Danza Macabra

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Un matrimonio, realmente desavenido, nos hace comprender como nunca, hasta qué punto pueden llegar a hacerse daño dos personas que alguna vez se amaron.¿Una alegría? ¿Qué es eso? ¡Ni me lo preguntes!

Si hay algo de lo que carece el matrimonio de Alicia y el Capitán, es precisamente de eso: alegría. Salvo, que intentemos hacer una interpretación utilizando aquella disciplina recién aparecida en la época en que Strindberg escribió “Danza macabra” (1900), aplicada por un tal Sigmund Freud de Viena y entonces digamos, que en el fondo, se trata de una pareja que disfruta de sumergirse una y otra vez en este mar de sufrimiento que es su relación. Y que al final de la historia, Walter, el tercero en discordia del caso, nadará huyendo despavorido hacia playas más tranquilas, para no morir ahogado. Y literalmente dirá “me voy, no puedo respirar”.

Esta obra, es uno de los dramas expresionistas por excelencia del escritor sueco y da la impresión que el director, Gustavo Bonamino, hizo hincapié fuertemente en lograr este efecto en su marcación a los actores. Visualmente, los gestos de María Alejandra Bonetto (Alicia), Edward Nutkiewicz (el Capitán) y Alfredo Noberasco (Walter), dan a sus rostros durante toda la obra, un singular parecido a las pinturas de este movimiento. Pero no partiendo del que sería el nexo lógico con Strindberg, su amigo Edvard Munch, sino de “El Puente”, referente pictórico del expresionismo alemán, que deforma más crudamente que aquél, los rostros por el dolor, o la depravación, develando los oscuros y siniestros aspectos de la psiquis humana. Y la atmósfera lograda es agobiante.

Danza macabra” incluye vivencias autobiográficas. El autor, acababa de reponerse de un mal matrimonio (para meterse desafortunadamente, en otro) y llegó a escribir en su diario “es probable que todo lo que haya vivido de horrendo yo mismo, lo hubiera escenificado, para poder convertirme en autor dramático y describir todos los estados de ánimo y todas las situaciones”.

La escenografía y el vestuario de Alberto Bellati son de refinada calidad hasta el último detalle. Desde la impactante bata bordada de la actriz, hasta el sillón “en gondole” que acompaña la mesa del capitán. ¿Y qué mejor para conectar los dos niveles del espacio donde se desarrollará el naufragio interno de la mencionada pareja en vísperas de sus bodas de plata que una escalera marinera? Nunca tendríamos semejante elemento para comunicar ambientes en nuestros hogares, pero en esta puesta, es ideal para lograr el “espacio de síntesis entre la imaginación y la realidad” que quiere obtener el director.

Una interesante oportunidad de conocer la piedra fundamental, en la historia de la dramaturgia, de un tipo de matrimonio de ficción realmente desavenido que antes de “Recordando con ira” (John Osborne, 1956)”, “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” (Edward Albee, 1962), y por qué no “La guerra de los Roses” (Warren Adler, 1981) nos hizo comprender como nunca, hasta qué punto pueden llegar a hacerse daño, dos personas que alguna vez se amaron.

Pintura: Ernst Ludwig Kirchner, “Autorretrato con modelo”, 1910. Kunsthalle, Hamburgo.

Publicado en Leedor el 16-8-2006