Nuevo Cine Argentino

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Rodar una película para nuestros amigos y conocidos, más los habituales septuagenarios que frecuentan algunos cines de Buenos Aires genera una creciente reflexión crítica. El llamado nuevo cine argentino resulta un fenómeno interesante para analizar. En primer término, en toda América Latina hay nuevos cines que coinciden con una franja etaria de los realizadores. Son jóvenes ?en la mayoría de los casos- que van desde los 25 hasta pasados los 40 años. Se distinguen por una autogestionada orfandad que implica lo siguiente: antes de nosotros, no había nada. Es curioso porque si comparamos el mundo de la imagen en movimiento con el de la literatura, para poner un ejemplo, nos encontramos con que a los escritores flamantes jamás se les ocurriría decir lo mismo. Quedándonos en Argentina para que la extensión no fatigue, esto equivale a decir que quienes publican su novela o libro de cuentos no pueden desconocer la existencia de, por lo menos, una veintena de escritores que llegan desde Sarmiento, pasan por Macedonio Fernández, cruzan a Borges y se internan por Sáer.

En el caso del cine el asunto es muy distinto, tal vez porque quien hoy aspire a convertirse en escritor, debe alcanzar un grado de hipercultura considerable. Esto, además de dar respuesta a una pregunta fatídica: ¿Tengo algo qué decir o me voy a entretener con jueguitos retóricos? Del mismo modo, estos escritores, ¿poseen un instituto que financie mediante préstamos la publicación de setenta u ochenta obras de ficción anuales? Los pulpos editoriales afirman que no publican nada que no pueda vender, al menos, cinco mil ejemplares de manera rápida.

Si el INCAA tomara una política semejante, y una vez que ha muerto Fabián Bielinsky, nos quedaríamos con los horrendos productos de los polirubros televisivos. En Un diccionario de Films Argentinos II 1996-2002, Raúl Manrupe y Alejandra Portela no dejan de asombrarnos. En un muy alto porcentaje nos encontramos con la muletilla Film no estrenado comercialmente, o bien con artefactos que han tenido repercusión en proyecciones que se llevaron a cabo en lugares un tanto esotéricos. Descontamos aquí el movimiento de Saladillo porque se plantea como un cine estrictamente regional.

CRÓNICA DE UNA CAUSA PENDIENTE

Cuando estudiamos literatura se nos dice que el lector completa la obra en la medida en que a él va dirigida. Por consiguiente, si una novela, un libro de cuentos o de poemas no se publica, no existe. Al parecer, el criterio es muy otro en el caso del cine: deben figurar también aquellas películas inconclusas por diversas razones ?la mayoría de las veces financieras-. Por lo tanto, y a nuestro juicio, hasta que una película no se estrene no existe. No estamos hablando aquí de aquellos artefactos perdidos porque fueron en su tiempo apreciados por una audiencia histórica.

Ahora bien: los nuevos palacios del cine construidos con capitales de distribuidoras son un tanto renuentes a la exhibición de productos locales. La política del INCAA que amenaza con dos estrenos autóctonos por semana, ¿es coherente?. La gran incógnita que puede y debe despejarse aquí es si no están quemando celuloide y, de paso, tirando a la basura plata que es de todos nosotros. Porque si en algún momento de la historia el cine argentino se convirtió en poderosa fuente de divisas, lo que ocurre hoy va directamente al renglón de pérdidas onerosas.

Lo curioso es que rodar una película para nuestros amigos y conocidos, más algunos estudiantes de las tantas escuelas de cine y los habituales septuagenarios que frecuentan el Gaumont y el Tita Merello ?que ahora desaparece- ha generado una creciente reflexión crítica. Esto es: los entusiastas investigadores ?tratando ellos también de conseguir un minuto de gloria- se lanzan a perorar sobre el cine viejo y sus diferencias con el nuevo. Se escuchan y leen opiniones jugosas: al parecer, en el antiguo cine siempre aparecía un cura, mientras esto no sucede en los flamantes artefactos.

Como los jóvenes no ven cine viejo asienten muy conformes ante tal despropósito. Por otra parte, los que se ocupan del cine antiguo, esto es, desde que comienza el silente hasta el menemismo ?tómese o déjese a Raúl Perrone- son almitas académicas que recurren al almíbar y huyen de las contradicciones. Por otra parte, si es que uno quiere su minuto de gloria, debe necesariamente ocuparse del cine autóctono a partir de fines del siglo XX. Hay, incluso, un venerable pope que se rodea de jóvenes con los que intercambia alabanzas varias.

El asunto es muy viejo: el benemérito Tomás Eloy Martìnez y el no menos fecundo Agustín Maiheu se colaron de Leopoldo Torre Nilsson a partir de La casa del ángel. Hoy día, si exceptuamos a los especialistas, nadie recuerda a nadie. Que es el triste destino del mundo de la imagen en movimiento y de sus exégetas. Tampoco en aquella oportunidad hubo lugar para la polémica. Recordamos una enjundiosa necrológica de Jorge Couselo en Tiempo de Cine acerca del Martín Fierro del realizador antes mencionado.

Todo eso ha muerto. ¿O no? Porque era imposible el disenso a fuerza de represión fascistoide. El hablar contra la política suicida del INCAA, contra los jóvenes que no tienen nada que decir pero que quieren ir a festivales, contra supuestos teóricos que exaltan un nuevo cine como si esto fuera patrimonio de Argentina, no nos va a ganar amigos precisamente. .

IMPOSIBLE

Concedamos lo siguiente: como ocurre en todo movimiento artístico hay buen material y es digno de análisis pero ¿qué pasa con el público, con los simples espectadores? Si no existe una infraestructura audiovisual poderosa somos siempre los mismos los que estamos hablando sobre lo que se estrena o deja de hacerlo. Se produce, de este modo, un ejercicio que adquieren características parecidas a la masturbación.

Cuando mencionamos a directores, técnicos o actores del nuevo cine en lugares inconvenientes, es decir, los frecuentados por la gente común, por el espectador que va a los multicines, nos observan como a una curiosidad digna de análisis. La solución reside entonces en ir al café del MALBA o ahora al I.F.T. y a la CINETECA VIDA o, tal vez, a los ciclos del Cosmos. Ocurre que podemos ir a esos lugares para ver cine pero no para hablar sobre él.

Lo que se está pidiendo aquí no es tan complejo como parece: Canal 7 tiene a su disposición TODA LA PANTALLA y llega al interior del país, que es donde se ve. Existe, por otra parte, la intención de crear un nuevo canal de aire. ¿Sería mucho pedir que se ocuparan del nuevo cine? Tal vez sea muy exigente solicitar que la gente se conecte con lo que los directores jóvenes tienen que decir y con su manera de narrar. De lo contrario, la gente común, la que nos interesa, continuará sumergida frente a la chatura de la TV. Esos mismos realizadores son contratados por agencias publicitarias para deleitar al público con productos que no siempre pueden comprar. La estética publicitaria ?y no ocurre sólo en Argentina- es, hoy por hoy, lo mejor que posee la TV y los jóvenes enganchan al teleespectador con esos mensajes. Sería loable que también les permitieran hacerlo con su cine.

Por ABEL POSADAS

Publicado en Leedor el 19-7-2006