El verano de Ana

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En la nueva película de Jeanine Meerapfel coexisten tiempos todos pasados en un todo presente, un siempre presente rememorativo. Convergencias afectivas

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Por Sebastián Russo

Película de convivencias. Película convivencial. Y convivir es vivir junto, es compartir la vida. Y lo que vive en conjunto en El verano de Ana no es otra cosa que el tiempo, los tiempos. Distintos registros temporales que convergen, y cohabitan. Tiempos todos pasados que coexisten en un todo presente, un siempre presente rememorativo, pero no por ello menos vital, menos intenso. Y con los tiempos, los seres (de cada tiempo, o sea, de este) también en estado convivencial. Seres que atravesaron la vida de Ana, que nunca se fueron, y que cohabitan su mente, su cuerpo. Todos en un mismo nivel, en un mismo estado de rememoración: sus padres, los amantes de estos, sus abuelos, sus parejas, todos conviviendo en un mismo espacio temporal. No hay presente que difiera de un pasado, más que en un salto sutil de plano. No hay pasado que no se rememore con vital (actual) intensidad. Un tiempo, los tiempos, conformando espacios. Espacios que convergen en un solo y gran espacio saturado de vida, constituido por capas de memoria confluyentes, sinérgicas, interdependientes. Capas que a su vez se materializan, toman forma en el rostro de Ana. Sus ojos, su boca, sus arrugas, sus gestos, constituyendo de manera efímera rastros diseminados de una afección que la abarca, que la moviliza, que la constituye.

Un verano, cualquier verano, cualquier fragmento arbitrario de tiempo, permite encontrarle un estabilizador coto a las capas de memoria que inmoderadas irrumpen en una Ana (una Angela Molina en estado de emoción perpetua) que se aferra temblequeante y ardorosamente a su vida, a la vida con/sin ellos (sus seres-tiempo)

Publicado en Leedor el 4-5-2006