Adán Buenosayres III

0
54

Samuel Tesler es uno de los personajes más representativos del Adán Buenosayres . Sus apariciones a lo largo de la novela pueden organizar un mapa de lectura sobre esta ficción, tan diversa como desmesurada. Escribe Elena BissoParticularidades de un quimono metafísico
Sobre Adán Buenosayres. 3ª nota.

- Publicidad -

Por Elena Bisso

Ya hemos ubicado el centro hipotético de Adán Buenosayres en el Cuaderno de Tapas Azules, el sexto libro de la novela.
Otra puerta de entrada a esta ficción, tan diversa como desmesurada, es la de sus personajes. Uno de los más representativos es Samuel Tesler, versión ficcional de Jacobo Fijman, poeta, quien merece un capítulo en sí mismo.

Podemos proponer que las apariciones de Samuel Tesler a lo largo de la novela, organicen un mapa de lectura. Siguiendo sus rastros se puede recorrer la novela de principio a fin.
Se podría decir que son tres las ocasiones, las fundamentales en la construcción del personaje:

Capítulo II del libro I, un retrato;
Capítulo III del libro IV, en el que será interlocutor de Adán en una verdadera disquisición religiosa (sabemos que Jacobo Fijman se convirtió al catolicismo siendo judío)
Capítulo XII del libro VII, cuando Adán lo encuentra en el octavo infierno, el de la Soberbia

Una nota simpática es su desafío a los malevos y el zapatillazo colosal que le estampa el pesado Rivera, finalizando el libro III. Es notable cómo el talento de dramaturgo de Marechal enriquece la novela.
O qué imagen tenía Tesler entre los asistentes a la terturlia de los Amundsen, lo que puede ubicarse en el libro II.

Hay un elemento del personaje Samuel Tesler, que Marechal mismo destaca en ?Las claves de Adán Buenosayres? en diálogo con Adolfo Prieto y la crítica en general. Marechal señala:

?Como el tiempo y el papel me sobran, recordaré, amigo Prieto, algunos temas de Adán Buenosayres que constituyen visibles ?marcas? de su filiación. El quimono de Samuel Tesler, por ejemplo: está descrito con la técnica y la intención que pone Homero al pintar el escudo de Aquiles en su Ilíada (Rapsodia XVIII): las figuras que adornan al quimono traducen un simbolismo claramente inteligible, sobre todo las de la cara central de la prenda, que obedecen a la noción de ?los dos Narcisos? ya explicada en mi Descenso y Ascenso del Alma por la Belleza.?

¿Cómo es la descripción de esta prenda tan cargada de sentido? En Adán Buenosayres, capítulo II del libro I:

?Al mismo tiempo el quimono chino que lo envolvía manifestaba todo su esplendor. Y ha llegado al fin la hora de que se describa tan notable prenda, con todas sus inscripciones, alegorías y figuras, porque, si Hesíodo cantó el escudo del atareado Hércules y Homero el de Aquiles que desertaba, ¿cómo no describiría yo el nunca visto ni siquiera imaginado quimono de Samuel Tesler? Si alguien adujera que un escudo no es una ropa de dormir, le diría yo que una ropa de dormir bien puede ser un escudo, como lo era la de Samuel Tesler, paladín si historia, que a falta de corcel jineteó una cama de dos plazas y cuya sola caballería fue un sueño tenaz con que se defendió siempre del mundo y sus rigores. El quimono era de seda color amarillo huevo, y tenía dos caras: la ventral o diurna y la dorsal o noctura. En la cara ventral y a la derecha del espectador se veían dragones neocrillos que alzaban sus rampantes figuras y se mordían rabiosamente las colas; a la izquierda se mostraba un trigal en flor cuyas débiles cañas parecían ondular bajo el resuello de los dragones. Sentado en el trigal fumaba un campesino de bondadosa catadura: los bigotes chinescos de fumador bajaban en dos guías hasta sus pies, de modo tal que la guía derecha se atase al dedo gordo del pie izquierdo y la guía izquierda al dedo gordo del pie derecho del fumador. En la frente del campesino se leía la empresa que sigue: ?El primer cuidao del hombre es defender el pellejo.? El área pectoral exhibía a un elector en éxtasis que depositaba su voto en un cofre de palo de rosa lustrado a mano: un ángel gris le hablaba secretamente al oído, y el elector lucía en su pecho la siguiente leyenda: ?Superhomo sum!? En la región abdominal, y bordada con hebras de mil colores, una República de gorro frigio, pelo azul, tetas ubérrimas y cachetes rosados volcaba sobre una multitud delirante los dones de una gran cornucopia que traía en sus brazos. A la altura del sexo era dado ver a las cuatro Virtudes cardinales, muertas y llevadas en sendos coches fúnebres al Cementerio de la Chacarita: los siete Pecados capitales, de monóculo y fumando alegres cigarros de banquero, formaban la comitiva detrás de los coches fúnebres. En otros lugares de la cara ventral aparecían: el preámbulo de nuestra Constitución escrito en caracteres unciales del siglo VI; los doce signos del Zodíaco representados con la fauna y flora del país; una tabla de multiplicar y otra de sustraer, que resultaban idénticas; las noventa y ocho posiciones amatorias del Kama Sutra pintadas muy a lo vivo, y un anuncio del Doctor X, especialista en los males de Venus: un programa de carreras, un libro de cocina y un elocuente prospecto del ?Ventremoto?, laxante de moda. La cara dorsal o nocturna del quimono, la que Samuel Tesler exhibía cuando se daba vuelta, lucía el siguiente dibujo: un árbol cuyas ramas, después de orientarse a los cuatro puntos cardinales, volvían a unirse por los extremos en la frondosidad de la copa. Alrededor del tronco dos serpientes se enroscaban en espiral: una serpiente descendía hasta esconder su cabeza en la raíz; ascendente la otra, ocultaba la suya en la copa del árbol, donde se veían resplandecer doce soles como frutas. Cuatro ríos brotaban de un manantial abierto al pie del árbol y se dirigían al norte, al sur, al este y al oeste: inclinado sobre el manantial, Narciso contemplaba el agua e iba transformándose en flor.?

Luego, en Cacodelphia, capítulo XII del libro VII, Samuel Tesler someterá a Adán a una prueba, tendrá que descifrar la cara dorsal o noctura del quimono. Pero esta escena, queda para invitar a nuestros lectores a entrar en la novela.

Notas relacionadas:

Joyce, Marechal y el demonio de la letra por Elena Bisso
El corazón de Adán Buenosayres, por Elena Bisso

Publicado en Leedor el 8-5-2006