El libertino

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Tres actores que deslumbran en una poco frecuente película de época.Yo contra todo

Sexo, bebida, insultos, cinismo y provocación. No era poco lo que John Wilmot, conde de Rochester, hacía allá por mediados del siglo XVII para irritar a la aristocracia, a la gente de bien y al mismísimo rey Carlos II. Y sobre todo, porque lo hacía desde un escenario teatral.

Autor de obras ridículas, exageradas, donde las mujeres cantan odas a los consoladores y los hombres sólo se interesan en tener sexo con otros hombres, Wilmot era una especie de Marqués de Sade inglés, un aristócrata que lejos de esconder su hedonismo, su absoluta entrega a los, se entretenía haciendo todo lo que no se podía hacer justo enfrente de todos.

El libertino es la historia de este errático y desaforado dramaturgo. Con una inquieta cámara en mano, una fotografía gris y la constante presencia de una densísima niebla, el director Laurence Dunmore, ubica a Wilmot en un mundo que poco tiene que ver con los elegantes salones y las delicadas arquitecturas a los que las superproducciones históricas nos han acostumbrado. Calles de barro que son prácticamente lodazales, vestimentas exageradas y pelucas incómodas siempre desprolijas y sucias, actrices artificiosas que son también (todas) prostitutas: este es el sucio mundo en el que Wilmot se mueve, del que él es producto, y que no deja de disfrutar y al mismo tiempo despreciar. Como si fuera más grande que la vida misma, como si su genio fuera demasiado intolerable, como si buscara hacer de su vida (y de su cuerpo, también) una constante protesta, una constante provocación, la obscenidad es su forma de trasgresión. La suya es una queja contra todo, un desafío que no apunta a construir nada, que no busca crear, sólo busca oponerse y chocar.

¿Es esta constante provocación que no apunta a construir nada, una característica de la vida de Wilmot? ¿O es, quizás, el punto débil de la película de Dunmore? Tras disfrutar de la excelente realización y de asombrarse por las deslumbrantes actuaciones de todo el elenco, surge en el espectador una pregunta: ¿cuál es la posición que toma el film frente a la protesta, la actitud, la vida de Wilmot? ¿Wilmot es un producto de su tiempo, que despreciaba de todo sin proponer nada nuevo? ¿Es la perfecta creación de una clase social acomodada improductiva e infértil? ¿O es El libertino un tratado sobre los excesos?

Una gran película sobre un personaje similar, Letras prohibidas: La leyenda del Marqués de Sade, de Philip Kaufman, era a fin de cuentas un film sobre la libertad de expresión, más bien sobre la necesidad de expresión. ¿Qué es El libertino? Es lo mismo que su protagonista: un retrato de una época, de un hombre y de una sociedad que se encontraba perdida, sin dirección y que a la vez no encontraba (o no buscaba) una nueva manera de existir.

Párrafo aparte merecen las actuaciones de Johnny Depp y Samantha Morton. Depp, como Wilmot, confirma una vez más que es de los actores más valiosos de la actualidad: resulta atractivo y repulsivo al mismo tiempo, expresa el desenfreno y el cinismo de Wilmot a la perfección y crea una criatura fascinante, que habita con absoluta comodidad. Cada actuación de Depp es una creación original y compleja, cada personaje que interpreta cobra vida y habla y camina y se mueve de una manera particular que nunca repita en otro film.

Y Morton es una fuerza de la naturaleza. No es una actriz archiconocida y no podría serlo jamás. Para que una actriz se convierta en estrella, tiene que crear un personaje que se repita más o menos igual, una y otra vez en diversas películas. Aquí es Lizzie Barron, una actriz con la que Wilmot se encapricha. Pero si uno está distraído, si no sabe que es la misma actriz que compuso a la Dottie de Dulce y melancólico o a la María de Código 46, podría no reconocerla. Al igual que Depp, cada personaje que hace Morton tiene una postura, una voz, una mirada diferente. Y en El libertino demuestra su versatilidad como nunca: mientras su personaje ensaya una puesta de Hamlet donde interpretará a Ofelia, Morton repite una y otra vez los mismos diálogos, cada vez en forma distinta, cada vez más intensamente. Morton muestra como se puede tomar una frase y llenarla de sentido, de emoción y de vida.

Del resto del elenco, es imposible no destacar a tres intérpretes más. Primero, al siempre formidable John Malkovich, que en la puesta original de la obra en que está basada la película interpretó a Wilmot. Aquí hace del rey Carlos II, todo lo que Wilmot podría ser si no estuviera tan determinado a escandalizar al mundo. Segundo, no hay que perder de vista a Rosamund Pike. Como Elizabeth, la esposa de Wilmot, la actriz de Orgullo y prejuicio (donde interpretaba a la hermana mayor de la protagonista), Pike es el único rayo de luz en medio de un relato oscuro y hasta trágico. Y tercero, aparece aquí, en un rol aún más pequeño que el de Pike, Kelly Reilly.

Vista en Piso compartido, Las muñecas rusas y Mrs. Henderson presenta, la Jane que interpreta, una actriz y prostituta, amante ocasional pero devota de Wilmot, derrocha sensualidad, vulgaridad, incluso obscenidad; cada escena en la que aparece es un regalo que ilumina la pantalla.

Así que, resumiendo: El libertino se aleja muchísimo de los espectáculos de época, es un film denso, que quizás se toma a sí mismo demasiado en serio, que sufre por momentos de no haber orientado las vicisitudes de su protagonista hacia una dirección más clara, pero cuando Depp o Morton o Malkovich aparecen en la pantalla (y especialmente cuando aparecen juntos), sólo le queda al público una opción: deslumbrarse.

Julián Rimondino

Publicado en Leedor el 23-6-2006