Piratas del Caribe

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Las trilogías y las películas de tres horas de duración se han puesto de moda, sobre todo luego de que Peter Jackson adaptara la saga de El señor de los anillos con un éxito descomunal.

Estas películas en continuación presentan mundos fantásticos logrados por un enorme capital económico en las puestas en escena, una buena tecnología de soporte y estrellas de lujo, es decir, todo lo que hace posible un entretenimiento de calidad y único. Ahora bien, todas estas cualidades espectaculares a veces resultan poco atractivas cuando son utilizadas de modo excesivo y repetitivo, llegando a convertirlos en verdaderos ?productos insoportables?.

Los productores ya no invierten en nuevas ideas. No tienen por qué hacerlo cuando un mismo producto se vende en todas sus variantes. Grandes héroes dispuestos a todo por una causa noble, monstruos en masa, muy desagradables, que son manejados por ?el malo?(casi siempre un humano cuya hostilidad es producto de un pasado triste o desgraciado) y el enfrentamiento de ambos; en resumen, lo que se narra es la lucha del bien contra el mal. Entre medio hay algunos romances y situaciones de comicidad encarnadas por los personajes más pequeños.

Pero este no es el problema. Hace décadas que gozamos con este tipo de historias, no sólo en el cine sino también con la literatura. La cuestión que intentamos esbozar aquí tiene que ver con el abuso, mejor dicho, con el mal uso que hacen las producciones de todos los beneficios que poseen al alcance de la mano. ¿Es necesario para una película fantástica un batallón de monstruos, cada vez más numerosos y más grandes, por el solo hecho de tener la tecnología adecuada para lograrlo? ¿Acaso es indispensable extender las escenas de los enfrentamientos cuerpo a cuerpo a casi 20 minutos, sólo porque es posible manifestarlas en cinco escenarios diferentes?¿Acaso no resulta hasta aburrido que el héroe, por el sólo hecho de tener buenas intenciones, logre vencer hasta el más gigante de las bestias, perfectamente logradas por computadora?. Estas cuestiones surgen, sobre todo, cuando lo único que diferencia a una película como Piratas de Caribe de las producciones anteriores del mismo género (véase la ya citada adaptación de la saga de Tolkien, o para ser mas recientes, toda la segunda hora de King Kong) es la actuación de uno de sus actores. Hablamos de Johnny Deep. No sólo ya lo hemos visto realizar un trabajo excelente en la primera parte de esta nueva trilogía, sino que también podemos recordar todos los personajes que ha creado para los filmes de Tim Burton. Porque una de sus características principales es la de crear personajes excéntricos, llenos de cualidades contradictorias que se expresan al mismo tiempo con uno sólo de sus gestos. Pero por sobre todas las cosas, logra dar a los filmes un color de cuento, abriendo a un mundo de fantasía que atrapa totalmente la atención del espectador. Y es precisamente él (y no el enorme capital hollywoodense) quien hace de este relato de piratas una verdadera historia fantástica. No sólo porque logra darle una personalidad única y mucho carisma a un pirata manipulador, egoísta y traidor. También porque todas estas cualidades están respaldadas por un humor sutil que logra desdramatizar un guión que pareciera sólo tratarse de los grandes enfrentamientos de héroes que, por seguir su causa, no le temen ni a cientos de monstruos terroríficos juntos.

Publicado en Leedor el 20-7-2006