también especialista en temas de Artes plásticas, durante su visita a Buenos Aires en abril de este año, dio en el MALBA, una conferencia sobre esta obra maestra y otras dos más. Su título era: ?Mirando pinturas: La Tempestad de Giorgione, Mujer con collar de perlas de Johannes Vermeer y El Tres de Mayo de 1808 de Francisco Goya?. Por supuesto, presenció también, el estreno de la adaptación de de su obra en La Carbonera.

Gabriela Izcovich, brilla en todos los roles que desempeña. En la dirección, en la puesta en escena, y por supuesto como actriz. Caracteriza sabiamente a esta cambiante Iris y nos transmite durante el transcurso de la pieza, esa sensación de paulatina desintegración de la que el personaje es víctima. Y el elenco masculino (Federico Buso, Gonzalo Kunca, Alfredo Martín y Daniel Polo), le da el marco adecuado para hacer de “La venda” un conjunto de impactantes interpretaciones.

Publicado en Leedor el 22-8-2006