La Roca (papeles de mujer)

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La difícil tarea de reconstruir la identidad femenina, en distintos momentos de la historia. Una interesante combinación de desopilante humor e intenso dramatismo, en una máquina del tiempo que H.G.Wells, nunca imaginaría.
Hay historias que no se escriben, hay historias que se “cosen con las tripas”

El racismo, la guerra, la inseguridad en las calles, la posibilidad de encontrar el amor aún en las circunstancias más adversas, la influencia de los avances tecnológicos en la vida cotidiana y la crisis económica, salpicados por distintos sucesos históricos concretos: los avatares del “corralito”, las vísperas de la muerte de Evita, los estallidos de violencia del 2005 en París, un día en la vida de una mujer en el 1234, o la tortura en los días del Proceso.

Sin respetar el orden cronológico, la “máquina del tiempo” de Cristina Escofet, no desdeña trabajar también, un futuro hipotético. Siempre fiel a la tarea de tejer los hilos de la identidad femenina, según rasgos que la hacen totalmente reconocible, la autora no excluye momentos de desopilante humor para convivir con otros de intenso dramatismo.

Un binomio actoral sólido como una roca y conmovedor como pocos, a cargo de estos “Papeles de mujer“: Susana Di Gerónimo y Stella Matute. Nos presentan una amplia diversidad de roles, por momentos de personalidades opuestas, por momentos tan iguales que parecen dos caras de la misma moneda.

A Susana Di Gerónimo, por ejemplo, le tocará encarnar desde una apasionada líder política a punto de fallecer de cáncer (Eva Perón), hasta una alocada periodista (Karina, “la bailarina de la noticia”), con la que hace una parodia de las movileras de actualidad. Cubriendo saqueos a supermercados, hablando con cartoneros y no alejándose nunca de su alienante trabajo terminará literalmente “poseída por los demonios de la noticia” que se apoderarán de ella, haciendo necesario un exorcismo que se llevará a cabo desde una lujosa habitación de hotel. Y por supuesto, será transmitido en vivo.

A Stella Matute, en un principio, una prisionera de un campo de detención en la época del Proceso, le permitirá hacer un maravilloso uso del espacio escénico. Con la cara tapada, y haciendo equilibrio en el borde de las escalinatas del mismo, recrea la frágil condición de una persona que teme ser fusilada en cualquier momento. Y más adelante, pasará a ser una mujer de clase media alta, que con un dolor similar al de Mae Marsh en “El nacimiento de una nación“, (D.W. Griffith, 1915), cuando rodeaba con desesperación sus harapos de copos de algodón para inútilmente querer tapar su decadencia económica con ese “armiño sureño”, nombra las marcas de su colección de perfumes importados, que está a punto de desaparecer, ya que no podrá costearlos nunca más por el cambio del precio del dólar.

Tal vez una de las secuencias en las que el gran salto del cambio de los tiempos en nuestra vida cotidiana, se hace notar con más fuerza es la manera en que disfrutan de su relación de pareja una militante de los 60 y una mujer actual adicta a Internet. Aquella, lejos de los días del SIDA, disfruta del amor libre sin ningún tapujo y ésta, renunciando a su cuerpo real en beneficio de su cuerpo virtual ha decidido que es feliz, sólo teniendo “sexo por el chat”.

Y esto no es todo, en estas historias que según palabras de la autora, no se escriben, sino que se “cosen con las tripas”. Hay mucho más. Es cuestión de saber descubrirlo.

Publicado en Leedor el 30-7-2006