Volver (II)

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Un perfecto paseo por el mundo almodovariano
Cuando se va a ver el cine de un autor consagrado, uno va a ver un cine que se repite. Las películas Pedro Almodóvar, de Woody Allen, de Fellini, de Bergman o de Antonioni son siempre lo mismo. No es una afirmación negativa o positiva, es una realidad. Cada tanto, en su producción constante e implacable, aparece una obra maestra. El resto de las películas son, en el peor de los casos, entretenidas. Porque en cierta manera están más allá del bien y del mal, son lo que son, y verlas, para quien disfruta del autor en cuestión, es como conversar otra vez con un viejo amigo.

Volver es una de esas conversaciones que no resultan reveladoras, pero sí entretenidas, emotivas, incluso importantes.
Esta es la historia de Raimunda (Penélope Cruz), que nació en un pequeño pueblo, de esos en los que las casas son de principios de siglo y la gente muere en la misma cama en que nació, pero ahora vive en Madrid con su esposo, que está siempre borracho, y su hija Paula (Yohana Cobo). Hija que se llama como la adorada tía que aún vive en su pueblo (Chus Lampreave), a quien va a visitar periódicamente junto con su hermana Sole (Lola Dueñas), que también dejó el pueblo hace rato. Y allí, están solamente Agustina (Blanca Portillo), amiga de toda la vida de las dos, y el siempre presente recuerdo de Irene (Carmen Maura), la madre de Sole y Raimunda, que murió abrazada a su marido en un incendio.

Dos eventos modificarán la vida de estas dos hermanas. Raimunda se encontrará con que su marido fue asesinado por su hija, tras intentar asesinar de ella. Y Sole, con que su madre regresa de la muerte y se muda con ella. Así como así, con una naturalidad total.

El primer plano de Volver es toda una declaración de principios: las viudas del pueblo (docenas de ellas) refriegan, limpian y lustran las tumbas de sus muertos. Y lejos de ser un acto solemne, es una tarea trabajosa pero disfrutable, e incluso social. La muerte en los pequeños pueblos de España, de donde los jóvenes se van tan pronto como pueden y sólo quedan los viejos, es cosa de todos los días. Tanto, que Agustina se compró una parcela y una tumba y la cuida ?como si fuera una quinta de fin de semana?, dice Raimunda.
La muerte no ha sido un tópico del cine de Pedro Almodóvar. Lo han sido el deseo, el sexo, la pasión, el incesto, o los crímenes pasionales. Pero la muerte, la ausencia y el regreso de los muertos, no. Claro que era sólo cuestión de tiempo para que apareciera, porque entre el humor desenfadado y las tramas melodramáticas, el cine de Almodóvar ha sido siempre un cine sobre la vida, sobre personajes que se guían por sus impulsos y deseos, y así, aman y forman familias (tradicionales o no). Y el fin de la vida, todos lo sabemos, es la muerte. Sólo era cuestión de tiempo, entonces, para que un cineasta de la vida hablara de la muerte.

Todo, claro, mezclando la comedia con el suspenso y el culebrón. El pastiche ha sido siempre la especialidad de Almodóvar. Aquí, deja de lado las narraciones no lineales con que jugó en Hable con ella y La mala educación, y se concentra en una historia donde el pasado sólo regresa evocado por las protagonistas, pero no en imágenes.

Como siempre, la imagen de la película es impecable. Los colores saturados, los ambientes urbanos pequeños y asfixiantes, la música estridente y que por momentos se burla de la trama… Y esa dirección de actores que hace que todo el elenco se meta en la piel de sus personajes impecablemente.

Hay sólo dos cosas para criticar. Uno, el metraje, hacia el último tercio del film, se vuelve demasiado extenso. El relato tiene un bache, el interés decae por unos minutos. Pero por suerte muy pronto se recupera y el final de la película es tan emotivo y potente como el resto del film.

Y dos, Penélope Cruz. Que es una gran actriz y, de hecho, compone impecablemente a Raimunda. Su voz, su caminar, su postura, todo se aleja del lugar de latina multiuso que le dio Hollywood en los últimos años (y que ella aceptó sin chistar demasiado), y están trabajados para ser los de una mujer abatida, pobre, algo amargada y otro poco agotada. Pero, a pesar de todo, el fisique du rol no le da: es muy difícil creer a una mujer indudablemente hermosa y sensual como Cruz en el papel de una bedel de aeropuerto.

Volver es realmente una película llena de emoción. Sobre reencuentros y recuerdos, sobre la superstición y la muerte. Es un cocktail, pero es por sobre todo un relato que conmueve. Y es un viaje al mundo personal de un autor que explora los mismos temas en forma recurrente, que ya ha alcanzado la madurez (estética y narrativa). Algunas críticas de Volver dicen que es más de lo mismo, que Almodóvar se repite. Pero todo autor se repite. La nueva película del manchego es reencontrarse con todo aquello que primero impactó de Almodóvar, allá por los años ´80, cuando empezó su carrera, y que hoy ya no es novedoso, pero que sigue siendo igual de emotivo.

Al que no le guste Almodóvar, mejor que no gaste 15 pesos en una entrada de cine. Al que sí, esta película es una oportunidad de encontrarse con todo lo que le gusta de él. Y el que no lo conoce, puede conocerlo con ésta, que no es su mayor obra, pero sí una un perfecto paseo por todo lo que, hoy, podemos decir que es almodovariano.

Publicado en Leedor 10-8-2006

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