Hotel melancólico

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Tres mujeres y tres hombres unidos por dos cosas en común: el lugar de residencia y la lucha diaria por la búsqueda de la felicidad.
El “Hotel de Corazones Destrozados” queda en San Telmo

por Marta Opacak

El título “Hotel melancólico” nos recuerda a ese clásico de Axton, Durden y Presley, “Hotel de Corazones destrozados ” (Heartbreak Hotel), que inmediatamente nos evoca la inconfundible voz de Elvis cantando “I get so lonely, I could die” (estoy tan sólo que me podría morir).

Y del temor a la soledad, se trata la principal fragmentación en los espacios compartidos de este “Hotel melancólico” de Mariela Asensio, hecha carne en la personalidad de cada ser, cuando se plantea como objetivo la búsqueda de la felicidad amorosa. Y por supuesto, espera triunfar.

El abanico de actitudes que podrían asumirse durante tal propósito, son sintetizadas con maestría en los 6 personajes de la obra, con los acentos particulares y muchas veces reacciones opuestas de las personalidades femeninas y masculinas. Un sólo personaje tendrá nombre propio: Berta. Los otros 5, serán conocidos como “el novio”, “la novia”, “el hombre”, “la mujer-perro”, y “él músico”.

La tímida “Berta” (María Laura Kossoy), es refinada y formal, sutil como las pompas de jabón que fabrica al comienzo de la obra, sentada en el piso del patio del caserón de San Telmo, mientras la gente termina de ubicarse en la sala. Elige hablar con sus vecinos, en un idioma que sólo ella entiende, y que no es el del país en el que vive. Aunque paradójicamente, lleva palabras en castellano bordadas en su vestido como “amor” y “corazón” (este personaje habla en francés durante la casi totalidad de la obra, lo cual no impide que los que no entienden el idioma, capten lo que quiere transmitir). No terminamos de entender del todo que es lo que quiere Berta, pero intuimos, por sus gestos y miradas cuando contempla la felicidad de la novia, que sufre y quisiera un cambio de vida.

“La novia” (Silvia Oleksikiw), siempre está pendiente de su aspecto personal y dispuesta a agradar a los hombres. Parece ser la que mejor lo logra de las 3 mujeres. Aunque se queja de no tener la infraestructura adecuada de elementos de tocador, y llama al sitio donde vive: “este maldito lugar donde Dios me abandonó”. Pero no deja de rescatar lo positivo. Puede sentirse feliz, por el hecho de que su novio, cuando coloca una guirnalda de luces de colores en el patio, la haga pararse justo debajo de la única verde. Para ella, el gesto sólo puede interpretarse como un claro augurio de esperanza para su pareja.

“La mujer-perro” (Leticia Torres), a veces se comporta como un manso cachorrito que persigue moviendo la cola al dueño de sus afectos y otras, como una aguerrida fiera canina que ladra espantando a todos a su alrededor. Y cuando la ocasión lo requiera, se pondrá de pie en mágica metamorfosis y se convertirá en mujer para tratar también de seducir, sin mucho éxito, utilizando las dotes de su femenina corporalidad. En el fondo, envidia la dulzura de Berta y la belleza de la novia, que ella nunca tendrá. Y estará lista para desafiarlas a las dos en singular duelo: un test de revista barata, que supone tener las pautas adecuadas para evaluar (puntaje incluido) el nivel de sex appeal de cada mujer. Estalla en ira cuando Berta, obtiene la misma calificación que la novia y la acusa de fraude. Mientras que ella, sacará una puntuación tan pobre, que es incluso menor a la mínima que la revista estima, reciben sólo las peores actitudes.

De “el hombre”(José Marquez) y “el novio” (Federico Schneider), puede decirse que buscan amor, cada uno a su manera. En el caso de “el músico” (Darío Lipovich),
sólo podemos inferir que se siente realizado con su trabajo compositivo.

“El hombre” nos da la impresión de ser un duro total, el estereotipo del “macho de barrio”, que no teme exhibirse, ni decir secamente “¡Cucha!” para echar a la “mujer-perro” cuando ella se pone demasiado pesada con sus asedios. Luego entenderemos el porque de este trato, cuando él aparezca en escena, vestido de elegante traje y con un ramo de rosas…. para “el novio”.

“El novio”, si bien es más amable y moderado que aquél, carece de cultura y sensibilidad, que son patrimonio de “el músico” Parece llevarse bien con la novia, aunque tiene un lado “vouyeur” que conocemos cuando le exige a ella, posturas determinadas para contemplarla debajo de las ya mencionadas luces de colores del patio.

“El músico” habla poco, se expresa cantando y componiendo las poéticas letras de sus canciones (Lipovich, es realmente el autor de dos de los números musicales del espectáculo, “Mil caderas” y “Reflejo de ojos negros”, compartiendo la autoría de “Nadie es nadie” con Reynaldo Sietecase. De este último, se incluyen también dos poemas en el texto del libreto). “El novio”, lo burla, y hace una adaptación graciosa y vulgar de dichas letras, con la que terminan divirtiéndose los dos.

Todo un desafío actoral brillantemente cumplido, le presenta el complejísimo personaje de la “mujer perro” a Leticia Torres. Impresiona, en el momento en que Berta le indica una serie de piruetas a realizar, su manera de repetir con increíble realismo, cada uno de los movimientos, jadeos y tics típicos de los perros cuando realizan dichas tareas. Y no llega uno a recuperarse para volverse a sorprender, al verla ponerse de pie e inmediatamente plantarse en escena como mujer, siguiendo naturalmente con el diálogo.

Y en esta compartida cotidianeidad melancólica, que también incluye escenas de toilette, juegos y comidas, no podía faltar la música. Además de las composiciones de Lipovich se incluyen dos guaranias paraguayas “Quisiera ser” y “Recuerdos de Ypacarai” y algo adecuado para que cante Berta: “Non, Je ne regrette rien” de Edit Piaf.

Mariela Asensio dedicó “Hotel melancólico” a sus dos abuelas Olga y Dora, y es posible que a muchos de los que vean la puesta en escena de esta obra, también les recuerde a momentos de la infancia en la casa de las suyas propias. No necesariamente porque éstas hayan tenido una arquitectura similar a la de “La Carbonera”, sino por algunos objetos típicos de esos ámbitos: la parrilla, los sifones, las luces de colores en los días de fiesta, el hecho de tener que atravesar el patio para llegar hasta el baño y el infaltable ritual (llevado a cabo aquí por “la novia”) de encender un espiral mientras se esperaba que se sirva el asado, cuando todavía no existían las tabletas eléctricas ni los repelentes en gel. Vale la pena dejar que la nostalgia nos ponga un poco melancólicos cuando se trata de un espectáculo de tan excelente calidad.

Publicado en Leedor el 8-5-2006